La primera imagen de Hitler

agosto 22, 2012 § 1 comentario

Los nazis son feos, ese parece ser el planteamiento ideológico de la mayoría de los oportunistas que se lanzan a narrar -con más o menos ficción- las andanzas del NSDAP y de su Führer, Adolf Hitler. No es raro que la capacidad crítica de los comisarios políticos metidos a historiadores no dé para mucho más, es una cuestión de números: la industria cultural de Occidente depende tanto en lo argumental de los nazis, que es imposible que todos los que afrontan el tema sean honestos. Por otra parte, Hitler podía ser feo o no, pero si estuvo cuanto estuvo e hizo lo que hizo no fue por ausencia de partidarios y virtudes. Para explicar el poder que alcanzó Hitler se han utilizado infinidad de razones, desde las más esotéricas a las más ficcionales (que hay algo satánico en los genes germanos o que estuvo subvencionado por capitalistas judíos; Fest y Kershaw son benévolos comparados con otros vendealfombras).

En general, me aburre el tema de los nazis. No me interesan las películas ni los libros y huyo de las conversaciones, porque suelen redundar en tópicos absurdos. Al menos los que tratan sobre ellos; cosa diferente son las fuentes directas. Para mí, es mejor leer Mi lucha que tragarse los dos tomos del Hitler de Kershaw. Y me parece conocer mejor al Führer con las semblanzas de quienes lo conocieron en persona que con los relatos bastante fantásticos de quienes están sometidos a la hipnosis colectiva de la propaganda justificante de posguerra. Justificante, digo, para respaldar los genocidios de Dresde y Berlín o las violaciones en masa de alemanas (v. Jörg Friedrich, por ejemplo).

Como sea. Recojo tres citas, con orden cronológico. Las tenía todas en la cabeza y no me ha hecho falta buscar a conciencia, pero me ha desaparecido la que conservaba de Leon Degrelle, que además habría estado muy bien porque conoció a Hitler en 1936, y me falta algún testimonio para esa época (se reunieron en septiembre de 1936, con España ya en guerra). Pero bueno, sobra decir que quedó muy impresionado. Para dar una idea, copio un párrafo de Hitler pour mille ans (1969) -publicado con diferentes títulos en España, y este mismo párrafo difundido en una ridícula antología de cinco folios titulada «El enigma de Hitler»-:

Hitler siempre está presente ante mis ojos: como un hombre de paz en 1936, como un hombre de guerra en 1944. No es posible el haber sido testigo directo de la vida de un hombre tan extraordinario y no estar marcado para siempre. […] Hitler tenía unos profundos ojos azules que muchos encontraban embrujadores, aunque yo no pensaba así. Tampoco noté la corriente eléctrica que decían que daban sus manos. Nos dimos la mano bastantes veces y nunca recibí esa corriente. Su cara reflejaba emoción o indiferencia según la pasión o apatía del momento. A veces parecía que estaba aletargado, sin decir nada, mientras su mandíbula parecía estar haciendo añicos un objeto en el vacío. Entonces se avivaría de repente y te dirigía una alocución como si estuviese hablando para cientos de miles en la explanada del Tempelhof en Berlín. Entonces setransfiguraba. Incluso su complexión, normalmente incluso apagada y fría, se encendía al hablar. Y en esos momentos puedo asegurar que Hitler era extrañamente atractivo, como si tuviese poderes mágicos.

Hay otra ausencia notable, Eva Braun. Del primer encuentro sólo se sabe que ocurrió en octubre de 1929, en la tienda de fotografía de Hoffmann. Allí acudía Hitler como Herr Wolf, pseudónimo que gustaba de usar cuando quería pasar inadvertido. Y con Eva lo logró, aunque sólo en un sentido. Entre ellos surgió inmediatamente una atracción, a pesar de la diferencia de edad (40 y 17). Se sabe también que cenaron en el establecimiento con Hoffmann y que Hitler se ofreció a acompañarla a casa en su Mercedes, a lo que ella se negó. Cuando se fue, Hoffmann la increpó por no saber de quién se trataba realmente. Se sabe poco más y no hay escritos de Eva Braun, que es lo que nos interesa, fuera de extractos del diario de Frau Hitler correspondientes a diez  días de 1935 -antes del intento de suicidio- y de un testamento de 1944.

