Norteña

junio 24, 2012 § 1 comentario

«Mi villa despiadada y beata».
Blas de Otero,
en un poema sobre Bilbao.

Suele pasarme que vuelvo de una de mis rutas grotescas por Euskalherria y tengo muchas cosas que contar. Aunque luego me reserve más de la mitad. A veces hablo en forma de poemas (Un placer asqueroso), otras de manifiesto (Gloria eterna a Pan) y otras de borrachera (mi gran curda del 2010). Pero esta vez no sé qué hacer. Ni siquiera tengo título, que es lo que me sobra siempre. Como Larra, lo habitual es que tenga sobre la mesa veinte o treinta folios con un título y un par de líneas garabateadas por si algún día se me ocurre desarrollar la deslumbrante idea que tuve al principio. Esta vez incluso he pensado en hacer un relato deconstruido, como el que se me ocurrió hace algún tiempo y que debe estar en A bote pronto. Pero qué coño. La literatura consiste en darle forma -en aportar estética- a alguna abstracción.

Entrar en Bilbao conlleva una de las sensaciones más desoladoras que puede sentir cualquier viajero. Uno pasa del paisaje montañoso y húmedo vascongado a, en pocos metros, encontrarse con una urbe hormigonada de carreteras que pasan a pocos metros del tercer piso de unos edificios más bien feos y envuelto en una suciedad grisácea y maloliente que hacen pensar en alguna ciudad dejada a medias en plena industrialización. En ese momento dudas de la cordura de Doctor Deseo. Pero cuando entras en faena y ya has pasado los doscientos radares que hay a la entrada (al menos tienen la decencia de pintar de fosforito la puta caja con la cámara y poner la velocidad con la que empiezan a navajearte a multas), ves que a un lado de no sé qué avenida hay un busto de Ramón de Bazterra y piensas, joder, que no puede ser tan malo. Eso si no lo conoces. Si has estado antes gozas con la mugrienta entrada porque sabes que todo irá a mejor conforme avanzas.

Y eso. Fue aparcar, darle un beso a mi hermana y coger el teléfono. Oye, que estoy aquí, que qué hacemos. Quedamos en el Ayuntamiento y nos vemos en un rato. Malditas las ganas que tenía yo de viajar a Norteña estos días. No porque esté bien en Granada, sino porque no me apetecía meterme otra vez y tan poco tiempo después de la última -corría noviembre, creo- en la tierra que hizo «mi vida despiadada y beata». Cuando se habla de Euskalherria parece que hay que repetir el mismo rollo político de ETA sí, ETA no, pero la realidad trasciende cualquier disquisición burocrátrica de ese tipo.

(Aprovecho para un excurso.

1.- Digo «Euskalherria» porque creo en la existencia de esa entidad cultural y lo empleo como representación política del Laurak bat, las cuatro provincias. Cuando viví allí, no me costó mucho percibir cuál es el principal rasgo identitario que funcionaba como amalgama para la hispanovasquidad -desconozco la francovasquidad, el Iparralde-: la mezcla curiosa y llamativa de café y pintxo de tortilla. Mezcla que no hace más que confirmar la españolidad de las provincias con un vicio que Alfonso XIII llevó a la gloria con aquel grito excelso de «¡españoles, a mojar!» en plena corte inglesa. Que Navarra sea hoy una provincia independiente -o que tenga separadas las tres provincias que históricamente le pertenecen- responde sólo a su catálogo de traiciones y prostitución presupuestaria. Pero insisto, el revuelto es exclusivamente vasconavarro. Euskalherria es un café con leche y una tortilla de patatas. Y el estómago -lo gastronómico- es, ay amigos, el centro de toda cultura. Conque, amigas navarras, y aunque os joda, ¡todas vascas!

2.- Al hablar de esa realidad que trasciende lo político-militar me refiero a una realidad sociológica de la que sólo podemos atisbar algunas de las causas, como el moralismo que destila toda acción terrorista de corte marxista. En otras palabras, «aquí no hay quien pille, ligatu nahi degu». Y eso en una ciudad como Iruña, intoxicada por el virus calvinista de la Unav, puede volverse insoportable.)

