La ecuación de Drake y los marcianos asesinos

Febrero 1, 2010 · Comentarios desactivados

Presento a Franz Drake. Fue uno de los primeros en buscar vida inteligente fuera de la Tierra. Allende la atmósfera, es decir. El hombre envió desde un radiotelescopio al espacio, en 1974, el célebre «mensaje de Arecibo»: 1679 bits que ordenados transmitían información sobre nuestro planeta y sobre nosotros, los humanos. Números ordinales y atómicos, fórmulas químicas, la altura del hombre,… El problema es que tardará en llegar a su destino, el Cúmulo de Hércules -cúmulo globular de estrellas M13-, unos veinticincomil años. 25000 años, sí. Y otros de vuelta, si la hay.

Drake espera.

Su afición a lo inteligente extraterrestre venía de antes. En 1961 se le ocurrió una ecuación que me ha reafirmado en mi convencimiento de que los científicos son gente que especula mucho, y cuando una especulación se ha repetido el suficiente número de veces la convierten en verdad. En términos matemáticos, el paso de conjetura a teorema. La ecuación, llamada «de Drake», pretende estimar el número de civilizaciones inteligentes en la Vía Láctea.

La fórmula es

N=R*fp*ne*fl*fi*fc*L

donde

N = Número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas.

R*=Ritmo de formación de estrellas «adecuadas» en la galaxia por año.

fp = La fracción de esas estrellas que tienen sistemas planetarios.

ne = Número de planetas apropiados para la vida, por cada sistema planetario.

fl = La fracción de esos planetas donde se desarrolla vida.

fi = La fracción de esos planetas donde se desarrolla la inteligencia.

fc = La fracción de esos planetas capaces de comunicarse mediante señales de radio.

L = La fracción de tiempo de vida del planeta durante la cual vive la civilización

Los datos son recogidos de agencias estatales, pero no es lugar para la farragosa exposición de las fuentes. Sí, en cambio, para tres datos que no son oficiales. El dato fi es extrapolado del tiempo que la vida inteligente lleva en la Tierra en relación con el tiempo que lleva la primera vida unicelular; y fc, de comparar el tiempo transcurrido desde la aparición de la radio con el que lleva la vida inteligente dando sombra. Por último, para el valor de L usaremos la Teoría de Olduvai.

La Teoría de Olduvai, propuesta en el año 2000, afirma que la civilización industrial -la nuestra- durará cien años. Con lo cual nos quedan veintipocos de felicísimo progreso y desarrollo. Resulta estimulante ver las predicciones que hacen sus teóricos para las próximas décadas. Dicen que sólo se salvarán los aborígenes, los bosquimanos y otros pueblos aún nómadas y cazadores. Cosa completamente lógica, por otra parte. ¡A alguno de los modernos lo sacas de su rascacielos y se marea! Tienen dos profecías muy esperanzadoras: los USA sufrirán escasez de agua potable y energía eléctrica en 2012. Si las colonias permanecen fuertes, será su fin.

Así, las incógnitas se disipan:

N = 1.379 × 0.333 × 0.005 × 0.13 × 0.000054 × 0.0005 × 100

N = 0.000000000805908

Hay una civilización «adecuada» cada 1.240.836.423 galaxias como la nuestra. Y ya estamos nosotros. No hay expectativas de contacto y mucho menos de conflicto. Pueden dormir tranquilos.

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Día de libros

Enero 30, 2010 · Comentarios desactivados

Es lunes y es día de biblioteca. También de librerías. Durante las tres horas que van desde el fin de la primera clase hasta el comienzo de la segunda podré acercarme a esos jardines abiertos -paraísos ocultos- que constituyen un revigorizante comienzo de semana. Es lunes y es día de libros.

