Por qué digo Iberia cuando quiero decir España

enero 11, 2011 § Deja un comentario

«España se hunde bajo el peso de sus propios excrementos».
Fernando Sánchez Dragó
Y si habla mal de España… es español

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Hace tiempo, cuando fundamos y dirigimos el boletín de metapolítica Vértice Europeo, nos atrevimos a definir la realidad «España» como una «patria plurinacional». En concreto, nos referíamos a ella entendiéndola como «patria hispánica» (1). Han pasado tres años de aquellas palabras, que nos valieron el enfrentamiento con toda la cabila españolista, y es la hora de dejar de lado los significados, que creemos claros y asumibles, y pasar al significante. Es decir, a lo que unos llaman España y nosotros proponemos como Iberia.

Como dijimos en su momento, por establecer algún presupuesto, usamos la definición que Ortega y Gasset, con palabras concluyentes, le dio a patria: «proyecto sugestivo de vida en común». No se trata de ningún presente, no es la conjugación nominal de ninguna realidad social o política: es una propuesta integral de futuro (2).

2

Entendemos que España existe hoy. Pero, precisamente, esa misma existencia del significado España nos parece preocupante, por cuanto que no responde al significado tradicional. Hoy es un proyecto caduco, borbónico, desviado, excesivamente identificado con Castilla y confundido con la historia reciente. Es una miseria que quisieron liquidar precipitadamente, con razones y sin éxito, los literatos noventayochistas. Baroja, Unamuno, Maeztu, Azorín, Ganivet y hasta Valle-Inclán pretendieron dar, doloridos, un tiro de gracia que se les desvió. Y han pasado cien años.

No nos arrugamos al decir que en el siglo XX, España era el aglutinante real de un pueblo. Hoy es su dispersor. Lo que fue Hispania, Al-Ándalus y las Españas es hoy una amalgama de frustraciones culturales y despropósitos políticos. Al igual que Hispania agonizaba en el siglo VIII por «la degeneración moral de los godos», Al-Ándalus en el siglo XII por los terroristas almohades y las Españas en el siglo XVIII (y aún en el XIX) por la llegada de una dinastía funesta, España se muere en el siglo XXI por un régimen ridículamente inútil para alcanzar los fines que le son propios.

Lo resaltable de esta etapa es que se funda sobre una derrota: la del carlismo. Porque precisamente, como proyecto político, viene de tres Guerras Civiles decimonónicas cuyos bandos fueron los mismos. Las dos Españas, si se quiere. Nosotros apostamos por otra identificación: España contra las Españas (3). No es hora de reivindicar las glorias carlistas, pero creemos que las sucesivas victorias en las tres pugnas lo fueron del liberalismo. Hasta podemos entender que la lucha llega al siglo XX, incluyendo la guerra de 1936 como parte de ella, donde pudiera parecer, falsamente, que ganaban los carlistas. Lo dijo S. A. R. don Carlos Hugo, heredero de una de las actuales facciones: «los carlistas quedaron como vencidos en el campo del vencedor» (4). Y sólo así entendemos que España (entendida como último escalón subido por los iberos) llegase a todo lo que podía llegar a ser con la apoteosis de ese régimen, encarnada por la tecnocracia de su última década. Los destellos del proto-franquismo (época azul mahón) fueron fuegos fatuos que iluminaron por un segundo e hicieron creer a toda una generación que seguían la estrella de la mañana; un engaño, porque el fin de España estaba ya escrito.

Pero no nos desviemos. Hemos dicho que España fue una bandera legítima y no nos retractamos, a pesar de las filias con determinados movimientos históricos. Aunque es cierto que, tras la derrota del carlismo, lo que era hasta ese momento una lucha por la libertad (liberales eran los unos, serviles los otros), derivó en un ensañamiento sobre el cadáver de la tradición. España nacía muerta. Fue perdiendo fuerza como proyecto y hoy es, a duras penas y si los microestados autonómicos no lo remedian, una sumatoria económica.