Por suerte, tenía allí a un par de amigos que nada tienen que ver con la esquizofrenia moral que viví en Iruña. Ellos eran parte de la resistencia, esa que se reunía cada mediodía en el mismo antro a beber cerveza hasta que se hacía lo suficientemente tarde como para dormir lo justo y empezar un nuevo día. Obligado a ir a Bilbao, esperaba algo muy concreto, tan preciso como ver de nuevo a la compañera de piso de mi hermana -sus ojos y su culo, más que otra cosa- y a delectarme con su acento gallego. No es extraño que la poesía culta medioeval se escribiera en gallego, porque su sonoridad es voluptuosa como la risa pícara de una quinceañera. Lástima que V. ya hubiera acabado sus exámenes y no estuviera. Su juego erótico es muy estimulante, aunque podría decir, como Ezra Pound, que «hasta en mis sueños te me has negado / y sólo me has enviado a tus doncellas». Lo cual tiene sentido, porque según mi amigo I. -carlista de caserío, caballo y fusil- todos los etarras son inmigrantes gallegos. Por lo del moralismo y el aquí no folla nadie, digo. Él ponía siempre el ejemplo de Otegi, apellido con pocas dudas, pero hoy se cumplen no sé cuántos años del atentado de Hipercor y uno de los autores, Rafael Caride Simón,… Bueno, pues qué pinta un gallego en ETA, se pregunta la víctima.

Así que tuve que emplearme con esos dos amigos en ir cerrando bares por el casco. Uno, dos, tres; horas de divagación etílica. «Y la ría en silencio susurra pecados». Tocamos todos los palos, bendita amistad. Poesía, periodismo, ETA, política, sexualidad, drogas, la vida, trabajo, dinero y todo lo que se pusiera a tiro. Al llegar a casa mi hermana estaba durmiendo y pude cogerle el móvil para ver las conversaciones con V. Y sincronía: acababa de enviarle una foto desde su puto pazo gallego en la que enseñaba el cuello, morado por el chupetón que le había hecho la noche anterior algún mejillón con patas. Ay.

A la mañana, como no me quedaban más que cinco o seis horas, me dediqué a patear la ciudad. Sólo así se logra entrar en el «viento divino» (¿era así?) de un burgo, pues cada uno lo tiene diferente y se distingue por sus dioses, sus genios, su dinámica, su técnica y su miseria mística. De un cabo al otro del casco, la Gran Vía, Indautxu, Moyúa, la ría y san Mamés. Cundió, a pesar de la resaca. Dentro de la vida cultural (mucha de ella forzada, como la exposición sobre el irrelevante Alfredo Espinosa en la que sólo se podía decir que fue consejero de sanidad vasco unos meses en 1936), una de las cosas que más me atraen de Bilbao es su oferta de librerías. Recuento rápido: Casa del Libro, Elkar, local independiente con la del El Corte Inglés y Fnac. Hay otras menos famosas y más de barrio, pero con esas cuatro puede nutrirse de libros cualquiera. Cerca de la plaza de Unamuno, junto a la casa donde vivió el polígrafo bilbaíno, está una de ellas. Entré como quien entra en una exposición, para ver portadas y recrearme con los autores y los títulos. Pero me llevé una sorpresa: Escrito con la lengua de Roger Wolfe, editado en mayo de este año. Evohé! Sabía que estaban en trámite sus memorias -así lo anunció Dragó en la «Tertulia de los sabios» y fue aplaudido por mi tocayo De Cuenca-, pero no que ya hubiera un nuevo ensayo en aforismos.

A Roger Wolfe lo descubrí gracias a una entrevista en Las noches blancas y desde entonces soy un incondicional de su poesía. ¿Quieren malditos? Él es uno. De los españoles, Panero aburre (sí, porque pierde la lucidez psicopatológica). Bukowski y Miller han muerto y han perdido el sentido. Cioran y Céline los hemos leído cien veces, pero son bárbaros. Cuando lees a un maldito -vivo- en tu lengua sientes un cosquilleo en el escroto, porque lo entiendes más que a cualquier otro de fuera. Así que imagínense la repentina exaltación de las letras íberas cuando vi el libro. Leer, por ejemplo, «sólo el que lo ha perdido todo puede respirar tranquilo». Uf. Lo compré, salí y, con él en la mano, incliné la cerviz ante la casa de Unamuno mientras le decía «tú, cabrón que pudiste, nunca te saliste de madre». Me oiría en el Almario, digo yo.

