
Es lunes y es día de biblioteca. También de librerías. Durante las tres horas que van desde el fin de la primera clase hasta el comienzo de la segunda podré acercarme a esos jardines abiertos -paraísos ocultos- que constituyen un revigorizante comienzo de semana. Es lunes y es día de libros.
La ruta comienza en una librería de cierto éxito, donde con paciencia y un apropiado sentido de la orientación puedes encontrar casi cualquier libro. Aunque la distribución es aparentemente por géneros, también lo es por editoriales y por autores, con lo que la combinación de las tres variables vuelve una odisea el inocente consumo de literatura. Con todo, el pandemónium está presidido por una mesa oculta bajo torres de tomos sin clasificar. A ella hay que acercarse cuando la búsqueda es infértil, para que un señor entrado en años y aparentemente leído apunte con gesto casi desdeñoso en alguna dirección del laberinto de estanterías.
Hay quien se desespera en el desorden relativo de la tienda. Yo lo agradezco. Casi nunca entro a una librería sabiendo qué voy a comprar y, así, los hallazgos se vuelven proezas de magnitud tal que la compra es prácticamente inevitable. Pero mis vicios bibliómanos se quedan cortos ante mis delirios literarios: ese desorden contradice el canon moderno de la exhibición consumista. Y eso me atrae. Al menos allí no se despachan libros como filetes de ternera en una carnicería. Las portadas no te abofetean nada más entrar y puedes ir contemplando los lomos con sutil delicadeza. Si se tercia, se saca el libro y se contempla entero, pero sólo como acto de voluntad y como la violación encubierta de los expositores y escaparates.
La siguiente parada es en una librería de segunda mano. Hay allí libros que significan heridas en la dignidad de sus antiguos dueños. Nada más verlos te preguntas cómo alguien podría deshacerse de ellos. Joyas de principios de siglo con encuadernación perfecta en piel, inalterable por el paso del tiempo. Ediciones impecables de autores caídos en calamitoso olvido. Aquéllos Aguilar de los años cuarenta…
O pasan por un momento lamentable o son unos ignorantes que merecen la horca.
También hay libelos que, aunque disimulados entre tanto tomo, resaltan sobre el puro claro de la calidad. Hoy están Antonio Gala, Ruiz Zafón, Sánchez Ferlosio, Pérez Reverte, Shakespeare y Savater. Todos impuestos por una crítica sometida con gusto, placentera ella, a las preferencias de la industria literaria. La del Imperio y la del Emporio.
El dueño de la librería, que militó en el extinto comunismo de la Transición (que era asesino, pero era digno), se debate entre tirarlos a la basura o colocarlos en primera plana. La cabeza alta o la bolsa llena.
Encontrar algo por uno mismo es sencillamente imposible. Los libros entran y salen sin obedecer a reglas de mercado macroeconómico. Allí se vende lo que otros ya no quieren y se compra lo que no encontramos. Sólo el ex comunista converso sabe qué tienen. Hoy pregunto por Olaf Stapledon, inglés de ocurrencias exquisitas. Busco Juan Raro sin esperanza, después de pasar por cuatro librerías y recibir una de las peores noticias: «se agotó en la editorial hace seis años». Manuel sonríe. «Lo tuvimos hace unos meses y se lo llevó un sobrino nieto de Gallego». Mala suerte.
A cambio veo un Blasco Ibáñez y no me resisto. Mi bisabuelo leía sus novelas una y otra vez. Su hija, mi abuela, guarda sus libros (en Aguilar, claro). Sónnica la cortesana: han sido dos euros.
Y por último, la biblioteca. La dejo para el final porque es donde menos disfruto. Siempre hay lo mismo y sólo cambia el público. No tiene la alegre espontaneidad del comercio. Además, entristece ver el maltrato a algunos de sus inquilinos. Hay, por ejemplo, una Gramática Vasca de los años veinte, pionera, que a todas luces ha recibido la expurgación de un idiota vascófobo. Y le acusa un detractor del batua.
Pero siempre hay cosas interesantes. Sobre todo sobre temas locales, tan poco rentable para los grandes negociantes del papel. Las bibliotecas públicas se han convertido en su refugio y en la última esperanza de algunas editoriales. Son sus únicos compradores.
Me gusta pasear por semejante almacén de cultura. No tengo presente la inquisitiva mirada del vendedor apremiándome para que compre. Nadie me reprochará si me voy sin el producto.
Paso por los estantes de literatura japonesa, húngara, francesa,… Me centro en unos libros de Zweig. Hay, al menos, quince. Entre ellos hay una biografía de Montaigne (cuyos Ensayos, acabo de descubrirlo, están vetados para los miembros de ciertas logias del calvinismo católico). Sus Memorias de un europeo, en la edición que conservan, miden lo mismo de ancho que de largo; tal es su extensión.
Este judío por accidente -porque así lo decía él- se rodeó de los buenos. Mann, Gorki, Rilke, Hesse, Strauss,… ¿Le habrían matado en Alemania? Lo dudo. Él, por si acaso, se suicidó bajo el sol de Brasil. Qué lejos quedaba su amada Europa. Qué lejos.
Esto de Zweig me ha hecho recapacitar sobre nuestro papel en el devenir europeo. Él «tuvo» que huir. Yo creo que con la maleta a medio hacer y cara de susto, aunque la historia oficial dirá siempre que después de sus giras de conferencias y por amor al Nuevo Mundo. Pero nosotros, hoy, no podríamos huir. ¿Dejar Europa a la deriva? Cierto es que podemos hacer poco, pero ¡ah! Ahora que empiezo a descubrir el continente y su cultura, se me va de las manos como agua tibia emponzoñada.
Cierto es que quedarán los libros. Gracias a ellos Zweig, ya sea en librerías o en bibliotecas, sigue entre nosotros. No existe, pero vive en su testimonio.
La biblioteca, ahora que la miro desde fuera, es un gran testimonio. Nos cede el testigo de lo que ocurrió ayer. Nos deja sus virtudes y sus errores, sus grandezas y sus miserias. Pero ¿qué son esas palabras frente a la realidad?
La biblioteca, ahora que sí la miro desde fuera, es una gran estafa. Presenta un mundo ideal que nunca se materializará. Da consejos y presenta proyectos que nada pueden lograr frente al implacable hacer de los hombres.
La biblioteca pública es la espada de la Industria. Si la idea de la culturización triunfa, ¡los museos se llenarán de chicles en el suelo y los libros aparecerán manoseados y subrayados!
Deberían esconder las bibliotecas, dificultar su acceso. Lo que han logrado hasta ahora es que todos los días se llenen de gente leyendo el periódico y viendo películas de vampiros vaciados de su antigua carga escandalosa o de guerras en las que los soldados no son tales (personajes encarnados), sino simples nombres con armadura y arcabuz. O cosas así. Como Millenium, ¿no?
Tal vez ese sea el problema. Estamos rodeados de nombres que no significan nada.