Pierre Drieu La Rochelle divaga frente a su muerte

marzo 6, 2012 § 1 comentario

Al final pienso que tenía razón
-todo el absurdo tinglado del poder,
el cuchillo implacable de la inteligencia,
las sórdidas, políticas palabras,
los arañados proyectos imposibles-,
sí, tenía razón ese día. Me acuerdo bien
cuando pensé, echado junto a ella,
que lo único real era una buena puta,
una piel cálida, unos labios silenciosos, unas manos expertas,
en aquel burdel, cerca de Neuilly, al amanecer.
Por eso, porque creo que tenía razón, soy más culpable
-libros, declaraciones, ideas, lealtades,
el secreto de todo, el revés de la nada-,
cuánto tiempo perdido para llegar a esto,
para recordar, ya sin solución, sus largos muslos,
el sabor espeso de su boca, los rozados pezones.
Llegaba una luz gris sobre la cama,
sobre su culo memorable, inmóvil,
sí, tenía razón, aquella puta
cuyo nombre nunca supe o tal vez he olvidado,
el humo de un cigarrillo, eso es todo, yo tenía razón,
y si no la tenía, ¿qué importa ahora?

Poema de Juan Luis Panero en Los trucos de la muerte. Drieu La Rochelle (1893-1945) es uno de los olvidados de la literatura europea. Fue uno de los grandes novelistas franceses, hasta el punto de que algunos lo hemos comparado con Proust. Traigo este poema porque me han dado el aviso de que el enlace que había puesto a una web sobre su obra está roto y la página ha desaparecido; la verdad es que era un magnífico archivo en francés y probablemente el único que había más o menos completo sobre su persona. Desconozco las causas de la pérdida, pero he recordado los momentos tan agradables que he pasado con sus relatos y con sus novelas, especialmente con Burguesía soñadora y Gilles, y me he visto en la necesidad de rendirle un pequeño homenaje.

Hasta cierto punto con él ocurre lo mismo que con Céline, con la diferencia de que, aunque también se suicidó, fue colaboracionista y un pesimista de tomo y lomo, no ha labrado fama de maldito. Y sin malditismo no hay posteridad. No la labró porque no lo era: fue un simple artista, un escritor de factura excelente que optó por la república de Vichy como otra media Francia. Hace un par de años escribí un breve prólogo para Estado civil, dentro de la colección El Jardín Errante, en el que entre otras cosas decía que:

En la última carta que le escribió a su hermano Jean reconocía que «de no haber tenido estas tres o cuatro pequeñas enfermedades y el miedo a ser relegado a ciertos trabajos subalternos, me habría alistado en las Waffen SS». […] Sin embargo, era un fascista extraño. No dudó en proteger a judíos con la ocupación alemana y se defendía sin ambigüedad alguna. «No creo contradicción alguna en ello. Acaso la contradicción de los sentimientos individuales y de las ideas generales es el principio mismo de toda humanidad. Se es humano en la medida en que le hacemos trampas a nuestros dogmas». Se alejó mucho del «fascismo» ultraderechista, de Hitler y del primer Mussolini. […] En Exordio, documento preparado para la hipotética defensa ante un juzgado, declaraba ser un internacionalista, sendero ideologico por el que hacer ver su europeísmo aglutinante. Jamás cedió en un pensamiento que tuviera como propio. Sí, en cambio, avanzó. Al principio utilizaba el fascismo como forma occidental del socialismo (idea repetida en Ledesma, por ejemplo), y en sus últimos días, consciente de que el destino ya estaba trazado, se desentendió de la política (tras reconocer que el fracaso del fascismo por no haber podido devenir en verdadero socialismo) y se concentró en el ascetismo. Abrazó la mística para, ya en la nube, entrar a formar parte de «la cofradía de los suicidas», que, para él, «finalmente, es una noble cofradía». […] Su procedencia burguesa condicionó su producción, puesto que la lucha constante de su vida sería la de huir y liberarse, precisamente, de esos orígenes. Por ello parte de un desarraigo y busca de algún modo reestablecer los lazos con la comunidad. Estado civil es un audaz estudio del sentido de pertenencia al grupo. La maestría con que utiliza la psicología da crédito a un escrito híbrido; lo que tiene de relato, lo aporta también de ensayo.

No tiene la fuerza de Céline o Ezra Pound, pero sí la magistral destreza de Hamsun. Todos nazis, dirán. Bah, a un siglo vista, son palabrejas. La Acracia de las Letras no entiende de política. ¿Qué pasa con ellos? Pecan de sectarismo quienes quieren mandar sus libros a la hoguera por cómo pensaron o qué hicieron. Si de repudiar a pérfidos se tratara, si todo esto fuese de expulsar a los pecadores del paraíso, las estanterías de las librerías se quedarían con Chesterton y CS Lewis. Todos los demás han sido un hatajo de cabrones; si no lo hubiesen sido, no habría historia de la literatura. Drieu se limitó a escribir sus historias y, de vez en cuando, algunas cosas como La juventud europea o Socialismo fascista, papeles en los que rompe con la dinámica burguesa a la que él mismo pertenece pero también con el aburguesamiento de los demás fascistas franceses e italianos. Heterodoxo con ellos como antes con los surrealistas o con las revistas culturales de vanguardia.

Con su obra y sobre todo con él, con el Drieu persona, aprendemos la grandeza del yo. Vivió con intensidad y con conciencia de sí, abriendo un camino propio en el camino de las masas. Fue consciente de que estaba predeterminado e hizo suya la máxima nietzscheana del amor fati. Hasta el extremo de que, en términos shakespeareanos, fue «uno de esos hombres ante quienes la Naturaleza puede alzarse y decir: “¡He aquí un Hombre!”».

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