La ruta comienza en una librería de cierto éxito, donde con paciencia y un apropiado sentido de la orientación puedes encontrar casi cualquier libro. Aunque la distribución es aparentemente por géneros, también lo es por editoriales y por autores, con lo que la combinación de las tres variables vuelve una odisea el inocente consumo de literatura. Con todo, el pandemónium está presidido por una mesa oculta bajo torres de tomos sin clasificar. A ella hay que acercarse cuando la búsqueda es infértil, para que un señor entrado en años y aparentemente leído apunte con gesto casi desdeñoso en alguna dirección del laberinto de estanterías.

Hay quien se desespera en el desorden relativo de la tienda. Yo lo agradezco. Casi nunca entro a una librería sabiendo qué voy a comprar y, así, los hallazgos se vuelven proezas de magnitud tal que la compra es prácticamente inevitable. Pero mis vicios bibliómanos se quedan cortos ante mis delirios literarios: ese desorden contradice el canon moderno de la exhibición consumista. Y eso me atrae. Al menos allí no se despachan libros como filetes de ternera en una carnicería. Las portadas no te abofetean nada más entrar y puedes ir contemplando los lomos con sutil delicadeza. Si se tercia, se saca el libro y se contempla entero, pero sólo como acto de voluntad y como la violación encubierta de los expositores y escaparates.

La siguiente parada es en una librería de segunda mano. Hay allí libros que significan heridas en la dignidad de sus antiguos dueños. Nada más verlos te preguntas cómo alguien podría deshacerse de ellos. Joyas de principios de siglo con encuadernación perfecta en piel, inalterable por el paso del tiempo. Ediciones impecables de autores caídos en calamitoso olvido. Aquéllos Aguilar de los años cuarenta…

O pasan por un momento lamentable o son unos ignorantes que merecen la horca.

También hay libelos que, aunque disimulados entre tanto tomo, resaltan sobre el puro claro de la calidad. Hoy están Antonio Gala, Ruiz Zafón, Sánchez Ferlosio, Pérez Reverte, Shakespeare y Savater. Todos impuestos por una crítica sometida con gusto, placentera ella, a las preferencias de la industria literaria. La del Imperio y la del Emporio.

El dueño de la librería, que militó en el extinto comunismo de la Transición (que era asesino, pero era digno), se debate entre tirarlos a la basura o colocarlos en primera plana. La cabeza alta o la bolsa llena.

Encontrar algo por uno mismo es sencillamente imposible. Los libros entran y salen sin obedecer a reglas de mercado macroeconómico. Allí se vende lo que otros ya no quieren y se compra lo que no encontramos. Sólo el ex comunista converso sabe qué tienen. Hoy pregunto por Olaf Stapledon, inglés de ocurrencias exquisitas. Busco Juan Raro sin esperanza, después de pasar por cuatro librerías y recibir una de las peores noticias: «se agotó en la editorial hace seis años». Manuel sonríe. «Lo tuvimos hace unos meses y se lo llevó un sobrino nieto de Gallego». Mala suerte.

A cambio veo un Blasco Ibáñez y no me resisto. Mi bisabuelo leía sus novelas una y otra vez. Su hija, mi abuela, guarda sus libros (en Aguilar, claro). Sónnica la cortesana: han sido dos euros.

Y por último, la biblioteca. La dejo para el final porque es donde menos disfruto. Siempre hay lo mismo y sólo cambia el público. No tiene la alegre espontaneidad del comercio. Además, entristece ver el maltrato a algunos de sus inquilinos. Hay, por ejemplo, una Gramática Vasca de los años veinte, pionera, que a todas luces ha recibido la expurgación de un idiota vascófobo. Y le acusa un detractor del batua.

Pero siempre hay cosas interesantes. Sobre todo sobre temas locales, tan poco rentable para los grandes negociantes del papel. Las bibliotecas públicas se han convertido en su refugio y en la última esperanza de algunas editoriales. Son sus únicos compradores.

Me gusta pasear por semejante almacén de cultura. No tengo presente la inquisitiva mirada del vendedor apremiándome para que compre. Nadie me reprochará si me voy sin el producto.