Aquel patriotismo de principios del XX (Primo de Rivera, CEDA, Legión Española) era sólo nacionalista. Al regionalismo más o menos secesionista de unos, reaccionaron estos otros dando los mismos brincos, terminando todo en un baile grotesco. O fue al revés. Pero la confusión de la patria con la nación fue lamentable. Entonces llegaron los internacionalistas, otra barrabasada ideológica, que pretendían liquidar el proyecto España en pro de universalismos utópicos. Cuarenta años, necesarios, para contrarrestar aquél cáncer.

Y la consecuencia, la desaparición de España-patria por culpa de esa reacción. Clave es el libro España, sin problema (1949, v. nota 5), donde se da la estocada intelectual que necesitaba la derecha para seguir adelante. Lo que no lograron los del 98 lo hacen estos.

Han pasado varias décadas y lo español, avanzado el siglo XXI, es lo propio del castellano y nada más. Cosa que, como ustedes comprenderán, es inaceptable para los no castellanos con un mínimo sentido de la identidad. Si hasta 1950 lo propio de los amantes de la tierra era defender España, hoy eso sería traicionar el ideal primero.

Resumen de la historia moral de España: en 1845 se funda la Guardia Civil; en 1986, Luis Roldán da su dirección, por primera vez, a un civil; a lo largo de la primera década del siglo XX se plantea la desnaturalización militar del Instituto Armado, cosa que de momento no se ha logrado, pero que no tardará en llegar.

«Viva España, viva el Rey, viva el Orden y la Ley». Positivistas. Ahí está la esencia de España, si tal cosa -la esencia- existe.

Mirad: Joaquín Costa, que es referencia nuestra, vio con audacia el problema de aquellas Españas que morían del todo. «Y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar» (6). Pues sí, también hoy, al del duque de Ahumada, habría que echarle el cerrojo.

3

Terminada la hora de los nacionalismos, que sirvieron en su momento para luchar contra la técnica desarraigante, hay que buscar nuevas plataformas de defensa de la realidad comunitaria, la patria hispánica. España, como se ha dicho, ya no sirve.

Hay varios parámetros por los que guiarnos para la consecución de un nuevo proyecto: político, económico, cultural, racial, lingüístico, histórico, geográfico,… Sabemos que el nombre es arquetipo de la cosa, y con él se nos va la mitad de la carga ideológica. En esas, apostamos por Iberia como el significante que buscamos. Está alejado del lastre nacionalista, no tiene vínculos con la historia política y queda abierto a Iberoamérica, Europa y África Norte.

Iberia: sólo así estaremos dispuestos a unirnos a los castellanos, a los leoneses, a los lisboneses, a los cordobeses, a los algarveños, a los aragoneses, etcétera. Es la única manera de superar las rencillas que siglo y medio de barbarie política ha provocado en las huestes hispánicas. El tufillo jacobino que tiene desde el inicio el nombre España nos es insoportable. Hubiésemos preferido las Españas, pero es cosa irrecuperable.

Iberia, cantonalista. Iberia, federal. Iberia, municipalista.

En los tiempos del capitalismo post-estatal, los trust, los holding, los think tank y el imperio de lo privado (7), hay que deshacerse de las cosas políticas (de la res publica como directora/dictadora de la vida económica común), porque ya no son ni necesarias ni útiles como medio de defensa. Y si no tiene funciones, no tiene sentido sostener el Estado. Podemos volver, con serenidad fraternal, a los municipios. El mundo globalizado no entiende de fronteras, pero tiene que entender, por fuerza, de 1) núcleos de población y de 2) bloques geopolíticos, etnográficos y socioculturales. Eso es Iberia, un pueblo racialmente uniforme, con identidad común y válida como ente geopolíticamente estratégico.

Para la defensa de las cosas comunes, hay pactos y alianzas temporales y específicas que ligan a los núcleos de manera más eficiente que la abstracta administración colectiva.

Por eso digo Iberia cuando quiero decir España: porque España es algo que debe ser superado.

