Nacionalsocialismo (1. Palestina, 2. Arte sano)

enero 3, 2010 § Deja un comentario

[Recojo aquí los tres artículos publicados de manera separada a lo largo de enero de 2010.]

I. Religión en el III Reich

1.- Moros y nazis

Para los de la LOGSE: los actuales territorios del estado de Israel son los que en 1917 el Mandato Británico de Palestina se apropió tras derrotar al Imperio Otomano. En 1922, haciendo gala de su clarividencia histórica e imparcialidad política, la Sociedad de Naciones le recordó a los británicos que, en cualquier caso, su obligación era velar por la construcción en esas tierras del «hogar nacional judío». Como Su Majestad vio aquello con muy buenos ojos y los judíos siempre se enteran de todo, empezaron a llegar miles de asquenazíes y víctimas de los pogromos rusos; todos comprando tierras y formando guettos. Y miles quiere decir algunos centenares de miles, por si no quedaba claro que eran muchos y ricos. La consecuencia directa es que los pogromos (linchamientos de judíos, que empezaron en venganza por el asesinato del zar Alejandro II pero que después obedecieron a causas muy diversas, casi todas económicas) se trasladaron a Palestina. De entre todas las palizas, célebre es la matanza de Hebrón en 1929.

Así que nos encontramos con las masas judías, intentando asentarse en algún sitio, y con los palestinos, que ya no saben por dónde les vienen las tortas. Ocupados por unos a nivel político, por otros a nivel cultural y por otros en lo económico, no tuvieron más remedio que liarse a guantazos con todo lo que se meneaba. Normal. Los ingleses aguantaron con cierto empaque, pero los judíos en seguida organizaron la Haganá, un grupo terrorista que con el paso de los años adquirió importancia y llegó a ser algo más serio: Tzahal, el ejército israelí.

El líder de la resistencia popular palestina fue al-Husayni, un antiguo soldado del Imperio Otomano, indultado después por el mandato británico. Su cargo era el de Gran Mufti de Jerusalén, que encarna la autoridad en la interpretación de la Sharia. Había uno en cada territorio y el de Estambul era la cabeza, pero Reino Unido decidió que era mejor que no, que el más importante fuera el de Jerusalén.

Con lo que Hajj Amin al-Husayni promovió las revueltas palestinas contra la ocupación judía. Así estuvieron diez años, hasta que comenzó la II Guerra Mundial y Muhammad decidió colaborar con el III Reich alemán. Su papel consistía en reclutar musulmanes yugoslavos para las Waffen SS, para que reprimieran la insurgencia interna de los comunistas.

Y aquí es a donde yo quería llegar. ¡Moros y nazis, nazis y moros! Dicen los apologistas de la legalidad israelí que iban de la mano no porque compartieran ideales vitales, que sería lo natural en esta clase de colaboraciones, sino porque compartían un mismo odio. El odio a ellos, los judíos, claro. Y ahí se deja la cuestión, por si resulta que no es así.

Y es que, efectivamente, no es así. El Gran Mufti permaneció en Berlín como invitado personal de Hitler hasta la entrada soviética porque realmente había algo en común. Igual que lo había con aquellos monjes tibetanos que se encontraron muertos en Berlín, en 1945, uniformados y armados bajo las órdenes de las Waffen SS. Fue una de las cosas que se trajeron tras su visita al Dalai Lama.

Aparte del simple antisionismo (¡que hay que diferenciar del antisemitismo! Para muestra, la calurosa acogida que el parlamentario israelí, Israel Shamir, ha tenido siempre entre el neofascismo), que a todas luces constituye la piedra angular de la coordinación estratégica, hay ciertas consideraciones…

Porque reducir todo a la persecución de los judíos es un tanto ridículo. No se monta tanto circo para tan poca fiera. La cosmovisión de los fascismos era exclusivamente europea. No podía extenderse más allá de las fronteras culturales (o raciales, o geográficas, o políticas; ya depende de la escuela fascista, pero son más o menos las mismas tierras) sin perder la autenticidad. Pero eso no implicaba que se le diese la espalda al mundo. Ramiro Ledesma, con preclara visión política, le gritó vivas al fascismo italiano, al NS alemán y al bolchevismo ruso. Cada política en su casa y el socialismo en la de todos, más o menos.

