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Dietario: vacaciones

Me voy de «vacaciones». Lo entrecomillo porque no lo son. Si no fuesen a ser compradas al Capital, otro gallo -de pelea, prietas las filas-, cantaría. Me sumergiré, a disgusto, en las masas tibias y amorfas, antítesis de lo heroico. Espero no perder la razón entre tan «numerosa asamblea humana», que decía Pío Cid. Pero allí voy, a donde van todos, a la odiosa Costa del Sol. Casi recelo más de ella (que la tengo desgraciadamente muy vista) que de  Sevilla (por más que ésta la he visitado recientemente, estando ella vestida de gala; y no me desagradó tanto como esperaba).

Lo mejor vendrá cuando esté rodeado de guiris y yankis, borrachos irredentos, acompañados de sus respectivas jóvenes hetairas, coimas de los cristianos en celo que se crucen con ellas en cualquier sudorosa discoteca. Será entonces cuando, quizá, se apacigüen mis ganas de arrasar toda ciudad costera que se precie. Menos Donosti, cuyo aire aristocrático -parisino, mal que me pese-, la excluye del grupo de las horteras españolidades de olas y olés. Continuar leyendo »

Pamplona, 24 de junio de 2009

Aunque me hubiera gustado celebrar la mágica noche de San Juan entre las hogueras de la playa de la Concha, en Donosti, tuve que quedarme en la Aldea. A punto estuvimos de presentarnos en la estación y coger el bus, pero para cuando terminamos de convencer a los últimos era demasiado tarde. Siempre pasa lo mismo con los que, aunque no son imprescindibles, son necesarios al fin y al cabo: a buenas horas mangas verdes.

Así que nos quedamos dándole a la garimba en una terraza hasta las tantas, jugando al Texas holdem y riéndonos de las mismas tonterías de siempre. Llegamos a amontonar los trescientos pedruscos para cuatro que nos quedamos dentro de la mesa -más de muchos de nosotros sacamos al mes para nuestras cosas, sin contar lo básico, claro-. Pero la cosa quedó equilibrada, al fin y al cabo el juego es la cosa más justa que hay, porque en él es el azar el que manda, por mucho que cuente la destreza. Aunque no le sepas sacar todo el jugo a un Anna Kournikova, muy zopenco hay que ser para no arramplar con nada. Continuar leyendo »

Un baile

El grifo de la ducha abierto, con el vapor envolviendo su cuerpo. La luz apagada, con la ciega oscuridad negando las paredes. Sólo una píldora de brasas se aviva en el cigarro al ritmo de las caladas. El suave rasgueo de una guitarra se impone en el ambiente y da ritmo a la patética escena. En el negro vacío del cuarto de baño su imaginación no se coarta y la siente. Allí está ella, delante de él, con la sumisa entrega de los sueños lúcidos. Le coge las manos y la descubre demasiado real. La vista no puede desmentir sus ilusiones y él, que quiere creer, no da sitio al desengaño. Por fin los dos, después de todo. En el obsceno entorno bailan pegados, explotando los pasos con melancolía sincronizada. Aprovechan cada segundo antes de que el cigarro se consuma o de que la canción termine. El caballero y la dama, reposando sus cuerpos el uno sobre el otro, el otro sobre el uno, danzan acompañando la sintonía con una dulzura insoportable y solidaria, con una pasión irreprimible que se deja ver en el tacto, en cada movimiento, en el acto imposible que desempeñan al son de la melodía. Son uno, se funden en la eternidad de lo invisible porque no hay frontera que les pare.

La canción agoniza. Los últimos punteos se dejan morir en la lejanía y ella tiene que volver a donde de nunca debió salir. Enciende la luz y se encuentra, de nuevo, solo; en soledad nostálgica. Las paredes han vuelto, la música estorba. «Ojalá…», musita.

Nota al margen (I)

Duele descubrir la finitud de las cosas pero, sobre todo, de los sentimientos y de las personas a quienes van referidos.

Dietario: Sevilla

Sevilla, 1 de mayo de 2009

Me despierto en el Alfonso XIII. Menuda gente la que hay por aquí, toda emperifollada y empalagosamente adinerada, como figuras hieráticas salidas del papel cuché. Figuritas de porcelana negra -soleadas de más- con conjuntos que congelan el alma y donjuanes rejuvenecidos -sonrisas plásticas, falsas- a fuerza de alternar. Buen hospedaje éste.

