Martensfilia

marzo 3, 2012 § 5 comentarios

Atracción por mujeres con botas Dr. Martens, eso significa el vocablo que titula esta entrada. Es de mi cosecha y constituye uno de los numerosos fetichismos que, sin llegar nunca a términos parafílicos, adornan mi constelación erótica.


La martensfilia supone una perversión algo más avanzada que la altocalcifilia -atracción por los tacones altos-, en el sentido de que el poder que se le atribuye a la mujer que tiene puestas las botas es mucho mayor que el vulgar gusto masoquista por los zapatos de tacón, donde se busca casi exclusivamente el castigo a uno mismo.

Sin embargo, según mis pesquisas, la martensfilia no busca el castigo o el sufrimiento, sino la primitiva brutalidad del acto heroico-sexual. El retifismo tiene, por pura necesidad psicológica, que distinguir entre marcas; y el uso de las concretísimas Dr. Martens en sus modelos de ocho, catorce o veinte agujeros permite el más refinado, sibarítico y deliciosamente británico de los placeres.

Que una mujer utilice botas tipo militar ya denota, en casi todos los casos, una sugestiva disposición a la entrega absoluta cuando se está en plena «jadehollante embocapluvia del orgumio». Pero que las botas sean precisamente estas, las Dr. Martens, aporta una voluptuosa nota de elegancia y vintage.

Debo reconocer que, a mis ojos, una mujer de proporciones modestas y de humilde belleza puede convertirse de pronto, sólo por tener enclaustrados sus pies por estas botas, en un súcubo desafiante y de férrea libídine. En una señora Sicalipsis o en algo próximo a La joven de la perla.

No hay estética sin ética y no hay Dr. Martens sin una apuesta por lo que la marca representa. Mi poliédrico hedonismo, que con toda seguridad es un rombicosidodecaedro tridisminuido, provoca que mi concupiscencia se despierte más ante los estímulos intelectuales que ante la simple carnosidad (lo cierto es que ya queda poco de perro en mí. He dejado atrás lo primario y quizá haya llegado a lo post-humano).

Necesito, por lo tanto, del adorno, ese brillante y conmovedor añadido a la mujer que nos permite conocer algo de ella a priori, sin correr el desagradable peligro de enamorarnos. Es evidente que las Martens son uno de mis preferidos. Además de simbolizar ese «no sé qué» que he intentado conceptualizar con todo lo escrito hasta aquí, no hay duda de que su cuidado, la forma de llevarlas, la altura, el color,…, todo nos da información preciosa sobre el carácter de la dueña.

(Qué atractivo tan rústico, tan a lo Calzaslargas -mi amor de infancia-.)

El hombre (¿o será el post-hombre?), a pesar de que los instintos más básicos puedan decir otra cosa, lo que busca es la identificación espiritual con la compañera de correrías. Determinados detalles, asociados por nuestra mente a esa aspiración, despiertan automáticamente la lascivia. A mí me ocurre con las Martens; tan cierto como que cruzarme con una fémina llevando unas es un acontecimiento lúbrico que me provoca un cosquilleo epidídimo y exaltación de la femineidad.

Epílogo: las filias sexuales pueden aparecer como patologías -preocupante- o como simples instrumentos de nuestra inteligencia sexual. Como mecanismo sexual, obedece en cada persona a causas diferentes, aunque existan algunos puntos en común porque el inconsciente es colectivo. Lo interesante y lo extraordinario es que no obedezcan a una vulgar representación de algo excitante -limitado a lo físico-, sino que sean verdaderos puentes conectores de pulsiones y caracteres.

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