Ronda a La joven de la perla, de Vermeer

agosto 14, 2012 § 2 comentarios

Y llegaron los ángeles fríos, / estandartes de la nada.
Ezra Pound

El santo patrón de los escritores, el místico Francisco de Sales, escribió en 1608 un libreto titulado Introduction à la vie dévote que gozó pronto de gran difusión. En 1618 ya circulaba la primera traducción «en romance castellano», obra de Fernández de Eyzaguirre, pero tan poco satisfizo a algunos que pronto encargaron una nueva a Francisco de Quevedo, publicada en 1634. En ella descubre Raimundo Lida «signos de la prisa y el descuido», quizá excusables porque en ese mismo año estaba entregado a la terminación de La cuna y la sepultura, De los remedios de cualquier fortuna, Epicteto, Virtud militante, Las cuatro fantasmas (segunda parte de Política de Dios), Visita y anatomía de la cabeza del cardenal Richelieu o la Carta al Serenísimo Luis XIII. No hemos podido acceder -y no saben cuánto lo lamentamos- a una edición completa de esa traducción quevedesca, así que tendremos que conformarnos con una reciente, sin traductor conocido, para extraer un párrafo que nos interesa:

Siempre las señoras, así en los tiempos antiguos como ahora, han tenido la costumbre de colgar perlas en sus orejas, por el placer, dice Plinio, de oír el ruido que hacen al chocar unas contra otras. Mas yo que sé que el gran amigo de Dios, Isaac, envió unos pendientes, como primeras arras de su amor, a Rebeca, creo que este adorno místico significa que la primera cosa que un marido ha de poseer de su esposa y que ésta ha de guardar fielmente, es el oído, para que no pueda entrar por él otro lenguaje ni ruido alguno que el dulce y amigable rumor de las palabras honestas y castas, que son las perlas orientales del Evangelio, pues nunca hemos de olvidar que las almas reciben el veneno por el oído, como el cuerpo lo recibe por la boca.

[Introducción a la vida devota, Tercera parte, cap. XXXVIII, «Aviso para los casados»]

Aunque la traducción holandesa aparece en 1616, no es seguro que Jan Vermeer conociera la obra y mucho menos que pensara en este párrafo al pintar La joven de la perla (1665-67). Relacionar los pensamientos del de Sales con los trazos del de Deft es una idea de Eddy de JonghPearls of virtue and pearls of vice», en la revista Simiolus: Netherlands Quarterly for the History of Art, Vol. 8, No. 2 (1975-1976), pp. 69-97] seguida por Norbert Schneider en el célebre Vermeer de la editorial Taschen*. A nosotros nos gusta la interpretación, así como la agudeza del título -¡perlas de virtud y perlas de vicio!-, pero también somos conscientes de que De Jongh se refería en ese artículo a dos cuadros que poco tienen que ver con La joven de la perla: Lady Digby como Prudencia, de Van Dyck, y Alegoría de la fe, de Vermeer.

La intuición de Eddy de Jongh va más allá de lo que él mismo previó, porque no hay nada tan seductor como el pudor. La veladura de inocencia en los ojos de la joven esconde la luminosidad carmesí de los labios y la libidinosa perla de su oreja. Los labios son una evocación fatal a la lascivia, a la tierna humedad de la eléctrica concupiscencia, y la perla -punto focal del cuadro- deja de ser un apéndice nacarino y se constituye en prolongación erógena de la oreja ejerciendo de péndulo erótico al acariciar su cuello, triangulando así una femeneidad que atrapa la mirada y la mantiene deambulando por el rostro porcelanoso.

Las jarras de vino son un elemento habitual en Vermeer (Joven durmiendo, Caballero y dama tomando vino, La clase de música, La muchacha con el vaso de vino e incluso En casa de la alcahueta, La clase de música interrumpida y -con menos claridad- El soldado y la muchacha sonriendo), utilizado siempre como elemento de seducción por galanes, correveidiles y bribones. Sin embargo, en La joven de la perla, la composición vermeeriana que más sensualidad irradia, no aparece el vino por ninguna parte porque es el mismo rostro el que se ha convertido en el recipiente de ese poculum amatorium que rebosa por sus labios. Ella contiene, en su inmensidad crepuscular y por medio de una transubstanciación báquica, el venenum que cautiva y encadena a quien lo prueba. Esa sensación de aprisionamiento puede conducir a una primera reacción de negación freudiana del éxtasis artístico, a una reducción del hecho pictórico a la plasticidad de la pincelada y a una cancelación de los caminos pasionales de la obra genial.

Se ha trabajado mucho en intentar descubrir quién era realmente la retratada en el tronie. Para reforzar la evocación bíblica a la vida de Rebeca, se ha apuntado a la primera hija del genio, María Vermeer (1654- post. 1713). La única razón que se aporta es que la edad de la niña en ese momento coincide con la del cuadro. También se ha hablado de la hija de su mecenas principal, Pieter van Ruijven. Magdalena van Ruijven (1655-1682), que además de heredar las del padre compró por sí misma y con su marido algunas obras de Vermeer. Parece que La joven de la perla fue adquirida directamente por Van Ruijven padre, probablemente como encargo personal; pero no se descarta que fuera a parar directamente a las manos de Magdalena, ya que entró en la subasta que hizo su viudo en 1696. Una última teoría, sugestiva pero de ficción -apoyada en la novela de Tracy Chevalier (1999) y la película de Peter Webber (2003)-, es la que atribuye  el rostro a Griet, una criada de la casa con la que habría mantenido una relación más contemplativa que física.

