28F: nada que celebrar

febrero 28, 2012 § 4 comentarios

El 28 de febrero de 1980 se celebró un referéndum por el que se ratificó la iniciativa prevista en el artículo 151 de la Constitución a efectos de la Comunidad Autónoma de Andalucía, cosa que sirve de base para el ente administrativo denominado Junta de Andalucía. Se ponía entonces en marcha la maquinaria para aprobar el Estatuto de Carmona (1981), cuyos padres fueron Ángel López, Miguel Ángel Pino y José Rodríguez de la Borbolla, del PSOE; Carlos Rosado y Pedro Luis Serrera, de UCD; Javier Pérez Royo, del PCA, y Juan Carlos Aguilar, del PSA. Poca variedad cromático-ideológica, como puede verse.

Pero volvamos atrás. Los resultados del referéndum fueron los siguientes:

Censo 4.430.356

Votos emitidos 2.843.820 (64.18%)

  • A favor 2.472.287 (86.92%, 55.82%)
  • En contra 152.438 (5.35%, 3.44%)
  • Blancos 200.210 (7.03%, 4.51%)

Con la particularidad de que ni en Jaén ni en Almería se alcanzó la indispensable mayoría de población a favor. Sin embargo, los políticos decidieron que podían suplantar la voluntad popular (que ellos consideraban legítima, si se amoldaba a sus aspiraciones) y modificaron la Ley de Referéndum, de manera que las Cortes Generales podían rectificar la mala decisión de los votantes. Si no fuera por lo que ha traído detrás, aquella impostura habría sido una más de tantas. Pero ha traído cola.

Significado del 28-F

Y es que el Estatuto de 1981 decía que Andalucía se constituía en Comunidad Autónoma «como expresión de su identidad histórica y en el ejercicio del derecho al autogobierno que la Constitución reconoce a toda nacionalidad». Eso de «nacionalidad», al mismo tiempo, no tendría mayor trascendencia si no fuera porque (1.-) según el artículo 2 de aquel Estatuto «el territorio de Andalucía comprende el de los municipios de las actuales provincias de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla»; y (2.-) porque su preámbulo, añadido el 14 de abril de 1983, afirmaba que «la Historia ha reconocido la figura de Blas Infante como Padre de la Patria Andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del autogobiemo que hoy representa el Estatuto de Autonomía para Andalucía».

Ambas afirmaciones, una de carácter jurídico y otra de carácter político, fueron reiteradas por el Estatuto de 2006. Y lo que se dice con ellas es que hay una realidad política y cultural prácticamente uniforme desde Almería hasta Huelva, y que esa realidad es heredera directa de al-Ándalus.

Ahmad (Blas) Infante

Porque eso es lo que defendía Ahmad Infante, el creador del andalucismo moderno. Tan cierto era eso de creador, que tuvo que justificarse:

Los regionalistas o nacionalistas andaluces nada vinimos a inventar: nos hubimos de limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro pueblo, en justificación de nuestra Historia.

Los símbolos adoptados por la CA Andaluza (bandera con los colores del Imperio Almohade, himno religioso, escudo copia del de Cádiz) fueron, además, los que inventó este señor y fueron aprobados en la Asamblea de Ronda de 1918, reunión de mesa camilla sobredimensionada por la posterior elevación de Ahmad Infante a mito.

Abundar en la colección de tonterías solemnes que pronunció aquel notario venido a más, aquel rico que jugaba a pobre, sería regodearnos en un terreno que otros han labrado con más detalle. Sin embargo, es importante denunciar cada día quién era realmente aquel Blas Infante, dado que hoy es aceptado por gentes de todos los partidos y de todos los pueblos. Una nota más:

El pueblo andaluz fue arrojado de su Patria […] por los reyes españoles y unos moran todavía en hermanos, pero extraños países y otros, los que quedaron y los que volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son apartados inexorablemente de la tierra que enseñorean aún los conquistadores. Y es preciso unir a unos y otros. Los tiempos cada día serán más propicios. En este aspecto, hay un andalucismo como hay un sionismo. Nosotros tenemos, también, que reconstruir una Sión.

El filósofo marxista Gustavo Bueno escribió hace unos años un artículo en el que retrata con sobrada audacia a este patriarca. El título es ya sugestivo, «Un musulmán va a ser reconocido en referéndum como “Padre de la Patria andaluza”». Consúltelo quien quiera saber más.