Los escritores que me resultan más sugestivos, a los que más atiendo, son aquellos que bailan con la muerte como con una camarada más. No es que la muerte no sea el final, porque lo es, claro que lo es, ningún tarado piensa lo contrario por más que se consagre a Dios y a la Patria, sino que precisamente por ser el apagón definitivo tiene que ser la puta que más veces te cepilles. Cioran y Céline, Wolfe y pocos más. O decandentes irredentos como Bukowski -rebozados en mierda- o Panero. No se diferencian mucho de San Jerónimo, en cuyo honor pintó Durero una serie de grabados que tengo en mi dormitorio (están explicados en La Comuna). Mi hermana lo sabe y también sabía que me estaba poniendo unas trabas injustas con lo de V., como siempre. Nunca me ha dejado rondar a sus amigas, me cree mala influencia o algo parecido. Ya ves, a estas alturas, una mala influencia. Como si no hubiesen existido las series de Telecinco y Antena 3. Quizá se arrepentía o quizá su inconsciencia le hace actuar en orden al caos, no lo sé, pero me tenía preparada una calavera como regalo. La que había utilizado durante el curso para alguna asignatura de esas que sirven para amargar la vida a los enfermos. ¡Una calavera real! Al fin. Recuerdos de Sebastian Horsley en su apartamento del Soho londinense. Un sombrero de copa, un cráneo, una vela. El regreso de san Jerónimo, el baile con la muerte, una escena shakesperiana, la seducción de las tinieblas, el escabroso espectáculo de la decadencia del cuerpo. Ahí lo tengo, sobre el epistolario de Ángel Ganivet, el otro gran suicida del XIX español.

Dejamos Bilbao con la tranquilidad de un viaje rápido pero suficiente para calmar mis ansias de vasquismo. Aún me quedaba Pamplona, pero sabía que sería diferente. Me gusta Bilbao porque es la típica ciudad vasca, sin el pijerío de Donosti, la idiotez congénita e infecta de Pamplona y sin la rareza de Vitoria. Huele a Unamuno y con eso basta. Cogemos el coche a pocos metros de la estatua de Aguirre -lehendakari de 1936 a 1937- y cuando llegamos a Pamplona lo primero que hago, tras los saludos protocolarios a la familia, es ir derecho al Café Iruña. Allí diseñaron la ikurriña los hermanos Arana, en uno de sus delirios religiosos. Saludé a M., el camarero, saludé a Hemingway, apoyado en la barra, y me largué de ese residuo de la ciudad rancia y apolillada. En otro tiempo me hubiera tomado un pacharán o un gin-tonic. Ese día y a esa hora, seis de la tarde de un viernes, no me apetecía rodearme de verjestorios apurando tilas y manzanillas.

-J., que estoy en Pamplona. ¿Nos echamos algo?

-¡Luis, qué sorpresa! Estoy en lo viejo en media hora.

Fue instintivo. Quizá una reacción defensiva, porque lo que de verdad quería era llamar a las cinco o seis amigas que me quedan por allí. Por si caía alguna. Por recordar viejos tiempos. Por desquitarme de la frustración que me había causado la ausencia de V. Yo creía que iba a estar ahí, mi hermana me había dejado a entender que iba a estar ahí. Sic transit, hemos cambiado de ciudad. ¡Y miento! Lo cierto es que sí había llamado a una amiga, pero Z. no podía hasta por la noche. Así que con cierto deseo -lo juro- de que no tuviese que verla, porque me suele desestabilizar psicológicamente para varios meses, había llamado a J. Sí, eso fue. Hambre con ganas de comer: tenía que ver a J. porque ¡me había perdido su boda! y la conversación con él es sugestiva y evocadora como pocas, y buscaba excusas para rehuir a Z.

Pasamos la tarde y las primeras horas de la noche brindando cervezas, fumando en la puerta de los bares y destripando cuerpos sociales. Recuerdo algo de Knut Hamsun. Le regalé el libro de Wolfe y hace un par de día descubrí que entre otros derribos se ríe de Hamsun. Que vaya mierda, qué decepción y qué ridículo malditismo. J. decía que le gustaba más Pan, yo que Hambre. Lo que sea: no estamos de acuerdo con Wolfe. En fin, un buen rato de esos que es difícil describir porque estás bien y punto. Cuando se fueron, iba con su mujer, saqué el teléfono y empecé a marcar. Dudaba. Tenía que ver a Z., no podía evitarlo. Es una necesidad que nace de lo más profundo y vibrante de mi estómago. Lo que no tenía claro era para qué, estaba entre dos tierras: o quemar las naves y lanzarme en doble salto sin red a la conquista de su corazón marchito, o pedirle perdón por todas las gilipolleces que he hecho para con ella en los últimos tres años. Estaría bien que Z. me pidiera perdón a mí, que fuera recíproco, pero no tengo ganas de exigir nada.

