Ditirambo boadellesco

junio 10, 2012 § 1 comentario

Los frikifachas (oh, lo que ha dicho) de Intereconomía han montado un programa que con cierta malicia podríamos rebautizar con el nombre de Doce tiarracas sin piedad. No es tanto: lo hacen bien. Me gustó la entrevista a García Serrano, aunque tenía más de entrevista-untamiento que de fusilamiento inquisitivo. Pudo ponerle las cinco rosas a José Antonio y alardear de macho ibérico. Se comprende, porque es de la casa. A Boadella lo han metido en berenjenales políticos que no suelen serles gratos a los que se dedican a otras cosas, pero que a los pepes de a pie nos gusta porque nos acercan a la persona que hay tras el personaje. Hay que recordar el campanazo de cierta entrevista en TV3 en la que Carlos Sobera demostraba ser, como lo definiría Walter García hace unos meses, «un buen español» a la vizcaína. Boadella habla desde la desolación de quien lo ha perdido todo en su tierra. Sus viajes por Catalunya se limitan, dice, a ir de la estación del AVE a su casa gerundense. Las iniciales «querencias tribales», similares a las de Josep Pla, acaban con el exilio práctico huyendo de la opresión del «catetismo provincial» y con una «derrota placentera» que acabó con él en Madrid, acogido por Esperanza Aguirre.

Lo excepcional de Boadella es que consigue hervir la sangre de todo moralista, de todo sectario ideológico. Lo hizo con la Iglesia, lo hizo con Franco, lo hace con la izquierda hegemónica. Los que antes lo encerraron en la cárcel y quisieron juzgarlo por lo militar, ahora -con otras caretas, pero siempre en el poder- se conjuran en un linchamiento (como el de Jiménez Losantos, pero sin secuestro y tiro en la pierna) para decretar su muerte civil. Y él no se calla. Lo denuncia como mejor sabe, por ejemplo, fusilando a un crítico de El País en El Nacional o en el libro Adiós Cataluña, tan parecido en sus pasajes belicosos a El linchamiento. Aunque de vez en cuando surja algún Krahe o algún Rubianes que con bastante mal gusto logre enervar a la otra mitad del corral ibérico, el público hoy «lo aguanta todo con cierta flema» y los lichamientos no alcanzan ni con mucho la gravedad de los que sufren quienes no comulgan con las instituciones y el establishment. A ver quién le ha dicho algo a Goytisolo por las guarradas que desparrama en sus libros que se asemejen algo a las que les dijeron a Boadella y a Dragó por la joint venture de Dios los cría…

Precisamente en ese libro nos topamos con un Boadella apolíneo en el trato cercano que sin embargo con un poco de visión general y perspectiva se nos presenta dionisíaco. Tras las cuestiones políticas, que cuando se amontonan son narcóticas (excepto con las sorpresas revolucionarias, como la afirmación de que dado el Estado de Derecho los sindicatos no deben existir), viene el artista enamorado del teatro en todo su sentido. El «altar sagrado de la vida» puede estar en las tablas del Canal, pero también en el albero de una plaza de toros. Creo que su pasión tauromáquica es el detalle que coloca definitivamente a Boadella en la nómina de personas… ¿Pre-modernas? ¿Antiguas? ¿Tradicionales? ¿Paganas? Esas personas que ven un montaje de Antoni Tápies y no lo entienden, porque «no podemos hacer un arte que esté por debajo de Altamira». El arte, dice, «es una cosa muy concreta y que tiende, sobre todo, a la emoción». Qué duda cabe de que su arte sí emociona. Es un creador consecuente con lo único importante, su propia creación.

Ahora los idiotas y los psicoterapeutas progres hablan mucho de risoterapia, en la cual se juntan diez o quince subnormales en una sala de la empresa y baten la mandíbula a carcajadas forzadas hasta que les duelen los músculos de la cara. Una de esas cosas en apariencia inocuas, pero peligrosas como una invasión de alienígenas genocidas. Maldito mundo aséptico y virtual. Acudir a Boadella es acercarse a uno de los últimos cómicos viscerales, donde la visceralidad no se refiere tanto a la acepción desagradable que nos quieren presentar los buenistas sino a la autenticidad y naturalidad. Quizá por eso no acepta las grabaciones de su teatro, como José Tomás prohíbe la retransmisión de sus corridas: hay que vivir las cosas de cuerpo presente, porque sólo así hay experiencia completa.

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§ Una respuesta a Ditirambo boadellesco

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