Viva la Pepa. Doscientos años de una oportunidad perdida

marzo 19, 2012 § Deja un comentario

La Constitución española de 1812 es el hito político más importante en el corral patrio desde la culminación de la Reconquista el 2 de enero de 1492. Ahora se cumplen doscientos años y casi no hemos avanzado nada. Allí estaban, representadas por las Juntas populares surgidas para suplir el poder desertor de los Borbones, las dos, las tres o las mil Españas. Lo admirable e irrepetible es que se pusieron de acuerdo.

Art. 2. La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.

Es como si hoy dijéramos «…ni puede ser patrimonio de ningún partido, empresa o sindicato». Eh. No fue fácil. Estaban en una ciudad sitiada por el enemigo francés y ocupada por el amigo inglés. El pueblo vivía en tensión. No coreaban eso de «que no, que no, que no nos representan…», aunque se perdieron privilegios importantes para algunas regiones.

Art. 339. Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno.

Es decir, que los fueros había que relegarlos a los anticuarios. Que ya estaba bien. Es como si hoy dijéramos «…sin excepción ni privilegio ni régimen foral ni pacto fiscal alguno». Vaya, que vengan de los unionistas (Navarra) o de los separatistas (Cataluña) o de la isla de los Faisanes, los chantajes se han acabado y aquí apoquinan todos por igual. Que para eso abolimos la esclavitud.

Ni siquiera las instituciones más sagradas conservarían sus privilegios. Se abolió la Santa Inquisición (que debió desaparecer -previa ejecución del cardenal Cisneros- tras la quema de libros de la Madraza de Granada en 1502), se suprimieron los diezmos (pero cada sesión del constituyente se abría con una Santa Misa), se puso fin a los gremios (¡libertad para trabajar!), desaparecieron los señoríos jurisdiccionales y los mayorazgos,… Y, para mí lo más importante, se dio libertad de imprenta.

Art. 371. Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones y responsabilidad que establezcan las leyes.

Todo encuadrado en una restricción de las prerrogativas de Su Majestad Católica. El artículo 172 es, en este sentido, una de las lecturas más deliciosas por todo lo que representa. La Constitución, ya prolija en todo su articulado, alcanza en éste cotas de minuciosidad que hacen las delicias de cualquiera que sea republicano. Sufre, Borbón, sufre, piensa uno a cada nuevo apartado.

Art. 172. Las restricciones de la autoridad del Rey son las siguientes: Primera. No puede el Rey impedir bajo ningún pretexto la celebración de las Cortes en las épocas y casos señalados por la Constitución, ni suspenderías ni disolverlas, ni en manera alguna embarazar sus sesiones y deliberaciones. Los que le aconsejasen o auxiliasen en cualquiera tentativa para estos actos, son declarados traidores, y serán perseguidos como tales. Segunda. No puede el Rey ausentarse del reino sin consentimiento de las Cortes; y silo hiciere se entiende que ha abdicado la corona. Tercera. No puede el Rey enajenar, ceder, renunciar o en cualquiera manera traspasar a otro la autoridad real, ni alguna de sus prerrogativas. Si por cualquiera causa quisiere abdicar el trono en el inmediato sucesor, no lo podrá hacer sin el consentimiento de las Cortes. Cuarta. No puede el Rey enajenar, ceder o permutar provincia, ciudad, villa o lugar, ni parte alguna, por pequeña que sea, del territorio español. Quinta. No puede el Rey hacer alianza ofensiva, ni tratado especial de comercio con ninguna potencia extranjera sin el consentimiento de las Cortes. Sexta. No puede tampoco obligarse por ningún tratado a dar subsidios a ninguna potencia extranjera sin el consentimiento de las Cortes. Séptima No puede el Rey ceder ni enajenar los bienes nacionales sin consentimiento de las Cortes. Octava. No puede el Rey imponer por sí directa ni indirectamente contribuciones, ni hacer pedidos bajo cualquier nombre o para cualquiera objeto que sea, sino que siempre los han de decretar las Cortes. Novena. No puede el Rey conceder privilegio exclusivo a persona ni corporación alguna. Décima. No puede el Rey tomar la propiedad de ningún particular ni corporación, ni turbarle en la posesión, uso y aprovechamiento de ella; y si en algún caso fuere necesario para un objeto de conocida utilidad común tomar la propiedad de un particular, no lo podrá hacer, sin que al mismo tiempo sea indemnizado, y se le dé el buen cambio a bien vista de hombres buenos. Undécima. No puede el Rey privar a ningún individuo de su libertad, ni imponerle por sí pena alguna. El secretario del Despacho que firme la orden, y el juez que la ejecute, serán responsables a la Nación, y castigados como reos de atentado contra la libertad individual. Sólo en el caso de que el bien y seguridad del Estado exijan el arresto de alguna persona, podrá el Rey expedir órdenes al efecto; pero con la condición de que dentro de cuarenta y ocho horas deberá hacerla entregar a disposición del tribunal o juez competente. Duodécima. El Rey antes de contraer matrimonio dará parte a las Cortes para obtener su consentimiento; y si no lo hiciere, entiéndase que abdica la corona.

