Arriba España, o algo así

septiembre 6, 2010 § Deja un comentario

Granada, 6 de septiembre de 2010

Tarea hercúlea, trabajo arduo. Nipón por vocación y español de voluntad, se nos presenta un Dragó renovado, espléndido de prosa barroca y refulgente de rocambolesco reencuentro con su tierra. Lo explico. He tomado en mis manos el último libro decente -sí, sí: el último libro decente, porque otros suyos no lo son- que ha publicado el eximio Sánchez Dragó. Es decir, Y si habla mal de España… es español, de enero de 2008. No tengo muy a las claras si después ha habido otro, pero quería lanzar el dardo. He tomado el libro como se aprieta un bocadillo tras un ayuno involuntario, con riesgo de tragantona, y en dos sentadas (las que van del postre a la merienda y de ésta al aperitivo de la cena) me lo he embuchado. Todavía tengo las migas en la comisura de los labios.

Tiene el libro tres partes, que deberían ser dos. En la primera, «De la España Mágica a la España Hortera», se excusa. Lloriqueo por las miserias de un país que no se parece a Japón. Y da el primer aldabonazo a las puertas del sentido común: el patriota no es ni puede ser nacionalista. Verbigracia, Unamuno, Ortega y José Antonio. En la segunda parte, «A contraespaña», se da de garrotazos con cuanto le coge por delante. De los fontaneros a los taxistas, de los graffiti a la telecaca, del turismo al politiqueo, del analfabetismo a la picaresca. Puta España y olé. Italianos, sudacas y españoles, rebelión de la chusma, por obra y gracia del Imperio Sin Noche. Y Bombay, que confirma la regla. «Yo quiero vivir en un lugar donde todo el mundo me dé los buenos días, cierre la puerta, baje la tapa del retrete y tire de la cadena después de utilizarlo. Parece sencillo, ¿no? Pues no. Esto es España». Añade: la mala leche, mal endémico. Fruto, claro, de tres pecados capitales: envidia, chapuza y picaresca. No hay más. No hay menos. Y es suficiente.

Llegando al verano de 2007, en el que un agotado y furioso Dragó, furioso como nunca lo he visto,  sólo atina a escribir ocho páginas desordenadas y caóticas, uno está también agotado y furioso. Desesperado, como Naoko, Fernando y su secretaria. Y es que hablar de España agota, es un coñazo. Sobre todo cuando pretendes explicarla. Pobre… ¿No aprendimos de Ganivet, y tras Él de Valle-Inclán, que España es un imposible, un esperpento, una chorrada inexplicable? El Insigne no lo sabe todavía. Atisba voluntad, coge a José Antonio (y acusa a troche y moche de fascistas y nazis a los «cachorrillos hidrófobos» de las izquierdas frailunas y moralistas), le manosea las palabras, sabe algo de Ortega, respira unamuniano,… Y concluye que España es necesaria. ¿Cómo hacerla, llegar a ella? «Esforzándonos, amigos, esforzándonos». Pero ¿será así? ¿Sólo volunctas? Como primer paso, acepta el castellano, el español. Ya hay base común. Y patria acampando sobre voluntades. Así que busquemos. Vino, comida, mierda seca. La Iglesia del Jamón de Pata Negra. Individualismo por doquier… Matemos al de al lado, aunque sea sólo por si acaso. La búsqueda, ya lo he dicho, agota, es un coñazo. «Porque ser español, efectivamente, es un problema, y eso no le sucede con su país a nadie nacido en ningún otro lugar del mundo». Maldito el problema, decimos entonces, y maldita la gracia que nos hace vivir en ese culo del mundo. «Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz», canta Robe Iniesta. Ay, si sólo fuera allí. Pero ¿qué hemos hecho mal? No es sólo la mala leche, ahí está el progresismo, ahí están los tratos de matar que usan cuando pueden estos imbéciles compatriotas, ahí los salpicones de sangre de las víctimas, ahí la tinta derramada, ahí los libros quemados, ahí la venganza, ahí la estocada traidora. Nos llega el aliento del degüello, el soniquete de las cabezas rodando. Todos a la bartola y rascándose los huevos mientras el honesto -el bueno que peca de bueno, frente a los malos que se rebozan el morro de virtudes- empotra con ritmo lastimero la cabeza en el muro más cercano. Allí, si se descuida, lo fusilarán. Todo por destacar, por pensar, por definir, por razonar, por no comulgar, por no callar. E incluso por callar y no balar.

Así que… Más que como problema, «España como enfermedad». De suerte que Dragó, Aquel Que Busca, sabe que la identidad es «una sucesión armoniosa de círculos concéntricos». Andamos arreglados, al pretender que se nos entienda. Identidad… Algunos la confunden con el escozor que sienten en los cojones una mañana cualquiera. A las bravas saldrá el abertzale gritando aquello de gora Euskadi. Y punto. Si acaso, algo de Europa y por guardar las formas: necesitan subvención y el Estado español las recorta desde Aznar Pancastellano. Pero la enfermedad existe porque puede curarse. Lo taumatúrgico en este caso es la Tauromaquia, caballo de Troya de las religiones mitraicas para entrar en la España moderna. La Tradición Primordial, que diría Guénon, perfuma nuestras vidas españolas desde los cosos. Toros, toros, toros. ¡Qué buen castellano hablan sus expertos! Así pues, el Uro, sacrificado en el Sacramento orgásmico de la corrida, hace las Españas. Es la Fiesta Popular, es lo que une y lo enreda, el éxtasis comunitario. El Toro es el dios de los hispanos, por eso los dioses labraron esta tierra dándole la forma de su piel.

Fin.

Coda filosófica:

Federico Nietzsche me da una idea desde El viajero y su sombra, en concreto desde el aforismo 121. En él, bajo el título de «Promesa solemne», dice lo siguiente: «Ya no quiero leer a un autor en quien se advierte que ha querido hacer un libro. Ya no leeré más que aquellos cuyas ideas se conviertan inopinadamente en un libro». Fernando Sánchez Dragó, que es Ulises -Nemo- en este libro como fue Dionisio en tantos otros, se ha encontrado con un libro escrito a lo largo de varios años. Es además tan tempestivo como intempestivo, porque toma tanto del presente como de la eternidad, y por eso merece entrar en la Biblioteca de los Libros Universales.

Sea.

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