El tiempo y lo sagrado

abril 5, 2008 § Deja un comentario

Uno de los misterios que más ha intrigado a nuestra especie es el del tiempo. ¿Qué es el tiempo? El hombre siempre ha pretendido acotarlo cuantitativamente mediante distintos sistemas de medición. Por ejemplo, el Sistema Internacional de Unidades establece que el segundo es la unidad de tiempo básica, que en su origen es la 86.400 ava parte del día solar medio. En general, nuestra percepción del tiempo viene determinada por el Sol y por lo sagrado. Si tenemos en cuenta que el Sol ha sido considerado e identificado siempre como ente divino o sagrado, todo cobra más sentido. Así, tenemos a Ra en Egipto, a Helios en Grecia, a Inti en los incas, al arcángel San Miguel usando al Sol como morada, a Surya entre los vedas o la religión del Sol Invictus en Roma.

El nivel de medición más relevante para la Historia es el de los años: el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol. Los primeros en descubrir el año fueron los egipcios, que tenían un año compuesto por doce meses de treinta días, 360 días, más cinco días extra, los epagómenos, en los que nacían los dioses Horus, Osiris, Isis, Seth y Neftis. Como se ve, a la referencia solar se le añade la religiosa, o se utiliza la religión para que lo civil se amolde a lo científico. No es la primera ni la última vez en la Historia.

Para los niveles inferiores también se le tiene de referencia, aunque en principio con sentido más práctico que sagrado. Algo lógico, dado que se trabajaba con él y se descansaba en su ausencia, pero aun así esto se llevaba al plano de lo mágico, agradeciéndole al Sol su luz con fiestas como la inca del Inty Raymi o el culto solar de la religión de Mitra que tenía lugar el 25 de diciembre.

En el caso de no usar el Sol como referencia concreta, sino solo general –determina cuánto dura el día, pero no las horas-, la medición del tiempo sigue teniendo lo sagrado como parámetro. En la Edad Media, la Europa cristiana se rigió durante algún tiempo por las horas canónicas, que contaban los ocho rezos que debían hacerse a lo largo del día: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.

Acotar el tiempo solo es útil cuando además se puede establecer el momento exacto de algo, cuando se ha ordenado el tiempo de forma que podamos decir que tal cosa pasó en determinado momento, pudiendo decir exactamente cuál. El cómputo de horas comienza con el día, el de los días con los meses y este con los años. Pero para los años no hay un punto de partida. Si bien el resto de la organización del tiempo es cíclica, puesto que comienza y termina constantemente (las horas se repiten todos los días, por ejemplo), el nivel temporal de los años es lineal. Tiene un punto de partida, el inicio de los días, y no tiene previsto un fin.

Hay que aclarar que el cómputo de años también ha sido relativamente cíclico en algunas épocas. El calendario helénico comenzaba el cómputo cada cuatro años, momento en que se celebraban unas Olimpiadas, si bien en el nombre se decía qué número de Olimpiada era. El 2008 coincidiría con el año tercero de la sexcentésima nonagésima séptima olimpiada. Y el calendario maya comienza una y otra vez, por lo que una fecha se da hoy, pero se dio en el pasado y se dará en el futuro, aunque es harto improbable que siga siendo usado. El presente ciclo comenzó el 11 de agosto del 3114 a. C., y terminará el 21 de diciembre del 2012 d. C., fecha tomada por algunos como la del fin del mundo.

El problema surge llegado el momento de establecer qué se escoge como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional  y  trascendental  para  la  civilización,  de  forma  que  esté como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional y trascendental para la civilización, de forma que esté completamente justificado marcarlo como génesis de la era en curso.

