El club de las tres haches

abril 17, 2008 § 1 comentario

Voy a hablar de un tipo de psique: el del héroe. Pero no el héroe con poderes imposibles nacido al amparo de Hollywood o de algún cómic, sino del héroe como persona que ha conseguido realmente llegar a ser un Übermensch, un «suprahombre» nietzscheano. Hijo de Nietzsche soy, y a él honro cuando quiero.

Son personajes de ficción, por supuesto, pero son personas que nos hemos encontrado en diferentes campos de la vida real. Están por encima de todo, son hábiles, astutos, saben lo que hacen y disfrutan con ello. Se rigen por una moral que ellos han construido de manera totalmente coherente y respetable, y hacen que su mundo, su entorno, también se ordene según esta.

Trataré tres casos, las tres haches que siguen un mismo patrón: Higgins, Holmes y House. En primer lugar describiré brevemente a cada uno de ellos, para pasar después a un análisis conjunto. Si alguien busca detalles concretísimos compartidos por los tres, puede pasarse por la Wikipedia o buscar alguno de los sesudísimos estudios comparativos que alguna sanguijuela ha sacado de ahí. Yo soy un escribicionista y, por lo tanto, lo que aquí prima es mi interpretación, no la realidad tangible.

Sherlock Holmes es sin duda el más conocido. Sir Arthur Conan Doyle le hizo protagonista de cuatro novelas y cincuenta y seis relatos entre 1887 y 1927. Es un sagaz detective privado experto, entre otras cosas, en química, anatomía, drogas varias y literatura sensacionalista, según el doctor Watson. Es también experto boxeador y un gran esgrimista de palo y espada. Por otra parte, le caracterizan su ironía, cierta brusquedad con las mujeres –sin olvidar a «la mujer», su amor platónico- , el consumo de opio y cocaína, y un método deductivo y lógico basado en la observación. Además, es un gran intérprete.

Gregory House es el jefe del departamento de diagnóstico médico de un Hospital en Nueva Jersey, según la serie que lleva su nombre. Es experto en nefrología y enfermedades infecciosas. Le caracterizan su mal genio, tal vez motivado por su cojera de la pierna derecha, la ironía, la continua trasgresión de normas –casi siempre para salvar al paciente- y su capacidad deductiva a través de los simples detalles, sumada a la intuición. Consigue atraer a los pacientes más hostiles y complicados, que solo confían en él, así como mantener unido a su heterogéneo equipo médico. Es adicto a la vicodina y ciertamente misógino.

Henry Higgins, por último, es el coprotagonista de Pigmalión, obra de teatro estrenada en 1916 por el eximio Bernard Shaw. Es un profesor de fonética que apuesta con su amigo, el coronel Pickering, de regreso de la India, que logrará hacer pasar a una malhablada florista por una dama al cabo de seis meses. Él es algo misógino y antisocial, pero con una capacidad deductiva que le permite decir en qué calle vive cada cual con solo oírle hablar. Ella se enamora de él, pero él no le hace caso.

Son tres hombres solitarios, expertos y completamente inmersos en su actividad. Lo primero que llama la atención es, más que la misoginia, el desprecio de la mujer en sentido positivo. A Holmes solo se le conoce una mujer, «la mujer», de la que se enamora, intuyo, porque ella es capaz de ponerse su nivel. Ella tiene la misma capacidad, de hecho le vence, y por tanto consigue que él se sienta atraído por ella. Pero no es un romántico amor, sino enamoramiento de sí mismo. House, por su parte, estuvo casado con una fiscal. Lo curioso es que nunca, ni después de separarse, deja de estar enamorado, pero la rechaza cuando ella cede a sus intentos de reconquista. Y Higgins, por último, se enamora de su alumna, Liza Doolitle, pero finalmente la pierde. De hecho, se enamora, pero lo hace de su obra, no de ella, tal y como nos sugiere el hecho de que la historia se base en el mito griego de Pigmalión. Este final fue modificado para la versión hollywoodiense protagonizada por Audrey Hepburn, en la que ambos terminan juntos sus días.

Lo cierto es que, por encima del afán de protagonismo, están llenos de amor propio, de reverencia hacia sí mismos. Cuando se enamoran de alguien lo hacen como fruto de la voluntad de poderío, en el sentido más nietzscheano posible (ver Nietzsche. Aproximación al amor) , porque su primer instinto es dominar su medio ambiente, y lo hacen. Lo único que son capaces de querer de verdad es aquello que ellos mismos han construido y no aquello que está a su misma altura –o lo susceptible de ser modificado de acuerdo con sus propias capacidades-. Poderío primario, instinto básico de dominación. Lo demás solo es amor platónico, pasional y temporal.

El mito mismo de Pigmalión, así como el conocido como «efecto pigmalión», se relaciona con esto: crear unas expectativas que, de cumplirse, producen automática satisfacción. Que nuestra obra de arte sea lo bella que queremos nos hace enamorarnos de ella, y de nosotros mismos.

El patrón se repite: no hay amor efectivo constante. Las relaciones duran poco, ya sea por la incompatibilidad, por la incomprensión del dominado –ella, en estos casos- o sencillamente porque nuestro protagonista no quiere atarse a una relación que le impediría ser todo lo libre que es, algo que le ha permitido ser como es. Es libre, pero además es por ser libre. Eliminando la libertad dejan de ser ellos.