Se ha inscrito la Constitución de 1812 en la historia de España como la del gran triunfo del liberalismo. Y es cierto, pero no lo es menos que fue un ejemplo de moderación y consenso entre los diputados; fue demasiado conservadora, pero era necesario. No sirvió de nada porque pronto los serviles reclamaron al cabrón del Deseado gritando aquello de «vivan las caenas». Bueno, no lo gritaban, pero casi. Son los mismos que hoy defienden el Estado del Bienestar. Después tendrán que tragarse al Rey Felón o una subida de impuestos o un recorte de las pensiones. Lo de siempre.

La Pepa no estuvo vigente, de facto, ni un puto día. Al promulgarla, lo importante era pegarle mamporrazos a los gabachos. Luego entró Fernando VII, que además de poner en venta la Nación en Bayona, abolió el texto y persiguió a sus partidarios. Y las dos veces que volvió a estar vigente (trienio liberal y 1836) no tuvo tiempo de implantarse. Si no hubiese sido así, si se hubiera aplicado desde un primer momento y el vendepatrias con toisón no hubiese traicionado a un pueblo que le había sido fiel, hoy seríamos una muy otra cosa. Por ejemplo, los procesos de emancipación de las provincias de ultramar habrían sido diferentes, porque habrían pasado a ser iguales de verdad, y no iguales pero bajo potestad del Rey, a cuya hacienda personal pasaban las rentas de esos territorios.

Art.10. El territorio español comprende en la Península con sus posesiones e islas adyacentes, Aragón, Asturias, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Cataluña, Córdoba, Extremadura, Galicia, Granada, Jaén, León, Molina, Murcia, Navarra, Provincias Vascongadas, Sevilla y Valencia, las islas Baleares y las Canarias con las demás posesiones de Africa. En la América septentrional, Nueva España, con la Nueva Galicia y península del Yucatán, Guatemala, provincias internas de Occidente, isla de Cuba, con las dos Floridas, la parte española de Santo Domingo, y la isla de Puerto Rico, con las demás adyacentes a éstas y el Continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nueva Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Plata, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas y las que dependen de su gobierno.

(Debo destacar una cosa. No se cita, como no se citó en ningún sitio hasta la aparición de Javier de Burgos, la región de Andalucía. Porque no existía. Si lo hacían, en cambio, las regiones o reinos de Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla.)

Quizá España conservaría alguno de sus territorios en los otros continentes, que aunque hoy estarían emancipadas lo habrían hecho de otra forma menos costosa e hiriente. Y desde luego no habríamos tenido tres guerras civiles en el siglo XIX, que no habrían desembocado en otra crudelísima en 1936 y… Política ficción que de nada sirve. Pero perdimos una oportunidad que Francia y los USA sí aprovecharon. Así les va. Y así nos va.

En cualquier caso, viva España, viva la libertad, abajo las caenas y muerte al invasor.

Vale.

***

EXTRAS:

Texto de la Constitución de 1812.

Episodios nacionales. Cádiz. Benito Pérez Galdós.

Cádiz 2012.

Especial en El Mundo.

Especial en Libertad Digital con artículos de García de Cortázar, Andrés Amorós, Amando de Miguel, José Raga y etcétera.

Especial en Cervantes Virtual.

Debates en libertad. La importancia de La Pepa.

Cartas de Juan Sintierra.De José María Blanco White.

Y el capítulo «Fernando VII: Tigrekán I» del libro Los nuestros, de Jiménez Losantos. He tenido que recuperarlo del caché de una güeb perdida.

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