Las unidades de soberanía

septiembre 24, 2012 § Deja un comentario

El pasado 11 de septiembre salieron a las calles de Barcelona entre algunos cientos de miles y millón y medio de protestantes para pedir la independencia de los Països Catalans, nombre político de reciente cuña que se refiere a los territorios en los que se habla lengua catalana con mayor o menor extensión, que actualmente corresponden a los Estados de España, Andorra, Francia e Italia. No hay otro caso igual en la política mundial: el nacimiento de una nación que recoge territorios cuatro Estados diferentes y sólo uno (el más pequeño, casi una ciudad-Estado) en su totalidad. Ni los vasquistas aspiran a tanto con su Zapiak Bat [«Siete en una»]: aquí tratamos con ocho provincias catalanas.

Sea cual fuere la aspiración territorial fuera de España de aquellas hordas nacionalistas, lo que nos importa a nosotros es que representa el primer desafío fuerte para la unidad del Estado español desde que el 6 de octubre de 1934 Lluís Companys, en un arrebato de coraje extraordinario -pues siempre fue pastoreado por otros-, proclamó l’Estat Català. Aquello no duró ni doce horas antes de que fueran detenidos por chapuceros, pero de por sí fue un importante paso para que a Cataluña se le revolvieran las tripas y estallase una guerra entre las diferentes fuerzas intestinas.

Ahora estamos en las mismas, o casi. El Presidente de la Generalidad, que esta vez no es de ERC pero cuyo partido ocupa el espectro social que esta ocupaba en los años treinta, está teniendo un ataque de soberbia política o de -¡al fin!- coherencia y ya está hablando de que Cataluña es una nación y que eso es «un sentimiento y una voluntad» que no se puede cambiar con una Constitución. Digo coherencia porque su socio de partido, Duran (y Lérida), dijo hace bien poco que «la independencia ni interesa ni conviene». Con lo cual hay que estar absolutamente de acuerdo, porque las leyes no pueden cambiar lo que pertenece al ámbito de la conciencia. Aunque muchas veces se empeñen en ello. Lo inquietante es que esa definición de la Nación o de la Patria no es nada racional. Esos juegos de estadística moral… Voy a poner un ejemplo:

Resulta que yo vivo en un pueblo pequeño. Cualquiera, de cualquier provincia española. Y que de los quinientos habitantes, doscientos se sienten suecos. Le tienen un especial cariño a Suecia, se han paseado por Estocolmo, veían Pippi Långstrump de pequeños y le están especialmente agradecidos a Alfred Nobel por inventar la dinamita -que utilizan oportunamente en la mina local- y por los célebres premios que llevan su nombre. Se sienten suecos y quieren ser suecos, así que tienen un partido políticos suequista que suele ganar con mayoría absoluta, porque la participación está en la media española, el 65%. ¿Les hace esto suecos?

Vamos a reducirlo al absurdo:

Yo quiero ser independiente, así que siguiendo las instrucciones de Ikea -que por algo es sueca- proclamo mi casa República Independiente. Hay sentimiento y hay voluntad: ¿por qué no puedo tener mi propio Estado? Prometo no utilizar los servicios del municipio al que pertenecía mi nuevo Estado.

[Añadido el 13.X.2012. Exactamente me refería a esto: http://www.20minutos.es/noticia/1616184/0/barcelona/sarria/independencia/]

¿Dónde está el límite de población para que haya soberanía? Sencillamente, no lo hay. ¿Y el de racionalidad en las aspiraciones? ¡Tampoco! En ninguno de los dos casos hay limite porque todo queda circunscrito a la política, que es el juego de mesa de los que viven de hacer necesario el Estado. Si el Estado español no existiera o tuviese poca densidad administrativa, y no padeciese la actual elefantiasis, ¿qué necesidad habría de separarse de él? Los nacionalistas viven del mito de que la independencia les hará libres… ¿De qué? De un Estado que les oprime, para lo que tienen la solución: tener su propio Estado. Mitos en el catalanismo hay muchos. Por ejemplo, lo relativo a Felipe V. Pero el más difundido ahora es el de que Espanya ens roba. La realidad, como reconocen en todas partes, es que eso no es así y que es más una frase hecha de los neofeudalistas de CiU que una realidad económica. Los políticos catalanes son los que más cobran de toda España y además son los que están robando a los catalanes.