Albert Speer (1931-1932)

Alguna vez he comparado a Speer con San Agustín, porque hizo lo que le dio la gana y después lloriqueó en un par de libros para intentar convencer a los demás de que él no quería, pero es que no sabía… Dice que a finales de 1930, sin fecha exacta, fue a un mítin que dio Hitler en el Hasenheide de Berlín, por supuesto obligado por sus alumnos. El relato es creíble porque, a pesar de todo, Speer intentaba congraciarse con los ganadores de la guerra.

Apareció Hitler, que fue acogido con una gran ovación por los numerosos partidarios que tenía entre los estudiantes. […] Después de poner fin a la larga ovación afectando rechazo, me gustó que comenzara a hablar en voz baja, vacilante y con cierta timidez, sin pronunciar un discurso, sino una especie de conferencia histórica; me atrajo precisamente porque me pareció que estaba en el polo opuesto de lo que la propaganda de sus rivales me había llevado a esperar: un demagogo frenético, un fanático vociferador y gesticulante vestido de uniforme. Ni siquiera los estruendosos aplausos consiguieron hacerle abandonar el tono profesoral.

Parecía exponer de forma franca y abierta sus preocupaciones por el futuro. […] Me atrajo u encanto de alemán del sur: no puedo imaginar que un frío prusiano hubiese podido cautivarme. La timidez inicial de Hitler no tardó en desaparecer. […]

Yo no sabía prácticamente nada de su programa. Hitler me había capturado antes de que pudiera comprenderlo.

[Albert Speer, Memorias (1969), cap. II. En la bibliografía doy siempre la fecha de la primera impresión -vulgo edición– del libro.]

Esto en cuanto a la primera vez que lo vio. Aunque con cierta cercanía lo hizo poco después, el 17 de julio de 1932, cuando tuvo que hacer de chófer para un mensajero que debía reunirse con Hitler en un aeródromo.

Cuando el trimotor terminó de rodar por la pista, Hitler y algunos de sus colaboradores y asistentes descendieron del aparato.

Vi que Hitler, nervioso, hacía reproches a sus acompañantes porque aún no había llegado los automóviles. Caminaba furioso arriba y abajo, golpeándose la vuelta de sus botas altas con una fusta, y daba la impresión de ser una persona malhumorada e incapaz de dominarse que trataba con desprecio a sus colaboradores.

Aquel Hitler era muy distinto al hombre tranquilo y civilizado al que había visto en la reunión estudiantil. Sin que eso me inquietara demasiado por el momento, aquel día topé por primera vez con la singular multiplicidad de Hitler: con gran intuición histriónica, en público sabía adaptar su comportamiento a las más diversas situaciones, mientras que en su entorno inmediato y en presencia de criados o asistentes, se dejaba llevar.

[Albert Speer, Memorias (1969), cap. III]

Otto Skornezy (1943)

Este coronel austríaco (es decir, alemán) fue considerado por los aliados, según la Wikipedia, «el hombre más peligroso de Europa». No sé si es para tanto. El hecho es que recibió por sorpresa el encargo de rescatar a Mussolini de las zarpas enemigas en 1943. La autobiografía es apasionante y tiene fama; un bestseller, que se dice. Por eso me permito una cita más larga. Fue -y esto me interesa- absuelto de todos los cargos. Lo cuenta así:

Y, casi inmediatamente, se abrió la puerta de nuestra izquierda. Nos pusimos firmes y miramos al umbral sin parpadear.