Encontramos en Holmes y House una adicción a sustancias alucinógenas que, de forma reiterada, se nos presenta como positiva. House puede trabajar y vivir en paz gracias a la Vicodina, pues hace de calmante para su pierna. Holmes, por su parte, fuma opio y, de vez en cuando, se inyecta cocaína para «reordenar los muebles de la cabeza». ¿No han sido las drogas siempre sustancias que transportaban a lo sagrado, permitiendo llegar a ello? Los sacerdotes de los pueblos andinos mastican la hoja de la coca desde hace al menos cuatro mil años; tenemos el soma védico y el haoma iranio como bebidas embriagadoras; el zumo de banana fermentado con que las pigmeas danzaban para la Luna;…todas ellas ambrosías de la inmortalidad sagrada o vías para el éxtasis –que, antes que droga o culmen orgásmico, es «estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión del ejercicio de los sentidos»-.

Por cierto, que acabo de leer que el mito de las brujas voladoras viene de la forma en que estas consumían la belladona. Por lo visto, al ser muy delgada la línea que separa lo efectivo de lo letal en este narcótico, debían usar palos para consumirlo por vía anal o vaginal. La imaginación colectiva hizo que estos canutos fueran confundidos con escobas. También la usaron los egipcios y los sirios, para alucinar, y las damas italianas, de ahí el nombre, que se restregaban el fruto por los ojos, consiguiendo así que sus pupilas se dilataran. Belleza medioeval.

Lo curioso de casi todas las drogas es que, cuando fueron descubiertas (la morfina, en 1803, la cocaína, en 1860, la heroína, en 1898, etc.), fueron vistas como auténticos remedios milagrosos y muchos fabricantes anunciaban orgullosos que sus productos contenían coca u opio. Por ello, todas estas drogas se vendían en cualquier botica. En España fue así hasta 1918.

Los héroes de las tres haches son, por otra parte, y tal y como decía al principio, constructores de una nueva moral. Ello les hace aparecer como seres «amorales», en tanto que se enfrentan a la moral común en la sociedad de lo políticamente correcto cuando sus valores no son compartidos por la suya. Pero siguen un comportamiento completamente coherente en sí mismo. Es importante esta expresión, a la que ya dedicaré algunas parrafadas otro día; con ella califico a la cosa según la cosa misma, sin otro patrón que aquel que la cosa establezca. Es decir, no juzgo desde fuera, sino desde y según lo de dentro.

Como son un pensamiento estructurado y susceptible de ser vivido que se rige por un valor capaz de analizar cualquier cosa y dar una opinión, ellos encarnan cosmovisiones. Lo son para sí, y lo son para los demás, porque el que un hombre encarne un sistema de valores conlleva una fuerza espiritual que no deja indiferente a quien se le aproxime por cualquier vía, ya sea receptiva, inquisitiva o demoledora, entre otras.

Están en condiciones de desobedecer las normas sociales y morales -¿no son lo mismo?- del entorno en que están inmersos porque, sencillamente, ellos no pertenecen a él. Son seres atemporales, están por encima. La moral es algo que nos viene dado culturalmente, pero ellos se atañen a la moral de los héroes: «Zeus, hijo de Cronos, creó en esta tierra fértil una cuarta raza más justa y virtuosa, la celesta raza del Héroe». El hijo del Tiempo, que es el dueño del mundo, crea a los que están por encima de su padre.

Esto no quiere decir que, al estar por encima, no estén sujetos al mundo, o que no tengan otra obligación que subsistir. Eso sería vergonzoso. El mayor castigo para el héroe es, precisamente, que debe servir al mundo inferior. Holmes pone su conocimiento al servicio de la policía, House al de la medicina y Higgins al del pueblo en general, estudiando y mejorando la fonética.

Además, como su mayor placer, endogámico, es su talento, demostrar su capacidad al común de los mortales es, sin duda, lo mejor que hacen y con lo que más disfrutan. No son ratones de laboratorio o de biblioteca, sino que viven la calle. Llama la atención que los tres tengan una especial conexión con las clases más bajas y malogradas. Conectan mejor que los demás con personas complicadas psicológicamente. House, por ejemplo, es el único que consigue tratar con una chica a la que han violado (episodio 58). Holmes se mueve con total desenvoltura por fumaderos de opio, criaderos de maleantes. Y Higgins extrae sus mejores muestras de trabajo de entre los trabajadores de clase baja.

Pero esto no les hace inferiores, sino que es el ser superior el que más fácilmente puede relacionarse con los inferiores, porque es donde mejor demuestra su grandeza. Ante los normales, no pueden más que ser ariscos y humilladores, ya que estos siempre odian al que se manifiesta como superior movidos por la envidia. Está además una razón que podemos aportar solo en forma de intuición: es una manera de intentar ser superior. El que ha visto la luz de fuera de la caverna (hablando platónicamente) nunca puede dejar de verla, y eso conlleva unas responsabilidades; así que a menudo el héroe intenta olvidarla adentrándose en el farragoso mundo de lo bajuno.

Son estas personas, ante todo, seres de una nueva clase. Como decía Hesíodo, de la raza del Héroe.

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§ Una respuesta a El club de las tres haches

  • […] personaje. En el primer número de La Comuna de los Desheredados publiqué un artículo titulado El Club de las Tres Haches en el que trazaba paralelos entre Henry Higgins (del Pigmalion de Shaw, más conocido por My fair […]

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