La alianza primera no vino del antisionismo, sino de la más elemental lucha contra el imperialismo. Al menos, esa es nuestra interpretación a la luz de la rebelión panarabista contra el colonialismo occidental. Algo, por cierto, que no concuerda con la actuación de Italia en Etiopía… Pero el socialismo árabe y laico, o al menos la construcción política homologable a él en el mundo árabe, que si no es socialismo es algo muy parecido, ha constituido siempre la real alianza con el nacionalsocialismo europeo.

Ninguno de los fascismos es racista en la práctica, si entendemos el racismo en sentido «supremacista». Sí lo es, en cambio, el KKK. También lo han sido, he ahí la praxis, todas las derechas. Pero el fascismo no. Por eso en las malditas SS lucharon musulmanes arios y no arios, bosnios y palestinos. Yo creo que la ventaja del nacionalsocialismo es que afirma la importancia de la raza (no seré yo quien lo niegue. Hitler dixit: «el pecado contra la sangre y la raza constituye el pecado original de este mundo») sin por ello desacreditar a ninguna otra. Están las infiltraciones derechistas, pero el partido nazi apostó por la independencia de las colonias, por la creación de un estado judío en África (y no en zona árabe, por Alá), por su integración natural entre los combatientes cristianos, paganos y budistas, por la independencia palestina,…

Uno comprende que el antifascismo, esa «enfermedad del alma» que dicen ya algunos teóricos y que el mismo fundador del PCI acusó de ser «lo peor del fascismo», se niegue a darle a Hitler el papel de padrino de la resistencia palestina. No pedimos tanto. Pero que llegue a acusar al estado sionista de nazi, es vergonzoso y una afrenta a todos los judíos que sufrieron el exilio durante la II Guerra Mundial, a todos los que murieron en tan trágica etapa. Y también una afrenta a la justicia histórica, porque los nazis defendieron Jerusalén frente a la ocupación israelí. ¿Habría pasado lo mismo si Su Graciosa Majestad hubiese permanecido allí?

Por otra parte, el anticapitalismo de base que se descubre en todas las culturas, excepto en el judaísmo y ahora en el catolicismo, es sin duda, junto al antiimperialismo, la otra fe común. Y esto se da porque la usura está condenada en el Islam, en el budismo, lo estuvo en el catolicismo hasta hace cincuenta años, es antinatural en el paganismo, las tribus negras jamás se lo plantearon,… Entonces, aunque sea sin profesiones religiosas (los panárabes laicos, los paneuropeos laicos), hay siempre afinidades irrenunciables que colocan en el mismo bando a unos y otros. Por eso no debe extrañar una alianza que, no siendo antisemita, es antisionista por la menos recurrida de las opciones: porque el sionismo conlleva la usura.

La alianza del fascismo (no el mediterráneo, sino todo él) con el mundo árabe siguió después de los bombardeos de Alemania y la caída de Berlín. Por ejemplo, el Partido Árabe Socialista Baaz, el de Saddam Hussein, nació al calor de los combatientes alemanes que derrotaron a Francia, su metrópoli. Un partido laico y no islamista, como argüían los invasores yankis hace unos años. También están los ex de la República Social Italiana instruyendo a los de Al-Asifah; Blas Piñar pactando con el Sha de Persia; Gadafi metiéndose en todos los fascismos europeos a través de su embajada (todavía conservo un ejemplar del Libro Verde); etc.

La cuestión del Libro Verde es sumamente interesante, pero para ello habría que adentrarse en CEDADE. Quizás lo hagamos otro día, porque tenemos un amigo que vivió aquel idilio hasta el punto de convertirse al Islam. En él se plantea un socialismo revolucionario que bien se adecua al de Mussolini. Todos los movimientos árabes (y algunos islámicos) han buscado en Europa alianzas que les llevaran a fortalecer su posición, pero siempre las buscaron entre los fascismos. Pocas veces fueron la URSS del marxismo antimarxista o los USA del petrodólar los pedestales para su ascenso al poder, hasta que los neofascismos no tuvieron ninguna influencia real en política ni ofrecían la promesa de conquistarla.

No sólo están los casos anteriores. Francia, España e Italia son paradigma de neofascismos con alianzas a ambos lados del Mediterráneo. En algunos momentos, que por desgracia nunca han cristalizado en propuestas serias y realizables, hasta se ha abogado por Eurabia.

Y al final…

Pues llegó el fin de siécle; todo se fue al carajo. Saddam ha muerto, USA patrocina a Hamás, Gadafi aplaude al tío Sam. ¿Fin de siécle? No. Finis historiae.