¡Me encontraba ante el hombre que había escrito páginas tan decisivas de la historia de Alemania! ¡No puedo describir la emoción que embarga a un soldado cuando, de pronto, está ante su más elevado superior jerárquico! […]

Adolf Hitler entró en la estancia andando pausadamente. Nos saludó con el brazo en alto; el clásico saludo nazi. Vestía una guerrera sencilla de color gris, que permitía ver su blanca camisa y su negra corbata. Sobre su bolsillo izquierdo estaba prendida la Cruz de Hierro de primera clase; la condecoración más importante de la primera guerra mundial, junto con la placa negra distintivo de los heridos de guerra.

Como Adolf Hitler se hizo presentar por su ayudante al primer hombre de la fila, situado a mi derecha, no pude observarle atentamente. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dar un paso adelante y mirarle con curiosidad. Me limité a escuchar su voz y las preguntas que iba haciendo. […]

Adolf Hitler dio un paso atrás, nos miró a todos y preguntó:

–¿Quién de ustedes conoce Italia?

Fui el único en hablar. Dije:

–He viajado en motocicleta por Italia, llegando hasta Nápoles. La he visitado en dos ocasiones en viajes puramente privados, mi Führer.

–¿Qué opinan ustedes de Italia?

La pregunta nos sorprendió a todos. Las respuestas fueron vacilantes:

–Italia… Nuestra aliada… Un miembro del Eje… Etcétera…

Pero, al llegar mi turno, manifesté:

–Soy austriaco, mi Führer. Con ello creo decirlo todo. Considero que la separación del sur del Tirol, el trozo de tierra más bello que hemos poseído, es una “espina” que, siempre, lleva clavada en el corazón todo austriaco.

Me pareció, en aquel momento, que Adolf Hitler me traspasaba con la mirada. Tenía una estatura mediana y estaba ligeramente inclinado. Al cabo de pocos segundos de silencio, dijo:

–Los caballeros aquí reunidos pueden retirarse a excepción de Skorzeny. Quiero intercambiar con usted unas cuantas impresiones.

No me pasó por alto el hecho de que Hitler pronunciase correctamente mi nombre. Me sentí muy orgulloso y me pregunté si su ayudante le habría informado sobre mi “pique” con él. Me encontré “mano a mano” con “mi dueño y señor”. El Führer se había plantado ante mí. Me di cuenta de que era mucho más bajo que yo y que se inclinaba hacia delante. Súbitamente, se mostró animado al hablar conmigo. Pero, tanto sus gestos como su actitud siguieron siendo parcos. Me miró insistentemente y, al poco, comenzó a hablar:

–Tengo para usted una misión de suma importancia. Mussolini, mi amigo y nuestro fiel colaborador, fue traicionado ayer por su propio rey y, hoy mismo, ha sido arrestado por sus propios conciudadanos. No quiero, ni puedo, dejar en la estacada al hombre más importante de Italia. El Duce significa, para mi, la encarnación del último cónsul romano. No ignoro que Italia nos dará la espalda en cuanto esté regida por el nuevo gobierno. Quiero ser fiel a mi compañero hasta el último momento. Por ello, me veo obligado a ayudarle en estos momentos tan difíciles. No tenemos más remedio que rescatarle lo antes posible ya que, en caso contrario, será puesto en manos de los aliados. Le he escogido para que cumpla esta misión tan delicada, porque sé que es un hombre responsable y no ignora que, tal vez, pueda llegar a ser de vital importancia. Debe dejarlo todo para dedicarse a esa importantísima tarea en cuerpo y alma. Sólo de esa forma podrá conseguir resultados satisfactorios.

Hizo una pausa y continuó:

–Pero lo que más importa es que tenga en cuenta que la misión que le encomiendo debe guardarse en el más completo secreto. Sólo le permito que hable de ella a cinco personas. Tengo la intención de volverle a destinar a la Luftwaffe, donde tendrá que ponerse a las órdenes del general Student, al que ya conoce. Ya le he informado de la misión que le encomiendo. Por tanto, debe limitarse a hablar con él ya informarse de los detalles pertinentes al caso. Sin embargo, todos los preparativos deben correr de su cuenta. Y le advierto, que tanto los comandos que tenemos destinados en Italia como nuestro embajador en Roma no pueden ser enterados de la misión que le ha sido encomendada. No olvide que, tanto los unos como el otro, se han formado una idea equivocada de la situación existente en Italia, lo que les impediría actuar acertadamente. Vuelvo a repetirle que se hace responsable ante mí del secreto que debe rodear la misión que le encomiendo. Deseo tener muy pronto noticias suyas, y espero que su empresa sea coronada por el éxito.