Hay algo enigmático en la mueca leonardina de su boca. Algo que disuelve toda esperanza y que inocula un deseo de ver estallar el rostro en mil pedazos mayólicos, en un despedazamiento atómico que devuelva la libertad carnal al espectador. La primera mirada es la última: no es posible dejar de contemplar. No nos introducimos en la escena, ni hay sitio ni la frialdad lozana de la joven nos lo permite, pero nosotros queremos más. Gracias al arte de homenaje, esta vez por mano de Ángeles Agrela, hemos podido abrir el rostro y comprobar su ser sangrante. No hay más introspección posible, las barreras nos detienen en lo físico sin que podamos rebasarlas y adentrarnos en su mente.

Esta comprensión de la vitalidad -de la realidad sanguinolenta- del objeto nos conduce a un intento de racionalizarlo con su introducción en los parámetros sociales del contemplador. Para eso necesitamos divagar sobre la identidad de la joven, negociando con las tres opciones que nos presenta la crítica moderna. Los fenómenos del cuadro no podemos atribuírselos a la imaginación de Vermeer de Delft, porque si hacemos caso a Dalí «en la historia de la mirada sus ojos dan el ejemplo de la mayor probidad», conservando «intacto el objeto con una inspiración cabalmente fotográfica» (¿Por qué se ataca a La Gioconda?, Ed. Siruela – 1994). Él trabaja como una cámara estenopeica animada que recoge lo que ve y le aporta esos colores tan puros -tan místicos como una vida de devoción- que intentarán Zurbarán en 1640 en una de las versiones de Santa Casilda y Michiel Sweerts en 1656 en Muchacho con turbante.

Extraerla de la oscuridad de su momento y colocarla en la cotidianidad de hoy es lo que hacen pintores modernos como Dorothee Golz, sin llegar sin embargo a la fuerza embaucadora de Vermeer.

¿Qué le pasa a esta joven? ¿Qué ha desaparecido? No puede ser sólo la hipnosis alquímica del ámbar, el lapislázuli y el carmesí. Tiene que haber algo en la chica, algo que va más allá de la forma. La negación de su corporeidad no lleva a nada y la ira contra su simbología, en una deconstrucción cirujana, da en un estudio anatómico vulgar. Apostamos por descartar a María Vermeer, a pesar de la referencia bíblica. Si lo fuera, ¿por qué va el cuadro directo a las manos de Van Ruijven? Eso sólo sería explicable con una obsesión de Pieter o de Magdalena, que Vermeer no alentaría con su pincel. Es aquí donde interviene la ficción de Chevalier y Webber, con la criada Griet. No sólo el joven Johannes estaba enamorado -de alguna manera, con cierta indefinición; conviene decir mejor que estaba intrigado con su belleza-, es Pieter quien encarga la pieza. Pero adolece de tal falta de rastro historiográfico y ha sido rebatida por tantos que no vale la pena entrar. Y queda Magdalena, con nombre tan sicalíptico que desde el primer instante se postula como el de la inequívoca protagonista de nuestras pesquisas. ¡Magdalena de Valois, de Suecia, de Goebbels, de Palestina! La pintura podría un acto de exaltación burguesa de las virtudes de la hija del mecenas o la cima táctil de una seducción prohibida.

Y sin embargo la historia de la criada y su caracterización por la voluptuosidad gloriosa de Scarlett Johansson**, precisamente por estar materializada en una nueva forma de arte, la película, adquiere entidad de verdad histórica. Si es cierto que una obra de arte no se termina, se abandona (ya lo advertía Dalí -y según Juan Adriansens, Dominique Ingres-, «no temáis a la perfección, jamás la alcanzaréis»), también lo es que la creación de un artista puede ser seguida, completada y complementada por otros. La actuación de Johansson roza de tal manera la perfección que oscila entre la ménade dionisíaca y el súcubo de Nabokov, pudiendo así, con esa atemporalidad óntica, afectar de manera retroactiva a la historia del tronie de Vermeer. Aderezada por el estupendo juego perverso de los nombres -Johansson pintada por Johannes- y ayudada por la objetiva intrascendencia de la identidad de la modelo, se logra contribuir con una historia alternativa a un cuadro que embelesa y obnubila por ese heurístico «no sé qué» juancruciano que el Padre Feijoo hacía corresponder al «género de primor misterioso, que cuanto lisonjea el gusto, atormenta el entendimiento».

Así pues, entonamos el Credo quia absurdum con el que Tertuliano hizo de la estética un sayo y ensalcemos a Griet encarnada en Scarlett, enigma vermeeriano y tumba de la razón.

________________________

* Esto hace relativamente sencillo distinguir a quienes van a decir algo nuevo de entre los escribidores metidos a críticos de arte.

** En este instante, con los ojos anclados en sus turgencias nubilosas y celestiales, se rompe el collar que llevo al cuello desde hace cuatro años por la presión que le ejerzo con el índice de la mano izquierda.

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§ 2 respuestas a Ronda a La joven de la perla, de Vermeer

  • pro.br dice:

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