Los amores perdidos (9)

junio 9, 2012 § 1 comentario

He hablado de Blanca, pero hay otra más antigua. Tengo la sensación de que los nombres de mujer se repiten en mi vida con insolente frecuencia. A la que ahora me refiero la conocí cuando entramos en la edad de tener relaciones más o menos serias. Sobre los diecisiete años. Pensamos entonces que ya somos «mayores» y tenemos capacidad para internarnos en los vericuetos inescrutables del amor formal. Nuestras afinidades, empero, acababan donde la atracción física. ¡No nos conocíamos más que por referencias ajenas! Y sin embargo, quedamos unas cuantas veces y nos llevamos bien, siempre con el hipotético horizonte de que aquello cuajara. No lo hizo. Los motivos los desconozco. Simple dejadez, creo, debida a nuestras ganas de ser libres «un poquito más». Y hubiera funcionado, seguro. Después nos hemos encontrado, al cabo de los años, y nos hemos mirado con añoranza morbosa. Para entonces, ella ya se había echado a perder y yo ni tenía qué hacer ni quería. Supe así que nosotros habríamos acabado ahí, en una espiral de hipócrita superficialidad entre gentes de mala alcurnia, surferos depilados y mesalinas adolescentes con pintas underground.

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