Hijos ahumados [F. J. Irazoki]

agosto 12, 2012 § Deja un comentario

 

 Soy de esos vascos a los que, en su infancia, el cuartel de la Guardia Civil no les infundía miedo sino pena. Estaba lleno de hombres adustos y domésticos que llegaban a pie a los caseríos y, envueltos en sus capas, nos pedían una firma que probaba el cumplimiento de la ronda de vigilancia. Se adentraban confiados en nuestras viviendas, depositaban los pistolones, desceñían correas e iniciábamos la charla. En invierno, delante de la lumbre, mi madre les ofrecía café humeante y, si era fiesta, algún dulce. En verano, los invitábamos a arrancar los frutos de los árboles. Avanzaban lentamente bajo un sol que castigaba la sumisión al uniforme grueso. A mí me gustaba imaginarlos ladrones de cerezas.

Asistíamos a la fiesta anual del cuartel y estrené mi tristeza en el patio de lajas sombrías. Qué olor a coliflores hervidas en lejía. Sólo la música mala anima a emborracharse, pero aquella era de tan pésimo gusto que paralizaba los labios sedientos.

Crecimos, y no olvidaré la oscuridad veloz de los inviernos. Subíamos del colegio guiados por el lenguaje de las linternas de los contrabandistas. Mi padre halló, escondidos en un almiar de helecho, varios frascos de perfume francés y ni se atrevió a tocarlos por miedo al lujo excesivo. Sospechábamos que los matuteros y guardias compartían, por turnos caballerosamente respetados, el uso nocturno de una borda cercana al caserío. Algunas mañanas examiné el camastro de heno e intenté separar las huellas fragantes del contrabandista de café y los rastros severos del perseguidor.

En la adolescencia, los poemas de Blas de Otero y César Vallejo me condujeron a los textos de Karl Marx. Mostré aquellos libros secretos a los guardias que calentaban el desayuno en la cocina de mi casa. Cómo desconfiar de unos hombres cuyo deje andaluz o sequedad extremeña añadía acentos tan gratos al diálogo.

Después el ambiente se enturbió. En el entusiasmo de la transición política de los años setenta, unos cobardes dijeron que íbamos a transformar el mundo, y para ello únicamente hicieron el esfuerzo íntimo de cambiar la orientación de sus zarpas. Señalaron con inquina a los guardias. Éstos reaccionaron con zafiedad. Fui retenido en un control ordinario. Borrachos, me amenazaron y se rieron de mí.

Desde entonces, caminé con el presentimiento de ser odiado por los árboles anochecidos.

[Francisco Javier Irazoki, Los hombres intermitentes (Hiperión, 2006)]

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