II.- Arte degenerado y arte sano

1.- Introducción

Hace unos meses, mientras ojeaba revistas en una librería (lamentable costumbre de los pobres -¡malditos proletarios!-, a juzgar por las miradas de los dependientes), descubrí la pintura de Emil Nolde. El primer cuadro que vi fue Profeta, un dibujo en blanco y negro en el que se adivina la frustración, la crudeza, el desamparo de quien viene a anunciar la verdad.

Después vi lo que querían decir en todo aquel artículo: que Nolde era nazi y que su arte degenerado era nazi, aunque lo rechazaran los mismos nazis. O no. ¿Quién es capaz de dilucidar qué arte es nazi y cuál no? Goebbels tenía en su despacho algún cuadro de Nolde, pero Hitler se lo recriminó calificando su obra de «imposible» y tuvo que retirarlos. En 1934 empezó a militar en el NSDAP (en el que no era obligatorio militar ni se obtenía beneficio alguno por hacerlo, luego hubo libre voluntad), pero cuando en julio de 1937 se inauguró en Munich la primera exposición de Entartete Kunst -«arte degenerado»-, sus obras estaban allí.

Durante el régimen nacionalsocialista alemán la pugna entre arte degenerado y sano fue constante. Y el desprecio del degenerado es algo que no debe sorprender. Adolf Hitler arremete en Mi lucha contra futuristas, dadaístas y cubistas, que no se conformaban «con traer impurezas, sino que por añadidura se vilipendiaba también todo lo realmente grande del pasado». Esas tres corrientes son precisamente un nido de fascistas italianos, con lo que, aunque sea artísticamente, podemos distinguir ya el fascismo mediterráneo del «fascismo» nórdico. Y uso el vocablo «fascismo» en su acepción más genérica y, por qué no, ambigua.

En España también podría distinguirse perfectamente entre dos fascismos según las preferencias culturales: el de José Antonio -mediterráneo-, y el de Ledesma -germánico en todos los aspectos-. Después ellos mismos lo corroborarían con hechos y palabras. Con Ledesma es fácil, porque conservamos sus obras literarias, filosóficas y políticas. Pero con Primo de Rivera, en cambio, hay que atenerse casi en exclusiva a sus escuetas colaboraciones políticas en los órganos falangistas y en algún periódico generalista. Lo que pudo producir de literatura (hasta donde nosotros sabemos, una obra de teatro y poco más) mandó quemarlo en su testamento ológrafo, cosa cumplida al pie de la letra por quien correspondiera.

Aquel nacionalsocialismo, con todas las rotundas afirmaciones previas de Hitler, despreció a Nolde, Monet, Manet, Renoir, Van Gogh, Cezanne, Picasso, Mondigliani, de Chirico, Braque, Matisse, Klee, Kandinsky, Gauguin, Pissarro, Chagall, Grosz,… Y al lado, otra galería, esta vez de «arte alemán», en la que se exponía a Werner Peiner, Adolf Ziegler, Fritz Erler, Adolf Wissel, Julius Paul Junghanns, Franz Eichhorst, Hanns Bastanier,…

Efectivamente, unos completos desconocidos para los expertos en arte de hoy. Son pintores que medraron a costa de sus ideas a pesar de carecer de talento, que han quedado olvidados por sus ideas a pesar de su talento, y que ni medraron ni tuvieron talento. Hay de todo. Curiosamente todavía hay idiotas que veneran a algunos «artistas» porque entre sus obras se encuentra la efigie del Führer. Señores, señoritos perdis: al Führer le retrató todo pintatelas con ínfulas de nazi. Habría que distinguir entre retratistas de Hitler y pintores, por si queda aún alguna duda.

Buenos artistas hubo en ambos bandos. Algunos ostentaron la etiqueta de «degenerados» con orgullo, otros con pesar, pero todos los que fueron «oficiales» se congratulaban de serlo. Mi intención es hacer un breve repaso por todos ellos. Aunque el tipo de trabajo que haré será algo superficial, esto responde a las características del medio (el blog), que no permite algo más profundo ni la corrección de partes ya escritas.

2.- El arte sano como producto hitleriano

Cuando uno se enfrenta a un régimen totalitario (y precisamente el nacionalsocialista -en adelante, NS- se vanagloriaba de serlo) hay que tener cuidado con el material que uno maneja. En la mayoría de los casos, la propaganda ejerce uno de los poderes más sólidos en la misma vida interna del país, por lo que cierta información puede aparecer distorsionada por los apologistas y por los detractores, casi siempre más tergiversadores que los mismos embellecedores de la historia real. Tampoco puede procederse por  la técnica del punto medio, tan apreciada hoy, que consiste en considerar las cosas equilibrando las teorías positiva y negativa. Hay que tener espíritu crítico y cierta audacia, no dejarse llevar por pasiones, pero no creer en la historia como una ciencia. Es un arte distinto.