Con el déficit creado por Cataluña, hay quien dice que es una temeridad permitir que sigan dentro del Estado español. Habrá quien se niegue a soportar esa secesión y habrá quien la aplauda. Y no hablo de los catalanes, sino del resto de españoles. ¿Importa que Cataluña salga del Estado España?

En 1931, Santiago Montero Díaz, entonces marxista camino de las JONS de Ledesma Ramos, dio para la ciencia política el siguiente párrafo:

Una previa separación de las naciones españolas no destruiría, ni mucho menos, la unidad hispánica. La. robustecería por contrato. Es ingenuo o maligno sostener lo contrario, ya que, bien sabido es, nuestras naciones, económicamente, se complementan y se necesitan.

Esto tranquilizará a quienes se preocupan por la salud del Estado España y piensan en azul mahón. A mí me es absolutamente indiferente por dónde anden los catalanes separatistas. La identificación de la Cultura España con el Estado España es un aberración que conlleva considerar la falta de un territorio en el Estado como una merma del concepto Cultura, con lo que el Estado ostentaría la máxima representación de España allá donde fuera. Pero qué quieren que les diga, ni el Borbón ni Rajoy ni Zapatero ni Aznar ni González ni Calvo-Sotelo ni Suárez ni Carrero…, ninguno de ellos representan otra cosa que la administración de los impuestos con los que se extorsiona a los súbditos del Estado.

La salida de Cataluña del Estado español no tiene ninguna importancia para la españolidad de las gentes de esos territorios. Pero sí la tiene, mucha, que con ello se forme un nuevo Estado que se entrometa, como ya se entrometen las Administraciones Autonómicas, en los asuntos privados y el ámbito más íntimo de los individuos. En este sentido, la única razón por la que habría que resistirse a la emancipación de territorios del Estado español es la de la defensa y patronazgo de los ciudadanos que quieran seguir viviendo en español, sin ofensivas estatales que le impidan, por ejemplo, tener una enseñanza pública en su propio idioma. Pero eso no está ocurriendo hoy, con esos territorios dentro de España: ¿por qué tendríamos que defender el statu quo, si no puede haber una situación peor?

Españoles catalanes: volved a la Patria. Entiendo que uno tiene el derecho y la obligación de defender su tierra y su identidad, y que cuando un Estado quiere imponernos una conducta el derecho natural nos avala en la rebelión. Pero también es cierto que hay enemigos invencibles y que la historia aporta numerosos casos de emigración, recomposición y reconquista. ¿Será este el caso? Si cayeran los Estados no habría nacionalismos. Podría haber comunidades nacionales, pero desaparecerían los combates entre unos y otros porque no existirían las economías colectivas, que son las únicas causas de los conflictos, y habría menos política.

Pero esta apuesta por la las comunidades tradicionales -la familia, el municipio, la amistad- es política-ficción, lo sé. Queda lejos el día, máxime cuando hoy los únicos dispuestos a la acción política son precisamente los que están empeñados en aumentar las cadenas y darle al Estado todo. Hablo de las sucesivas réplicas izquierdistas del 15-M y hablo de Mario Conde, con un estatalismo derechista. Un movimiento con simbología masónica y un ilustre masón. ¿Qué más soluciones hay? Las de Cebrían, otro masón de Bildelberg, que plantea ahora un federalismo que en Cataluña han tildado bien de sobrevenido.

Yo propongo la única solución sensata: que haya otra manifestación de catalanistas, porten antorchas y vayan pasando uno a uno por los edificios que representan la extorsión y el expolio de los ciudadanos, sean de la ONU, la UE, el Estado, la Comunidad Autónoma o la Diputación. Entonces, sólo entonces, su proclama será decente y valdrá la pena detenerse en sus aspiraciones. Sostener hoy un trapo que sólo es símbolo de una Corporación Monopolista es ridículo. ¿Dónde queda la autenticidad identitaria? ¿Necesita esta, la identidad -la sacra tradición de las comunidades espontáneas-, de un ente administrativo que imponga y reprima conductas?

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