El calendario romano cuenta ab urbe conditia, desde la fundación de la ciudad. El calendario gregoriano se basa en el nacimiento de Jesucristo, según los cálculos de Dionisio el Exiguo, dando origen a la Era Cristiana. El ya mencionado calendario helénico –o uno de ellos, pues se usaron varios- tiene como punto de partida las Olimpíadas, siendo estas unas fiestas religiosas, con numerosos sacrificios y ofrendas a Zeus y a Pélope. El calendario egipcio venía determinado por las distintas dinastías, marcando el comienzo de cada ciclo con la instauración de un nuevo linaje; en Egipto los reyes eran considerados descendientes de los dioses. El calendario hebreo empieza con la Génesis del mundo, que según ellos tuvo lugar el 7 de octubre de 3761 ANE, por lo que ahora están en el año 5769. En cambio, los mayas se rigen completamente por el Sol, dado que sus ciclos corresponden a ciclos solares.

Hayamos también ejemplos curiosos, como el de los masones, que suman 4000 años al de la Era Cristiana (estamos en el Año de la Luz 6008); el de los esotéricos hitlerianos, que utilizan el nacimiento de Hitler, el 20 de abril de 1889, como principio (estamos en el 119 después de Hitler); el calendario republicano francés, en uso oficial de 1792 al 10 de nivoso del año XIV (1 de enero de 1806); o el utilizado de forma paralela al de la Era Cristiana por la España de Franco, que dató los años desde 1936 como Año Triunfal y desde 1939 como Año de la Victoria (1939 fue el III Año Triunfal y Año de la Victoria), si bien cayó en desuso tan pronto como se cambió el fervor revolucionario por el entusiasmo reaccionario.

Todos tienen como punto de partida un acontecimiento sagrado. El primer día de cada Era está determinado por la religiosidad popular o por lo que el poder estima como el culto recto para el pueblo. Es una forma de introducir en la mentalidad popular verdades interesadas, y es una forma por la que la misma comunidad manifiesta sus sentimientos, aquello que más importancia tiene: lo que para ella es sagrado.

El hombre post cristiano, marcado en ocasiones por un laicismo pseudomasónico, está cambiando poco a poco la Era Cristiana por Nuestra Era. Deja de usar el antes y después de Cristo por el antes y de Nuestra Era. ¿Indica esto que el Cristianismo está dejando de ser la fuerza más influyente del mundo? ¿O es simplemente un intento de borrar nuestra propia Historia? Decía Abel Posse que «la Historia demuestra que Occidente periódicamente se rebela contra su raíz judeocristiana». Pero, ¿hasta qué punto es una rebelión, lógica por otra parte, el hecho de dejar de usar la Era Cristiana?

No es más que un modernismo, y eso para mí siempre es negativo. Hemos llegado a un punto en el que la Historia se ha parado, ha terminado. No hay proyectos en común más allá de los económicos. ¿Qué sentido tiene la cronología? ¿Realmente importa? En el proceso de desacralización general a que estamos sometidos se pretende eliminar también todo rastro de las religiones, sean cuales sean. Solo se deja espacio para la religión del consumismo y para aquello que se limite a ser una filosofía de vida, pero haciéndoles prescindir de lo que de trascendental al hombre tengan.

Por ello, el mundo no puede tener de referencia un hecho «sagrado». Podrá tener, en todo caso, la conciencia de que se está viviendo en una Era, pero sin saber cuál ni por qué nació.

Hace unos días yo reclamé el uso de la Era Hispánica en paralelo a la Era Cristiana, y lo vuelvo a hacer, porque aquel fue un momento sagrado, en el que nació un nuevo tiempo para nuestra tierra. Mas no debe dejar de usarse la Era Cristiana. Aun siendo una sola batalla, es parte de la guerra. Incluso quien no siendo cristiano asuma el concepto de lo sagrado y su importancia para que la comunidad, en este caso básicamente la de Europa, no termine de perderse por los caminos de la homogeneización internacional, debe defender su empleo.

Pero esto solo lo entenderán quienes, incluso sin creer en dios alguno, entre un creyente en Dios y un creyente en la materia, siempre escogen, sin dudar, al primero.

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