Paso por los estantes de literatura japonesa, húngara, francesa,… Me centro en unos libros de Zweig. Hay, al menos, quince. Entre ellos hay una biografía de Montaigne (cuyos Ensayos, acabo de descubrirlo, están vetados para los miembros de ciertas logias del calvinismo católico). Sus Memorias de un europeo, en la edición que conservan, miden lo mismo de ancho que de largo; tal es su extensión.

Este judío por accidente -porque así lo decía él- se rodeó de los buenos. Mann, Gorki, Rilke, Hesse, Strauss,… ¿Le habrían matado en Alemania? Lo dudo. Él, por si acaso, se suicidó bajo el sol de Brasil. Qué lejos quedaba su amada Europa. Qué lejos.

Esto de Zweig me ha hecho recapacitar sobre nuestro papel en el devenir europeo. Él «tuvo» que huir. Yo creo que con la maleta a medio hacer y cara de susto, aunque la historia oficial dirá siempre que después de sus giras de conferencias y por amor al Nuevo Mundo. Pero nosotros, hoy, no podríamos huir. ¿Dejar Europa a la deriva? Cierto es que podemos hacer poco, pero ¡ah! Ahora que empiezo a descubrir el continente y su cultura, se me va de las manos como agua tibia emponzoñada.

Cierto es que quedarán los libros. Gracias a ellos Zweig, ya sea en librerías o en bibliotecas, sigue entre nosotros. No existe, pero vive en su testimonio.

La biblioteca, ahora que la miro desde fuera, es un gran testimonio. Nos cede el testigo de lo que ocurrió ayer. Nos deja sus virtudes y sus errores, sus grandezas y sus miserias. Pero ¿qué son esas palabras frente a la realidad?

La biblioteca, ahora que sí la miro desde fuera, es una gran estafa. Presenta un mundo ideal que nunca se materializará. Da consejos y presenta proyectos que nada pueden lograr frente al implacable hacer de los hombres.

La biblioteca pública es la espada de la Industria. Si la idea de la culturización triunfa, ¡los museos se llenarán de chicles en el suelo y los libros aparecerán manoseados y subrayados!

Deberían esconder las bibliotecas, dificultar su acceso. Lo que han logrado hasta ahora es que todos los días se llenen de gente leyendo el periódico y viendo películas de vampiros vaciados de su antigua carga escandalosa o de guerras en las que los soldados no son tales (personajes encarnados), sino simples nombres con armadura y arcabuz. O cosas así. Como Millenium, ¿no?

Tal vez ese sea el problema. Estamos rodeados de nombres que no significan nada.

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El gran inconveniente…

Enero 24, 2010 · Comentarios desactivados

El gran inconveniente de trabajar escribiendo es que cuando quieres escribir por gusto no te quedan ideas ni ganas ni tiempo.

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España no es una cáscara, de Javier Ruiz Portella

Enero 19, 2010 · Comentarios desactivados

Conocer el ensayo de Ruiz Portella no es fácil, tal y como están las cosas. Debe uno de sentir curiosidad e ir a buscarlo, porque no se le encontrará en la mesa de novedades de las librerías. Son gajes de la disidencia. Él lleva ahora la editorial Áltera, que precisamente defiende una alteridad frente al nihilismo contemporáneo. Todo culminó en el lanzamiento, con el respaldo de Álvaro Mutis, del Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra en el 2002. Tras él nació la revista El Manifiesto, siempre de contenido interesante y formativo.

España no es una cáscara (Ediciones Áltera, Barcelona, 2000) es una bofetada en la cara del «hombre moderno». Se la da el «hombre comunitario». El texto sorprende por la franqueza y lo directo de sus acusaciones, aunque se quede corto para las expectativas que despierta a lo largo de la disertación. Quizá por eso peca de redundancia en algún pasaje, lo que a pesar de todo beneficia la claridad de la propuesta.

Dice Eugenio Trías en el prólogo que la «inexpugnable virtud» del nacionalismo es ahondar en lo local frente a lo global; «el error consiste en concebir lo local de modo simple». Yo desprecio todos los nacionalismos, de arriba y de abajo, dispersores o integradores. Todos me parecen ridículamente primarios. Pero ¡qué diferencia con los nacionalistas de antaño! En ellos no había utilitarismo (porque de eso se trata, ¿no?, cuando hablan de la poca importancia de ser de aquí o de allí), sino simbolismo. El sentido arrancaba de un signo que se sabía no más que eso.

