Caserío de Echaide, 20 de abril de 2009
Salud,
Escribo desde un antiguo concejo navarro. Tardaré algunos días en encontrar internet para enviarte la carta, espero que no muchos. Me he venido con un amigo de retiro. Estamos en un torreón de defensa de hace casi diez siglos en el que, llegada la noche, toda la luz que tenemos la proporcionan la chimenea y dos exiguos focos estratégicamente colocados. Hace frío y llueve. Las musarañas aparecen de vez en cuando entre las vigas de madera, no hay agua caliente. Es perfecto. Qué bien se está aquí, lejos de tanto tonto y tanto buey. Rodeados de libros, varias libretas de notas en la mesa, el crepitar del fuego de fondo, un gin-tonic por barba, un par de puros que me trajeron de Cuba y las ideas dando tumbos, sorprendiéndonos, en nuestras cabezas. Anoche nos animamos y vimos, otra vez, Un perro andaluz. No sé cómo lo hicimos, pero le encontramos sentido a todo. Hoy, si no fuera por los apuntes que tomamos, no me acordaría de nada. A ver si logramos escribir un ensayo con cuerpo.
No estaré fuera cuarenta días, como exige la tradición crística, para vaciarme y ascender. Serán, en todo caso, cuarenta horas, pero aquí, en lo alto de una loma, rodeado de naturaleza, lejos del mundanal ruido, dejo de odiar al mundo. Y es que yo también me lamento «profundamente haber nacido en este mundo», pero también en parte me alegro. Es como una dura prueba que, si sabemos superar, nos reportará más alegrías y satisfacciones que los becerros de oro con que deslumbran a la canalla que nos rodea.
Esos becerros dorados, que son estados platónicos del alma, que son Ideas absolutas inalcanzables (sólo se puede tener esa depravación antivitalista que es la esperanza, un sentimiento lineal con el que dicen que debemos conformarnos), son los que han provocado que incluso los antisistema caigan en el Sistema. Sustituyen una vaca por otra y, cómo no, la adoran. Me ha traído un amigo que ha estado en China durante la Semana Santa un colgando de un Buda tallado en piedra verde. Y me decía, sorprendido, que el budismo no era una religión, sino una filosofía. Eso, que ya se lo había dicho yo hace tiempo –pero no me creyó, guiado por la ceguera judeocristiana-, ha hecho que el budismo sí llene y satisfaga a las personas y, sin embargo, las tres Religiones de Libro aletarguen a sus fieles (que son fieles-practicantes, supeditando lo segundo a lo primero, en vez de dar una moral vitalista, con pulsión de vida).
En el Mundo Antiguo los hombres se convertían en héroes cuando lograban pasar una línea que requería innumerables esfuerzos, cuando se convertían en atemporales. No es fácil. El primer paso es trascender, precisamente, lo contemporáneo. Anclarnos en ello es la tumba del übermensch. Por eso aislarse, huir a las montañas o al desierto, como Zaratrusta, como Jesús, como Buda y como los cientos de mitos –reales o no- similares, sirve para evadirnos de lo condicionante y transitorio. La Naturaleza , en cambio, es eterna. Es en ella donde se alcanza los más altos grados de conciencia.
Hoy estamos aniquilándola, ¿cómo van a salir hombres buenos si no se puede estar en contacto con ella? Los hijos del asfalto y el hormigón nunca podrán ser personas completas. Les falta su madre. Cualquiera diría que son hijos de puta. No sienten el pulso del mundo, el nihilismo ciega sus ojos y atrofia su olfato, no saborean el conocimiento. Por eso hay ruido por todas partes, porque ¡no se dan cuenta! ¡No pueden oírlo! Y nosotros… tenemos que soportarlo.
Salud, anarquía y birra fría.
Luis.