La cursilería [David Torres]

abril 7, 2012 § Deja un comentario

El otro día fui de copas con unos amigos pero reculé ante un establecimiento adornado con un pomposo cartel que rezaba Enotaberna. Lo de vinoteca ya resulta bastante cretino pero eso de añadir un prefijo es todavía peor, como si al dueño el español se le quedara corto y tuviera que echar mano del griego. Tal vez lo de taberna le sonaba pobre y rancio, a lugar de perdición, a preludio del burdel, a antro decimonónico donde los borrachos fueran a beberse hasta el Mistol. El prefijo innecesario distingue entre unas copas y las otras, entre unos borrachos y los suyos, una coartada de elegancia con la que su abrevadero advierte que allí sólo se puede vomitar con denominación de origen.

Es muy triste que uno coja el idioma español, tan preciso y efectivo, y lo achate a base de ensamblarle memeces, sólo porque la palabra en cuestión le parezca poco elegante, ofensiva o pasada de moda. Esto de la cursilería no es una novedad, no la hemos importado con la tontería del gin tonic de fresa ni con esa majadería de llamar alta cocina al arte de darle título nobiliario a una tortilla. No, la cosa viene de lejos, al menos desde que Cela contaba que había visto a una señora estupenda en el autobús quejarse ante un señor que le había palpado el culo: «Oiga, no me acaricie usted el pompis». Cela sacó al académico andante que llevaba dentro: «Señora, si lo llama usted así, corre el riesgo de que no se lo toquen más».

Late en el español de a pie una desconfianza semántica instintiva, una especie de recelo pueblerino ante las palabras simples y viejas que no por nada suelen ser las más bellas y certeras. Es entonces cuando nos llenamos la boca de sufijos o pedimos prestado del inglés, que suena como más fino, para definir una reunión de negocios o proporcionarle una excusa psicológica al abusón de colegio de toda la vida. Es la mala costumbre de huir de las palabras de cuatro letras lo que ha llevado a tantos novelistas tiquismiquis a describir un acto sexual con el vocabulario y la sintaxis de un prospecto de farmacia, transformando un placentero coito en una ardua operación quirúrgica.

Hay que huir de la cursilería como de la peste porque si no te puede pasar eso que contaba el poeta Luis Felipe Comendador de uno que fue a por pan y volvió con colines. O como aquella señora que dijo en un concurso televisivo que ella era «técnica en manipulación de alimentos harinosos», y cuando Joaquín Prats le preguntó a qué demonios se dedicaba, confesó avergonzada: «Soy churrera».

[David Torres en El Mundo, 7.III.2012]

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