Se remarca, en los textos legales, la justificación histórica. Pero es justo la Historia la que nos dice que Granada no es Andalucía y que Blas Infante fue un farsante.

Granada en todo esto

La inclusión de Granada en aquel avispero perverso de delirio musulmán y neo-marxismo krausista bien pudo haberse evitado. No sólo por la innegable separación que ha habido históricamente entre las provincias andaluzas y las granadinas, sino porque al mismo tiempo que comenzaba la andanza andalusista (superación ideológica del andalucismo, tomando al-Ándalus como referente, y no la Andaluzia cristiana o la Vandalia gótica) hubo serias aspiraciones por la burguesía granadina (en sus tres provincias) de erigirse en región autónoma, desde Seco de Lucena hasta los emisarios en la Asamblea de Córdoba de 1933.

Tan es así, que en 1977 la UCD, revoltijo donde cupo todo, quiso ser también heredera de aquellos próceres e incluso propuso una bandera para la Andalucía Oriental. Algo hizo también Unión Nacional, pero la suerte estaba echada, el PSOE cogía las riendas de la socialdemocracia española (merced a la CIA y a los cuarenta años de vacaciones), su escuela sevillana mandaba y la autonomía granadina se fue al garete.

No creo que sea baladí hacer un poco de historia. Hasta 1833, el sur de España estaba compuesto por Andalucía y Granada, reinos independientes según viene recogido en todos los mapas y las crónicas. Sin embargo, en 1833 el afrancesado granadino Javier de Burgos redacta el Real Decreto sobre la división civil de territorio español y, sin ninguna razón, habla de «la Andalucía, que comprende los reinos de Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla, se divide en las ocho provincias siguientes: Córdoba, Jaén, Granada, Almería, Málaga, Sevilla, Cádiz y Huelva». El mensaje fue calando, la ley hace al pueblo. No obstante, todavía en 1873 el proyecto de Constitución federal decía que «componen la Nación Española los Estados de Andalucía Alta, Andalucía Baja, Aragón, Asturias, Baleares,…». Sin embargo, hasta 1980 no tuvo mayor trascendencia, porque no hubo ente administrativo propio.

Nada que celebrar

La Andalucía moderna, de clara y aberrante ascendencia andalusí, se fundamenta sobre la fecha del 28 de febrero porque no hay ninguna otra que tenga importancia desde y para las ocho provincias que la forman. Ni siquiera hay un momento histórico en que haya evidente voluntad andalucista en todos sus pueblos, porque en el referéndum de 1980 no se preguntó si las provincias querían ser andaluzas, eso se dio por hecho. El 28 de febrero simboliza la entronización de Ahmad Infante como Padre de una Patria, o nacionalidad, o realidad nacional, que de todo han dicho. Sin embargo, ni por historia ni por cultura ni fonética ni gastronómicamente Granada puede ser incluida dentro de un bloque político en el que también estén Sevilla, Córdoba, Huelva o Cádiz, que finja homogeneidad y que quiera por eso distinguirse del resto de España. Porque hay más similitud entre un burgalés y un granadino que entre un almeriense y un gaditano. Por lo tanto, no tenemos nada que celebrar.

Nada que celebrar porque Ahmad Infante pretendió el regreso de los ocupantes musulmanes a la península ibérica.

Nada que celebrar porque el desarrollo político de los Estatutos de 1981 y 2006 ha sido indudablemente contrario a los intereses de las provincias orientales.

Nada que celebrar porque no reconocemos otra nación que la española ni otra patria que la europea.

Nada que celebrar porque se nos hurtó la posibilidad de salir del camino andalusista.

Nada que celebrar porque incluir a Granada en Andalucía es una falsificación histórica.

Nada que celebrar porque nos negamos a estar bajo la administración de unos pretendidos epígonos de al-Ándalus. A no ser que también incluyan Tarragona, Zaragoza, Pamplona y Braga.

Nada que celebrar porque no ondearemos una bandera que rinde homenaje a un imperio genocida, el Almohade, que masacró a los cristianos y a los judíos. Cosa esta que debió resultar atractiva a su creador, Ahmad Infante.

Nada que celebrar porque no se celebra la gesta de un pueblo, sino la construcción de una nueva Administración Pública que ha impedido sistemáticamente el avance de las provincias orientales.

Y nada que celebrar como un nuevo frente contra la flamenquización de Granada, comenzada por Isabel II y llevada a extremos vergonzantes por Franco.

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