O lo uno o lo otro, exclama desde lo hondo de su alma el hombre nacionalista. O bien soy catalán (o vasco, o gallego), o bien soy español. Y como nuestro hombre es afortunadamente catalán (o vasco, o gallego), la conclusión cae entonces por su propio peso: el hombre nacionalista se cierra ensimismado en su especificidad; todo su pasado y su presente español queda deshecho, reducido a ese vehículo puramente externo que es la pertenencia jurídico-política a un Estado. La vieja piel de toro queda reducida, para él, a su mero pellejo. España se convierte en puro envoltorio, mera cáscara.

El hombre comunitario sabe que son símbolos. El hombre moderno, nacionalista en tanto que racionaliza su pasado, retira el simbolismo y le da base real. Pasa con las naciones y con los dioses.

Pasa con la lengua: ¿se acabará la literatura catalana en castellano? Vila-Matas de por medio.

Y pasa con los libros. No son más que la enseña haraposa y pasional de algo más. Los lletraferit sabemos lo que digo.

Ediciones Áltera

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Mil años de poesía española, de Francisco Rico

Enero 19, 2010 · Comentarios desactivados

El bueno de Francisco Rico ha vuelto a las andadas. La diferencia con las anteriores escaramuzas es que ahora le ha añadido quinientas páginas, quinientas, a su preciada antología. Cosas de la vida, Rico mantuvo un duelo con Ruiz Portella, protagonista de la última reseña. Pero no fue poético, ni siquiera literario… ¡fue jurídico! Temas de plagio. Áltera publicó una traducción de los Carmina Burana (cantos goliardos de los siglos XII y XIII) que atribuía a una misteriosa argentina y que en realidad, alegaba el académico, era copia literal de la edición prologada por Carlos Yarza y traducida por Lluís Moles, los dos pseudónimos de Francisco Rico.

Dice el académico que, en la criba de autores y textos, su parte «ha sido la menor posible» y apela a una «memoria poética de España» como la cierta seleccionadora de lo que su antología incluye. En el último número de El Cultural, suplemento del periódico El Mundo, y sin duda bajo la atenta mirada de Anson, publicaron una entrevista-publirreportaje en la que Rico me sorprendió con sus métodos de selección. Su rigurosísimo trabajo está basado en las entradas que Google ofrece al introducir el nombre del autor, entre otros criterios.

Tengo el libro desde hace apenas una semana y media, con lo que sólo he podido hacer un somero repaso del contenido. Somero, tan somero, que quizá ni siquiera ha sido consciente. Aun así, me ha dado tiempo a preguntarme…

¿Qué demonios le hace seleccionar, de Jaime Gil de Biedma, poemas que no aparecen en sus antologías (uso la de Alianza Editorial: Vals del aniversario y Amor más poderoso que la vida) y desdeñar otras que son recurso constante de artistas (No volveré a ser joven)?

¿Por qué extraño vericueto se perdió su rigor selectivo para incluir, de Leopoldo María Panero, unos párrafos prosaicos que no dicen nada (El mundo del disco)? Les acompaña solo La maldad nace de la supresión hipócrita del gozo, probablemente no los versos más conocidos, pero válidos.

Se agradece, contrapunto, la inclusión de Andrés Trapiello, ese cronista incansable de su cotidianeidad, o de la puntillosa exquisitez de Luis Alberto de Cuenca. Pero quizá se ha abierto la veda a demasiados nombres venerados en exceso (Vázquez Montalbán, padre de todos ellos) que tal vez aparezcan más por su relevancia mediática que por la literaria.

No me gusta Mil años de poesía española. Tengo el prejuicio de que será mala y, de una u otra forma, lo será. Seguro. En un breve repaso me he dado la razón.

Editorial Backlist

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