Afrontemos el caos (I) Prolegómeno

febrero 16, 2012 § Deja un comentario

«Deberíamos ser hombres primero y ciudadanos después».
Thoreau

Voy a proponer algo que espero que vaya tomando cuerpo conforme avance la serie de artículos que ahora empiezo: la libertad de las personas. Sé que es algo al mismo tiempo utópico, delirante e imposible, en tanto que la libertad no es un estado del alma y ni mucho menos del cuerpo, sino un proceso y un modus vivendi. Por eso lo que haré será exponer una serie de técnicas por las cuales ejercer la libertad. Y lo haré atendiendo a la cotidianeidad de la que debe nutrirse toda lucha, huyendo de exigencias más propias de iluminados y sacerdotes guerreros. Somos individuos que quieren vivir sus vidas como les plazca. Como decía Ayn Rand a través de Kira en Los que vivimos, «yo no quiero luchar por el pueblo ni quiero luchar contra el pueblo. Quiero que me dejen sola… vivir».

Aunque como título general utilizo una fórmula de Cioran -«afrontemos el caos»-, no quiero que quede en el tintero el término con el que yo me refiero a este edificio que quiero construir: cultura de resistencia. ¿Por qué «cultura»? Porque la cultura es el medio natural que el hombre crea para vivir. Todo es cultura, incluso lo que etiquetamos como incultura. Eso mismo, por ser una forma de vida, es una cultura. Frente a una cultura, que no es sustantiva sino fenoménica, sólo se puede oponer otra cultura. Dando por sentado que el hombre es un animal cultural, que tiende a lo sedentario y a forjar su nuevo hábitat, puede entenderse que no haya una idea abstracta de ella. Cada cual, según sus usos y costumbres, establece unos cánones más o menos aleatorios a través de la convención social. No quisiera que se entendieran mis palabras como un alarde de superioridad. Ni siquiera como una pretensión. Son, en todo caso, un leve estudio de la psicología de las masas y una respuesta al actual «estado de cosas». No me interesan las grandes multitudes, sino el individuo. La entelequia del pueblo fue creada para desvalorizar a cada persona, ¡y las personas creyeron que eso les fortalecía! Dejarse sumergir entre millones de seres humanos sugestionados con el poder que adquieren al hacerlo no es sólo un nuevo síntoma de idiotez, sino que llega a ser la raíz misma, a la fuente de la idiotez.

La natural sociabilidad humana no ha de confundirse con la disolución del humano en la sociedad. Ser masa dista de estar en ella, de vivir entre sus muros.

Y ¿por qué de «resistencia»? Porque no podemos, de momento, cambiar nada. Y acaso tampoco nos interese porque, como a Unamuno, sólo lo haga la revolución interior. En cualquier caso, la única salida es cabalgar el tigre de la modernidad. Dentro de esta resistencia se encuadra la Contrasociedad, como realidad distinta de un movimiento antisistema. La sociedad no nos gusta, pero lo que queremos hacer no es un grupo carente de valores propios y en constante lucha contra algo -al modo de los reaccionarios-, sino una nueva sociedad paralela a la existente y en la que se pueda desarrollar una vida normal, no condicionada por la constante negación de los valores de la sociedad «oficial». Resistir es permanecer en el propio lugar, es no moverse de lo que uno cree legítimo y bueno y justo. Resistir no es embestir como fieras contra muros indestructibles, es asentarse libremente en el bosque que está más allá de la frontera y vivir felices, sin el miedo a los muros y sin el odio a (y de) sus habitantes.

Los términos de esta Cultura de Resistencia quedan por tanto establecidos: frente a un sistema valores, oponemos otro. No como algo definitivo -aunque en él pueda haber algo susceptible de permanencia- sino como mera forma de vida ante unas condiciones tan adversas como las actuales. No caemos en la tentación de formular una utopía, que lo es desde el momento en que la base es irreal, pues no conocemos las circunstancias futuras. Queremos la filosofía del hic et nunc.
Pero que nada de este lleve a engaño. Sabemos que «sufrir “por amor a la verdad” […] corrompe toda la inocencia y sutil neutralidad de la conciencia» , pero también que no se puede perder el contacto con lo «realmente existente». Por ello, si bien debe erigirse como ente independiente también debe serlo como alternativo, sin que ello signifique carácter parasitario, sino larvario; sin que ese mundo moderno condicione nuestra existencia. Si lo hiciera, estaríamos embarcados en un proyecto viciado ad initium. Todos los discursos revolucionarios están dirigidos a los descontentos de la comunidad, es decir, a los pobres. Pero no podemos caer en un «discurso para pobres». Estos escritos van dirigidos a los hombres de pensamiento y de acción, a esos a quienes se dirigían Drieu y Bergson, sea cual fuere, en su caso, la situación económica y, por ende, social.

En definitiva, ante la cuestión de si esto es una ética para pobres y oprimidos, nosotros hablamos para hombres libres. Lo que aquí proponemos no es un sistema completo de pensamiento, ni siquiera un intento. Aquí daremos algunas claves para que la Cultura de Resistencia sea posible, pero no podemos llegar más allá. Eso lo dejamos para otros momentos. Filosofía es la teoría, pero también la práctica. Los cínicos de la Antigüedad no escribieron prácticamente nada, sino que vivieron. Hoy tenemos la oportunidad de emular a aquellos perros. Con las medidas correctas, somos capaces de levantar toda una Cultura, y eso sólo puedo hacerlo un corpus social filósofo.

Nosotros bebemos directamente de la emboscadura jungueriana. «Mediante la emboscadura proclamaba el hombre su voluntad de depender de su propia fuerza y afirmarse en ella sola» . Explicando su concepto de «bosque», aclara el buen alemán que lo que en definitiva pretende es darle libertad al hombre. He ahí la emboscadura: la conquista de su propia soberanía. Puede haber emboscados en ciudades, en fábricas, en oficinas y en rascacielos.

Incipit comedia.

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Imagen: Los solitarios, de Munch.

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