Contemplación. Escenas de Semana Santa

abril 7, 2012 § Deja un comentario

1

Miércoles Santo en la Plaza Nueva de Granada. El Cristo del Consuelo se acerca a la Carrera del Darro con la calma de un crucificado agonizante. Enlazando marchas, un paso adelante y otro de retén, avanza un cuerpo blanco y sangrante iluminado por cuatro cirios rojos. La gitanería bulle alrededor, se lo llevan a su Monte Sacro. Recorrerá las Siete Cuestas a golpe de saetas y de hogueras. Valparaíso le espera. Detrás va su madre -la nuestra-, María Santísima del Sacromonte. Va en un altar de cobre y su ritmo es más rápido, quiere alcanzar a su hijo.

2

Un paso de orfebrería neobarroca baja la calle Varela camino de la Imperial de San Matías. El Cristo lleva la espalda castigada por los azotes y la flagelación. Su rostro lobuno -demasiado humano- expresa con gran viveza la Paciencia y el estoicismo ante un tormento que se ensaña en cada centímetro de su maltrecho cuerpo. A los cien metros va María Santísima de las Penas, Dolorosa espléndida, que se guarda el sufrimiento para sí misma. Intenta que no se note, pero las lágrimas en sus mejillas y la mirada al suelo dicen todo lo que ella calla.

3

La plaza de Santo Domingo aguarda desde hace una hora la llegada de Jesús de las Tres Caídas y la Virgen del Rosario. Va el primero con un lucimiento trianero tan bien construído y un andar tan virtuoso, que queda forzado y artificial. ¿Será cosa de ir a costal? Desentona y desprende sevillanía. La Virgen, sin embargo, se acerca a su Templo con paso gracioso. Entra en la plaza, una saeta. A medio camino, otra. Junto a la puerta, la última. En los ojos de cada uno de los que allí aguardan hay entrega  y fervor, llamas de amor filial. Tocan los sones de la Salve marinera y se despide del pueblo.

4

Tarde del Jueves Santo. La lluvia ha hecho que la Aurora, la Concha y la Estrella hayan decidido no salir y que los Salesianos hayan tenido que regresar rápidamente. En la iglesia de San Miguel Bajo y en el Monasterio de la Concepción (no sé si para la Estrella también) hay largas colas pasar poder ver a los Titulares. Como no han podido salir de procesión, la gente -a centenas- hace procesión ante ellas.

5

Jueves para Viernes. Vamos en busca del Cristo de la Misericordia, el del Silencio y la Obscuridad. Me dice un amigo que no comprende la Semana Santa, las imágenes transmiten sufrimiento y eso es mala publicidad para la religión. Ahí te tengo, nihilista. La religión llega al hombre porque es real, como la imaginería barroca; lo demás, el buenismo triunfante y las iluminaciones buenrollistas, son mentiras para escapar de este mundo. Los dolores del mundo, advocación mariana, son innegables. ¿Hay que evitarlos? ¡Sí! Pero también hay que aceptarlos porque son lo realmente existente.

Llegamos a San Pedro y San Pablo. Sólo cuatro cirios iluminan, en la iglesia convertida en gruta, la santa efigie del crucificado de José de Mora. Todo es real, está ocurriendo ante mí. Una oración se escapa entre mis labios, Pater noster, qui es in Caelis, sanctificetur nomen tuum

6

Van a dar las tres de la tarde, las tres en sombra de la tarde. El Campo del Príncipe alberga a todo el Realejo y a media Granada. Van en familia, con amigos o en solitario, ningún turista; allí hay desamparados, desgraciados, esperanzados,… Todos aguardan el segundo mágico frente a la cruz de alabastro del Cristo de los Favores. Junto a Él está la Soledad, traída en procesión desde Santo Domingo. Suena la trompeta. Ahora sí, la Muerte. Tocan campanas de duelo en todas las iglesias. Silencio y súplica, lágrima y oración. Se pide la concesión de Tres Favores. Recogimiento e introversión. Tras cinco rezos del Padrenuestro siguiendo las Cinco Llagas, la multitud se disuelve.

7

Cuatro de la tarde. La cofradía de los Ferroviarios retrasa su salida una hora para capear la lluvia que -aseguran- caerá entremedias. A las cinco (ahora sí, en sombra…), la Cruz de guía está en la puerta. Comienzan a desfilar los nazarenos y sale el Cristo de la Buena Muerte, una talla muy reciente (1989). La primera levantá la hace a pulso, casi al tambor. Como han logrado hacerse con el barrio, el pueblo está entregado. Poco después aparece Nuestra Señora del Amor y del Trabajo, y todo son aplausos. Pero, ay, a los pocos metros -cuando está junto a la estatua de Frascuelo- empieza a llover y tiene que dar media vuelta, no hará estación de penitencia. En ese instante empiezan los aplausos más intensos, los llantos más deconsolados, las maldiciones más piadosas y los piropos más rabiosos -¡guapa! ¡guapa! ¡guapa!-, escena conmovedora que me coge entre un grupo de costaleras que esperaban su turno. Son las que más lloran, no han podido llevar a su Madre.

8

He visto salir a los Escolapios -Cristo de la Expiración y María del Mayor Dolor- desde el final del puente romano. Verlos pasar por ahí, aparte la belleza, me recuerda a mi infancia. Antes había fuegos artificiales a su paso. Al irnos, me cruzo con un grupo de quinceañeras. Sólo oigo una frase, «a mí las procesiones no me gustan, me dan muy mal rollo». ¿Le darán «mal rollo» a las miles de personas que sí se detienen a contemplarlas?

9

¿Qué significa todo esto?

[Notas tomadas a lo largo de la semana. Imagen, el Cristo de los Gitanos al paso por la Gran Vïa (2012).]

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