Tiempo (Afrontemos el caos, II)

febrero 19, 2012 § Deja un comentario

«If you make a revolution, make it for fun».
D. H. Lawrence

Decía Leonardo Castellani, sacerdote argentino reintroducido en España por Juan Manuel de Prada y aplaudido hasta la extenuación y el sangrar de manos por la derecha conservadora, que «el hombre es un esencial buscador de cadenas», hasta el punto de que «donde quiera que el hombre puede encontrar una cadena que lo libere de su esencial cambiabilidad y contingencia y que lo ate a un algo permanente, como un náufrago a un mástil, allí se siente feliz y noble» . A mí me parece una tontería inmensa y, lo que ello representa, un crimen contra la vida.

Una de las obsesiones más perniciosas y extendidas de la Edad Moderna es la del tiempo. Todo está perfectamente cronometrado y cualquier salida del guión se interpreta como una pequeña traición a la buena marcha del mundo. Vivimos en un perpetuo horario de oficina, esclavizados por nosotros mismos. En el otro extremo andan quienes se olvidan absolutamente del paso de las horas y viven en la nube de la irrealidad. Pero hay que recobrar la sensatez. Yo no puedo pedir, como algunos manuales de la felicidad, que tiremos los relojes a la basura, porque para algo sirven. Pero sí hay que vivir con la tranquilidad de que el tiempo es nuestro y tenemos que explotarlo como nos plazca. Hemingway, en su decálogo del escritor, exclamaba «no pierdas tiempo». Y nadie podrá acusar a tamaño borracho de ir corriendo a todas partes, de someterse a la absurda urgencia y a la infértil velocidad de nuestro mundo.

De lo que se trata es de disfrutar cada instante con la intensidad propia de vivir conscientemente el presente. La exigencia de Hemingway requiere pasión, entrega, fervor por la misma existencia, edificar la propia vida como una obra de arte absoluto wagneriano, exprimir cada instante en pro de esa lucha y hacerlo hasta el final, hasta quedar para el arrastre, hasta -como Mishima- las últimas consecuencias, hasta ser una masa daliniana sobre una silla de ruedas, ¡hasta el delirio, si hace falta! Y esto requiere también excelencia, lo contrario de lo eficiente, que acaba siendo lo suficiente. Hemingway llegó a reescribir veintiséis veces la última página de una novela, hasta alcanzar, como alcanzó en muchos escritos, la perfección.

La concepción del tiempo como un elemento sagrado e interior del hombre, hasta el punto de lograr la existencia auténtica. Un hombre libre no conoce el aburrimiento por la sencilla razón de que su vida está entregada a un modus vivendi. No se trata de llegar a ninguna parte, ¡qué manía tan moderna!, sino de disfrutar el camino. Como el poema de Machado, «se hace camino al andar». Sin obsesiones ni extraños sacrificios, con la confianza de que todo tiene que encajar porque Dios, el anima mundi o la simple naturaleza de las cosas se encargarán de ello. Hay que dejarse mecer por la serendipia, las sincronías y las causualidades, al decir de Dragó. No vivimos en una línea recta, sino en una espiral marcado por el voluptuoso ritmo de un reloj de arena. Jünger así lo vio.

Hablaba de los relojes. De igual modo que hay que olvidarse un poco de ellos y dejar de lado la visión funcionarial de las cosas, hay que ser rotundamente responsables. La puntualidad es una de las principales virtudes del hombre auténtico y dueño de sí. Si quedamos con alguien, hay que llegar incluso un rato antes al sitio. Así podremos disfrutar del entorno y deshacernos un poco más de la filosofía de la urgencia. Vivir con tranquilidad y con fuerza. El tiempo es algo subjetivo y utilizar cada segundo con intensidad, incluso cuando estamos contemplando una puesta de sol o la belleza del goteo de un grifo semiabierto, nos permitirá vivir más en diez años que otras personas en toda su vida. No creo que nadie pueda negar que Napoleón vivió más en cincuentidos años que un campesino en noventa. Esto nos lleva a otro de los mandamientos de Hemingway: «mézclate estrechamente con la vida». Sea.

La idea fundamental que hay que creerse es que el tiempo es nuestro, propiedad intransmisible de cada uno. Todos se quejan de lo explotados que están, de las ocho horas en el trabajo y de que, con ocho de sueño, comidas, transporte y demás zarandajas, se quedan sin tiempo para ellos mismos. Pero ¿y qué demonios son las veinticuatro horas del día? ¿Qué hacen en el trabajo, abstraen la mente, se vuelven autómatas y se abandonan al suplicio laboral?

Gente así no merece vivir. Y, de hecho, no viven. Y es que ya está bien, el trabajo no es una condena. Corral de gemebundos y jeremíacos: el hombre sólo sufre cuando se deja sufrir, cuando su inteligencia no alcanza a asumir y aprehender sus propias obras.
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Imagen: Van Gogh – Dos campesinos cavando

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