A medida que escuchaba la voz de Adolf Hitler, iba sintiendo que aumentaba la influencia que ejercía sobre mí. Sus palabras me parecieron tan convincentes, que no me cupo ninguna duda sobre el éxito de mi empresa. Me apresuré a responderle:

–Comprendo sus argumentaciones, mi Führer, y haré todo lo posible para cumplir satisfactoriamente la misión que me habéis encomendado.

Un fuerte apretón de manos dio por terminada nuestra entrevista. Durante nuestra corta conversación, que a mí me pareció muy larga, sentí posados sobre mí los ojos de Adolf Hitler. Hasta me pareció notar que me seguía con la vista cuando le di la espalda para abandonar la estancia. Y cuando me volví desde el umbral de la puerta para saludarle por última vez, comprobé que mis suposiciones eran ciertas: el Führer había seguido todos mis movimientos con su mirada.

[Otto Skorzeny, Vive peligrosamente (ant. 1975), cap. XIII]

Miguel Ezquerra (abril de 1945)

Ezquerra es uno de tantos héroes de la Legión Azul. Dice García Serrano en el prólogo que «era uno de ellos y mandó a un buen puñado de españoles en este combate perdido. No hizo una guerra mercenaria. Hizo una guerra de voluntario».

-Vamos al Bunker del Führer -nos informa el sargento, con una unción casi religiosa.

Comprendo perfectamente el tono emocionado con que el sargento ha pronunciado aquellas palabras, porque su significado me ha impresionado profundamente, también a mí.
¿Será posible que vea a Hitler en persona? […]

Finalmente, llegamos al lugar de trabajo de Hitler. Veo allí al Ministro de Propaganda del Tercer Reich y gauleiter de Berlín, Joseph Goebbels, acompañado de los generales Burdorf, Koebs, Zander y Axmman.

Mi entrevista con Hitler fue muy breve. Al verle me cuadré y permanecí rígido como una estatua. El Führer se adelantó y, mirándome fijamente a los ojos, empezó a hablar. Entonces comprendí la fascinación que aquel gran conductor del pueblo alemán ejercía, lo mismo sobre los hombres que sobre las masas. El teniente coronel Weis, allí presente, le hizo saber que mi conocimiento del alemán no era perfecto. Hitler me habló con lentitud, procurando hacerse entender:

-Enterado del bravo comportamiento de su Unidad, le he concedido a usted la Cruz de Caballero y, además, la nacionalidad alemana.

Aparte la mirada del Führer y, dirigiéndome a mi interprete Jacobo, le dije:

-Transmita al Führer mi agradecimiento por el honor que me hace, pero dígale que continuare siendo español mientras viva.

Jacobo hizo la traducción. Hitler me alargo la mano y me miro, como si quisiera adivinar mi pensamiento. Repitió que se sentía muy orgulloso de nosotros y dio por finalizada la conversación.

Así me despedí de aquel gran jefe, al cual vi muy tranquilo, con aspecto algo cansado, quizás, pero no «completamente destrozado» como se ha comentado en libros y revistas.

[Miguel Ezquerra, Berlín, a vida o muerte (ant. 1982), cap. IV.]

De una forma u otra, bajo la sugestión de encontrarse con el «Señor de Europa» o con la intriga de conocer a un revolucionario, siempre causaba la misma impresión. Efectos de la magia Thule -no falta quien lo alega- o simple carisma natural, hoy casi no importa la causa.

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§ Una respuesta a La primera imagen de Hitler

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