¡«Quemar las naves y lanzarme en doble salto sin red a la conquista de su corazón marchito»! ¡Pero qué digo? No mentiré, tiene mi pensamiento secuestrado desde hace tiempo. De mis dos carceleras, Z. es a la que menos veo y, sin embargo, de la que más difícil se me hace escapar. No tiene ningún sentido, nos vemos una vez al semestre, retozamos un poco y hasta la siguiente; no usamos el teléfono ni las redes sociales ni el correo ni palomas mensajeras. Pero ahí está. Y como estoy intentando arreglar las conexiones electromagnéticas de mi maltrecho cuerpo, pensé que tenía que darle una solución final a todo ese desastre. Provocar un cortocircuito o arrancar los cables, pero una solución. El problema llegó cuando descolgó el teléfono. «No puedo esta noche, espero que sea mañana». Yo me voy mañana, tortura querida. «Te llamo a primera hora». Pues me he quedado sin plan. Excusas, problemas, excusas, problemas; no cambia. Así que marqué otro número, sin respuesta. Y otro, sin respuesta. Y otro, que estaba en Londres. Qué soledad tan espantosa, qué abandono tan terrible. ¿Tan mal lo había hecho? Empecé a replantearme las cosas, como si mi repentina falta de planes para esa noche respondiera, por justicia poética, a las idioteces de hace años. Joder, que yo sólo quería ver a Z. y decirle que era suyo o que me perdonara. Aunque lo de pedir perdón tenía más pinta de ser una jugada de psicología inversa que una muestra sincera de mi voluntad de cambio.

La noche se iba a tomar por culo. Volví arrastrando los pies a casa de mi hermana. Yo he recorrido esas calles gateando, andando dormido como un zombi con piloto automático y hasta me han llevado en volandas. Y volvía cabizbajo. Un mensaje al móvil. Malditos impresentables, cobardes de la peor estofa. No tienen cojones a dar la cara ni la voz, tienen que recurrir a la técnica impersonal y aséptica para decir las cosas. Es EM., otra hetaira de mi harén fantástico. «Me han dicho que estás en Pamplona. Muy fuerte que no avisaras. Te perdono si quedamos». A las que llamo no contestan y a las que -intencionadamente, huyendo del peligroso veneno del cariño- no les digo nada, acuden como buitres a por mis desechos. Ahora estoy leyendo a Leticia Bergé y me acuerdo de todo eso.

A la noche los acomplejados salen.
A la noche los marginado
buscan callejuelas oscuras.
Es en la noche cuando el mendigo
anda con la cabeza muy alta
y las ratas callejeras
asoman a la avenida muerta.
A la noche los asesinos, las sombras muertas.
A la noche los gatos, las alarmas,
una fila de farolas interrumpidas
por una rota.
A la noche, a la noche
que cuelga de una luna desatorillada.

(Leticia Bergé, Dame tu llave, «A la noche»)

No le iba a dar a EM. la oportunidad de perdonarme. Pasé de ella como de una lata de cerveza, «que te la bebes y al final / le das patadas sin pensar / que me desquicias la cabeza». Yo quería (ver) a Z. y, ya que eso no iba a poder ser, sólo pensaba en la cama, o en el colchón tirado en el suelo de una sala de estar que haría sus veces. Mejor esconderme en el refugio inexpugnable de las sábanas y perderme en la cueva de los sueños. Pasé por la puerta de una discoteca, rediós qué asco. Parecía un parque de infancia o un bar en plena ley seca. Fuera, nadie por la calle, sólo algún grupillo con apuntes debajo del brazo y cara de flexo. Cerca de la casa de mi hermana, cuando la templada resignación -virtud epicúrea- había sustituído a la sangre hirviente de mi cuerpo, oigo mi nombre. O mi apellido, no estoy seguro. Levanto la mirada y, tachán, dos amigas a las que no había llamado por olvido. «¿Qué haces aquí? ¡Qué sorpresa!». Sí. Iban a lo viejo a tomar algo. Mi salvación. «¿Te vienes?». Claro, pero tengo que pasar por el piso. Hank Moody se equivocaba: Dios me ama. Haya dios personal o no, creo en un Anima Mundi o cosa semejante casi en exclusiva por estas cosas, estas casualidades. Es revelador que al llegar a casa de mi hermana, sus compañeras me miraran extrañadas. Pero qué haces aquí tan pronto, tú, oh, que nos tienes acostumbradas a dormir fuera cuando nos visitas. Tengo una reputación, saben. Como sólo iba a por las llaves, todo quedó como estaba y mi sombra no tiene mácula alguna.

