Reutiliza y compra bien (Afrontemos el caos, III)

febrero 25, 2012 § Deja un comentario

No prometo nada fácil. Tampoco, en un primer momento, barato. Aunque hay casos que claman al cielo. Es sabido que el único punto en común entre Platón y Epicuro era el gusto casi fetichista por las aceitunas. Algo que, tanto en Grecia como España, se nos antoja natural: tierras mediterráneas de verdes olivares.

Esta mañana, después de ir a la frutería y pasar por el estanco, he entrado en el supermercado. Era cosa fácil, comprar algo de carne y poco más. Mientras avanzábamos por el pasillo de las bebidas, después de coger cerveza, se me ocurre ir a por las aceitunas. Para acompañar la bebida. Así que con inocente confianza llego al rincón al que han relegado al fruto del olivo. Primer problema: hay más de quince marcas. Maldito libre mercado, me digo. Mi instinto, contagiado por la comodidad moderna, lleva mi mano hasta las latas que están a la estudiada altura de mi hombro. Pero recelo en un instante de lucidez y miro el precio por kilo, que está debajo y en pequeño del definitivo. Sucios usureros. Ocho… ¡ocho euros el kilo de aceitunas! Sé que en algún lugar del almacén hay un encargado animándome, desde lo más profundo de su bolsillo corporativo, a que coja esa lata de aceitunas de plástico en conserva. ¡Consume!, me dicen, ¡no pienses! Así que decido plantearme qué voy a comprar y a quién le voy a dar mi dinero, al margen de estar en un supermercado. Por desgracia, mi capacidad como individuo-comprador no llega al fabricante y tengo que atenerme a las opciones que estos vendedores me dan.

Ahora tengo que elegir la mejor proporción calidad-precio. Cinco minutos analizando las marcas, la calidad, el precio. Me decido por un bote de cristal de una corporativa jinense con aceitunas, puedo verlas, aceptablemente aliñadas. Nada como las que aliñábamos en casa hace años con el único olivo que teníamos en el jardín, pero aceptables. Tres euros y medio el kilo. Es ist gut.

Pues bien, he visto a ocupas saliendo del supermercado con latas de aceitunas. Yo entiendo que lo que ahorran en alquiler quieran gastárselo en caprichos, pero es intolerable y patético que alguien que ha conseguido salirse en ciertas cosas del Sistema (logrando no estar sometido al imperio de la propiedad) caiga tan ridículamente, con insospechada inocencia, en otras.
No tengo ninguna duda de que las mejores aceitunas habrían sido las aliñadas por mí. Lo he hecho y eran exquisitas. Pero no podemos hacerlo todo nosotros: pan, verduras, carne,… Así que delegamos en un empresario que, en algún lugar, intenta hacer un producto rentable. Pero no siempre lo logra y nuestra obligación es comprar lo mejor. Que casi nunca es lo más caro, si investigamos un poco. Si nos paramos a pensar: ¡tranquilos, hay tiempo de sobra!

Otra opción es la reutilización. No hay nada malo en comprar lo desusado por otros. No sabéis la de cosas que tira la gente a la basura. Tengo un amigo que amuebló su piso con lo que recogía de los contenedores, y aún así su madre creyó que el casero era un encanto porque se lo había dado amueblado. Yo mismo, durante los años en que he vivido en pisos alquilados y con compañeros de clase, he recogido de la calle estanterías, mesas, sillas,… incluso una televisión. Cosas que nos ayudaron a vivir mejor, sin que en ningún momento tuviésemos la conciencia intranquila por estar sentándonos donde antes otros lo habían hecho. Tras un pequeño repaso con un trapo, todo queda como nuevo o recién traído de casa de la abuela.

Hace unos días, mi hermano me pidió que le comprara La regenta, de Clarín. Así que fui directamente a una librería de viejo. Cuatro euros en un solo volumen. Después pasé por una librería normal, trece euros en dos volúmenes. Además de que los dependientes suelen ser mucho más amables, ahorré dinero y le hice un favor a esa persona que tuvo que vender una obra maestra. Los mejores libros que conservo entre los míos son de librerías de viejo y rastrillos de libros usados. Sólo ahí he encontrado ejemplares envidiables de libros escasos o primeras ediciones de mis queridos finiseculares del XIX.

La Edad Moderna está cimentada sobre la obsolescencia programada y la búsqueda incesante, asfixiante y criminal de lo nuevo. Debemos aprender a lidiar esos toros, porque en ello se nos va la tranquilidad y la serenidad imprescindibles para la libertad.

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