No cabe duda de que el NS concibe al hombre como un animal cultural. Y lo manifestó desde el principio. Su creador, Hitler, se ganó la vida unos años vendiendo acuarelas, desde poco después de su regreso a Viena en 1907 hasta que se presentó voluntario para la Gran Guerra en 1914, donde colaboraba con sus dibujos en los periódicos del frente. A pesar de la frustración de que le acusan algunos por no lograr el ingreso en la Academia de Bellas Artes de Viena, no creemos que un mero trámite burocrático (¡tener el título oficial de pintor!) fuese una cuestión traumática para el lector voraz y el artista de cierto mérito en que se había convertido.

Esos devaneos del Führer con la pintura nos parecen el antecedente claro de lo que después se conocería como «arte sano». Hitler sabía de lo que hablaba, y si antes he referido la anécdota de Emil Nolde y Goebbels ha sido para ilustrar que no siempre sus camaradas más cercanos tenían la misma visión cultural, que fue él quien llevaba el peso de la política artística.

Para entrar en el arte oficial del III Reich hay que comprender un poco más la figura de Hitler. Hay que saber que era vegetariano, que amaba los animales. No es tema que nos incumba ahora en profundidad, pero tiene su importancia. Aunque durante algunos decenios se ocultaron sus fotografías personales, las del álbum de Eva Braun o las que le hizo Hoffman, hoy podemos confirmar que esas fotografías (privadas, insistimos, nunca usadas por el régimen con intención propagandística) revelan una identidad que difiere del monstruo que pintaron USA y la URSS. Y no es que justifiquemos crimen alguno. Éste, si se cometió, es una atrocidad que bien justifica el oprobio universal y su expulsión al basurero de la historia leninista. Es algo así como lo que merecen Stalin, Churchill, Roosvelt o Mao Tse Tung, cuyos campos de exterminio y concentración han quedado oportunamente en el desván.

El NS formó lo que después podría llamarse el precedente del «corpus jurídico ecologista». Quedan para los anales la Ley de protección de los animales (Reichs-Tierschutzgesetz, de 1933), la Ley de caza (Reichs-Jagdgesetz, de 1934) y la Ley de protección de la naturaleza (Reichs-Naturschutzgesetz, de 1935). Pido, a quien lo sepa, que dé un solo ejemplo en el que el Estado procure alimento a los animales de compañía. Tan sólo uno en el que haya cartillas de racionamiento, en carestía, para los perros que vivan con humanos.

Quizá el ecologismo hitleriano se basara en sus lecturas de Shopenhauer, Nietzsche y Wagner. Es muy probable que su afirmación de que «cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro» la extrajera de sus propuestas en defensa de la naturaleza. Y su dramática afirmación, algo ingenua, de que «llegará un día en que no tenga más que dos amigos: la señorita Braun y mi perro», muestra a las claras su amor por los animales.

Haciendo un repaso rápido, nos topamos con sus tres famosos mastines Muck, Wolf y Blondi, el scotch terrier Burly, Foxl (una perra que le acompañó durante la Gran Guerra  y que al final de ésta se perdió), Prinz, Bella, Blondie (que después se la regaló a Bormann, para que superase la derrota de Stalingrado) y con un gato, Peter, que aunque le irritaba por su afición a cazar pájaros logró ganarse el cariño del «Caudillo de Europa».

Famoso es también el invernadero que el mismo Bormann, su secretario personal, hizo construir para él. Curiosamente, es una de las ruinas del imperio nazi que aún se conservan.

La defensa que hago del vegetarianismo de Hitler responde a una sola razón: me enerva la simpleza mental y la estupidez de quienes quieren desacreditarle hasta en eso sugiriendo, con rintintín infantil, que su dietista le o su cocinera o la prima de su vecino le ponía, sin su consentimiento, grasas animales en sus sopas. Y que, por tanto, no era un vegetariano real. Porque sin saberlo se alimentaba de animales…

Como veremos a continuación, el arte «sano» consistía en un naturalismo que, estamos convencidos, emanó directamente de Hitler. Que la calidad de la pincelada fuese nula parece, en determinadas ocasiones, algo baladí. Da la impresión de que lo realmente importante no era tanto el arte como el tema. Es cosa de cada quien el considerar si en ello hubo error.

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