***

Apéndice: ¿Por qué no digo Europa?

Porque nadie sabe qué es. Y desde luego, Iberia es la menos indicada para recomenzar un camino que nunca ha transitado. Ni con Carlomagno, ni con Napoleón, ni con Hitler; con Carlos I no hubo integración y la Europa de Maastricht es tanto una reunión de subvencionados y patrocinadores que no merece la pena considerarla.

De eso, que hablen francos y germanos. A los rusos de las Rusias, a los británicos de las Británicas y a los españoles de las Españas, que nos dejen en paz.

Europa como utopía: así nos gusta. Mientras tanto, arriba Iberia.

_____________________________________

(1) Luis Erráiz, La Patria hispánica, blog Patria y Resurgir, 2007.
Disponible en: http://patriayresurgir.wordpress.com/2007/12/01/la-patria-hispanica/

(2) Y consideramos lo integral, aproximadamente -y valga como ejemplo de reciente cuña-, en la línea en la que el documento Transforma España, presentado por la Fundación Everis y firmado por los mayores capitalistas del reino, entiende que debe ser concebida la ciudadanía: «la separación actual entre Ciudadano-depositario-de-valores, Ciudadano-elector, Ciudadano-consumidor, Ciudadano-financiador y Ciudadano-productor, debe dar paso a un nuevo paradigma de Ciudadano-integral como fusión fértil y dinámica de los cinco roles anteriores».
No lo compartimos, pero está disponible en:
http://www.fundacioneveris.es/Images/Transforma%20Espa%C3%B1a%20Fundaci%C3%B3n%20everis_tcm32-71088.pdf

(3) Precisamente, en el importante libro Qué es el carlismo, de Elías de Tejada, Gambra y Puy Muñoz, se dice en el capítulo primero que sus «tres bases doctrinales» son: «a) Una bandera dinástica: la de la legitimidad. b) Una continuidad histórica: la de Las Españas. c) Y una doctrina jurídico-política: la tradicionalista». Escriben desde 1971 y no cabe confusión: el carlismo era las Españas.

(4) Declaraciones de Carlos Hugo de Borbón al diario El País, aparecidas en el periódico el 28 de enero de 1978.
Disponible en:
http://www.elpais.com/articulo/espana/BORBON-PARMA/_CARLOS_HUGO_DE/ESPANA/PARTIDO_CARLISTA/carlistas/quedaron/vencidos/campo/vencedor/elpepiesp/19780128elpepinac_6/Tes

(6) Rafael Calvo Serer, España, sin problema, ed. Rialp (Madrid 1949).

(6) Joaquín Costa, Crisis política de España. Edición digital (Madrid, 1914).

(7) Hay quien no es consciente del grave problema que se está creando con las últimas privatizaciones (telecomunicaciones, aeropuertos, sanidad, loterías, energía,… Ya llegarán, como ha llegado en otros sitios, la educación y la seguridad). La consecuencia es inevitable, y quizá estoy diciendo lo más importante del artículo en este pie de página: están desmontando el Estado y dejándolo en manos de las empresas. Que, como todos intuimos y a veces sabemos, pertenecen a una misma masa de capital u organización de capitales, cuando hay distintas manos. No será soberano el pueblo, porque el Estado no tendrá funciones que administrar, sino el cliente, en tanto que da fuerza a la empresa que suministra bienes y servicios.
Ante este panorama, lo que proponemos cobra fuerza. El Estado ya no es nada (o no lo será en veinte o treinta años) y cuanto antes nos desembaracemos de los mitos que lo sustentan, antes nos construiremos las nuevas murallas de la resistencia. Vuelta a la identidad primaria, tal es la consigna, para volver a una economía que se base en las células mínimas de convivencia. Es decir, la pareja o la familia.
Y sólo así tendremos municipios fuertes, que es algo que reclamaron los «regeneracionistas» del 98, como el ya citado Costa, y que tras un siglo sigue sin realizarse.
Vale.

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