Enfrente, una sugestiva seo gótica con su Giralda rascando el cielo. Llegué ayer por la mañana y, en toda la calle, no encontré un solo bar decente para abrevar. Como mucho, una sandwichería cutre y rancia para engañar a los guiris y un Starbuck con café industrial para engañar a los pretenciosos idiotas nacionales. Decido ponerme en la terraza de los sándwich, que al menos ahí tengo la catedral a cinco metros, enfrente, y puedo admirar su recargada belleza de cerca. Pero me canso de los guiris, de los camareros extranjeros que no saben servir y del sol implacable que se deja caer entre nube y nube. Así que corro a las calles paralelas y encuentro, al fin, un garito cutre. El Bar Iberia, ni más ni menos. Antes, por unas callejuelas, adivino el nombre de Mariana Pineda. Hasta aquí hemos llegado. ¿Querrán convertirla en sevillana de encaje de forma retroactiva, como a tantos otros? No les vale con el Reino, la Alhambra y Sierra Nevada. Quieren a nuestros muertos. Continuar leyendo »

Caserío de Echaide, 20 de abril de 2009

Salud,

Escribo desde un antiguo concejo navarro. Tardaré algunos días en encontrar internet para enviarte la carta, espero que no muchos. Me he venido con un amigo de retiro. Estamos en un torreón de defensa de hace casi diez siglos en el que, llegada la noche, toda la luz que tenemos la proporcionan la chimenea y dos exiguos focos estratégicamente colocados. Hace frío y llueve. Las musarañas aparecen de vez en cuando entre las vigas de madera, no hay agua caliente. Es perfecto. Qué bien se está aquí, lejos de tanto tonto y tanto buey. Rodeados de libros, varias libretas de notas en la mesa, el crepitar del fuego de fondo, un gin-tonic por barba, un par de puros que me trajeron de Cuba y las ideas dando tumbos, sorprendiéndonos, en nuestras cabezas. Anoche nos animamos y vimos, otra vez, Un perro andaluz. No sé cómo lo hicimos, pero le encontramos sentido a todo. Hoy, si no fuera por los apuntes que tomamos, no me acordaría de nada. A ver si logramos escribir un ensayo con cuerpo.

No estaré fuera cuarenta días, como exige la tradición crística, para vaciarme y ascender. Serán, en todo caso, cuarenta horas, pero aquí, en lo alto de una loma, rodeado de naturaleza, lejos del mundanal ruido, dejo de odiar al mundo. Y es que yo también me lamento «profundamente haber nacido en este mundo», pero también en parte me alegro. Es como una dura prueba que, si sabemos superar, nos reportará más alegrías y satisfacciones que los becerros de oro con que deslumbran a la canalla que nos rodea.

Esos becerros dorados, que son estados platónicos del alma, que son Ideas absolutas inalcanzables (sólo se puede tener esa depravación antivitalista que es la esperanza, un sentimiento lineal con el que dicen que debemos conformarnos), son  los que han provocado que incluso los antisistema caigan en el Sistema. Sustituyen una vaca por otra y, cómo no, la adoran. Me ha traído un amigo que ha estado en China durante la Semana Santa un colgando de un Buda tallado en piedra verde. Y me decía, sorprendido, que el budismo no era una religión, sino una filosofía. Eso, que ya se lo había dicho yo hace tiempo –pero no me creyó, guiado por la ceguera judeocristiana-, ha hecho que el budismo sí llene y satisfaga a las personas y, sin embargo, las tres Religiones de Libro aletarguen a sus fieles (que son fieles-practicantes, supeditando lo segundo a lo primero, en vez de dar una moral vitalista, con pulsión de vida).

En el Mundo Antiguo los hombres se convertían en héroes cuando lograban pasar una línea que requería innumerables esfuerzos, cuando se convertían en atemporales. No es fácil. El primer paso es trascender, precisamente, lo contemporáneo. Anclarnos en ello es la tumba del übermensch. Por eso aislarse, huir a las montañas o al desierto, como Zaratrusta, como Jesús, como Buda y como los cientos de mitos –reales o no- similares, sirve para evadirnos de lo condicionante y transitorio. La Naturaleza , en cambio, es eterna. Es en ella donde se alcanza los más altos grados de conciencia.

Hoy estamos aniquilándola, ¿cómo van a salir hombres buenos si no se puede estar en contacto con ella? Los hijos del asfalto y el hormigón nunca podrán ser personas completas. Les falta su madre. Cualquiera diría que son hijos de puta. No sienten el pulso del mundo, el nihilismo ciega sus ojos y atrofia su olfato, no saborean el conocimiento. Por eso hay ruido por todas partes, porque ¡no se dan cuenta! ¡No pueden oírlo! Y nosotros… tenemos que soportarlo.

Salud, anarquía y birra fría.

Luis.

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