Y otra vez a lo viejo. Iruñea es una de las ciudades en las que más ando. Sus distancias son las justas para que no compense coger un autobús, pero las suficientes para agotarte. Aquel día, en el que me había pateado Bilbao, viajado y pateado Pamplona, estaba cansado. Pero todo fuera por… Por lo que fuera. Además, iba acompañado por dos niñas que, a su manera, siempre me han resultado sugestivas. Son bellezas ocultas, rutinarias, caseras. Y muy capaces de hacer, con su llaneza complicada, que una noche valga la pena. Recogimos a otra amiga y nos metimos en un bar. Luego fuimos a una terraza y, me cago en la puta, ¡allí estaba A., con una beldad a su lado! Yo lo hacía en Madrid, más o menos. Si no, le habría llamado. Hacía un tiempo que no nos veíamos y él -entre otros- hizo soportable mi último año en esa aldea, tengo mucho que agradecerle. Nos pusimos al corriente, proyectamos nuevas utopías y me presentó a la que resultó ser su novia. Intenté guiñarle el ojo un par de veces, pero el cabrón no se despistó ni un segundo. Amigos egoístas… Al rato apareció la turgente E., que no me había cogido el teléfono antes, paseando con su flamante escudero. Valiente pringao. Otra vez la monserga del qué sorpresa, no te esperaba, qué haces aquí, ¿ese era tu número?, qué agobio de exámenes y bla bla bla. Mucho bla bla bla. Mujeres alfa con las que prácticamente has convivido logrando algo próximo a la amistad y que, al no perdonarte tus instintos sexuales, quieren aplacarlos y vengarse quitándote las ganas con parloteo absurdo e infantil. Beatitud despiadada, creo. Se fue enseguida.

Nos habíamos juntado unos cuantos y había conseguido ver a casi todos los que me quedaban allí. Hicimos un viacrucis por varios antros, hasta que le robaron la cartera a una del grupo. No le sentó muy bien -su primera vez- y los demás se solidarizaron con ella como buenos moralistas del infierno. Todo parecía acabarse otra vez. Eran las cuatro, que ya estaba bien, pero me sabía a poco. Quería beber hasta volver, como antaño, gateando a casa. Perder el sentido de la orientación, el vómito diario. Todo aquel orden perfecto, el aire viciado de la corrección y la pulcritud nepésica me empujaban a querer abandonar la realidad. Lo he visto en decenas de casos. Gente que en otras ciudades y ambientes se habrían comportado con normalidad, como unos cualquiera, alcanzan allí -en respuesta a la esquizofrenia moral- la animalidad más bruta y decadente. Eso es Pamplona y esa es su tragedia y su virtud.

Me había prometido no caer en la tentación y pasar de EM., como una forma de castigarme a mí mismo por no haber hecho bien lo de Z., por no haber conseguido verla y hacerle un homenaje. Pero llega un punto de la noche en que todo te importa poco más que una mierda y lo único que quieres es actuar con rabia, deshaciéndote de los restos de humanidad que aún tienes pegada a la piel. EM. estaba cerca de su casa y nos encontraríamos en su portal. Qué obscena facilidad, qué antierótico. Qué más daba. Cuánto tiempo, ya me extrañaba a mí, otra vez así, qué te creías, soy irresistible eh. Lo típico que sólo produce deseos de ponerle una mordaza y escupirle en la cara con alguna canción de Judas Priest como banda sonora. Quería rendirme en esa absurda batalla que cada uno tiene consigo mismo. Seguir cavando en el hoyo.

No pude. En cuanto se fue al baño a hacer sus abluciones rituales cogí la botella de Johnnie Walker que había sacado para echarnos una copa y salí corriendo. Supongo que oyó la puerta y se lo imaginó. Conoce mi guerra interna. O que llegó a la sala de estar y maldijo mi nombre en siete idiomas. Quién sabe, no hemos hablado después. Sólo espero que no se compadeciera. Yo sé que llegué por fin a casa -la de mi hermana, ubi bene ibi patria-, saqué un vaso con hielo, puse un sillón frente a la ventana, acerqué un cecinero y me apliqué a bajar el nivel de whisky hasta que no pude más. Jodido mejunge con sabor a madera quemada. Daba un trago y pensaba en Z., soy idiota. Otro trago y qué hago aquí. Otro y seguro que está jugando conmigo. Otro y por qué no me atreví entonces. Otro y qué sentido tiene ahora. Otro y por qué me torturo así. Otro y qué bien habría estado si… Etcétera. Al final llegué al colchón gateando, aunque sólo fuera por el pasillo.

Por la mañana me escribió para decirme que tampoco podía entonces, que si me quedaba a comer sí. Fui amable. Tenía la cabeza atrofiada y no quería pensar insultos destructores. Abandoné Pamplona como se sale de un bar mugriento a las siete de la mañana, con la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero, pero sabiendo que la alternativa -dormir- era aún más triste. Supongo que allí no tuve una vida despiadada ni beata. Sólo una mentira digna del mejor teatro decimonónico.

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