Pocos es mejor

enero 1, 2013 § Deja un comentario

Para Mademoiselle M., a modo de excusa.

Es primero de enero, son las dos de la tarde y me van a permitir que perore un poco sobre lo de anoche. Porque tengo ganas de darle a la tecla, porque así pongo en claro -que es negro sobre blanco- algunas ideas y porque creo que puedo expresar algunos conceptos que comparto con alguna gente. No mucha, eh, pero con los suficientes para que el mundo no sea un error.

Iban a dar las diez de la noche, en plena cena, y todavía no sabíamos lo que íbamos a hacer. Lo único medio claro es que no estábamos dispuestos a poner un duro para poder entrar a ningún sitio y que huiríamos de las grandes aglomeraciones. También podíamos ir a la cama directamente, pero hacía unos días que no nos veíamos y la de anoche era la ocasión perfecta para no causar mucho trastorno a nuestras familias. Estaba previsto que unos jóvenes de veinticinco años salieran de juerga toda la noche. Y por qué no. Pero sin organización, sin previsión de meses y sin entradas pagadas con un riñón. Nos reunimos en el estudio/zulo de uno de nosotros y mientras atravesábamos nuestros gaznates con un whisky decente, echamos unas partidas de un juego algo friqui pero entretenido que nos permitía hablar con tranquilidad y tener las manos ocupadas en algo.

A esa hora, sobre las dos, habría miles de niñatos en la ciudad haciendo cola ante un barracón mal acondicionado para fundirse con la mugre sudorosa y espasmódica con tal de ponerse hasta el culo de garrafón. Deseando ser vistos por cuantos más conocidos mejor, porque ponerse hasta el culo esa noche es una heroicidad memorable. Cómo nos pusimos en Nochevieja, tío. Sí compadre, después no me entraba el churro en la taza. Tal es la heroicidad, que todos lo hacen: méritos de tres al cuarto, medallas de latón.

Nosotros, en acabando las botellas, salimos a la calle. Qué hacer, dónde meternos sin perder la dignidad. Servidor debía ver a una señorita, pero tendría que recorrer media ciudad para llegar a ella y eso implicaba dejar tirados a unos amigos que en ese caso se irían a casa, porque quedábamos sólo tres. Y ella podía esperar. Barruntamos, a lo lejos, entre coches y gentes, al final de una calle, las luces de un irlandés. Por qué no. A mí siempre me han entusiasmado (de enthusiasmus; sí, es la palabra exacta). Estaba hasta la bandera, si me permiten el símil futbolístico, pero encontramos un trozo en la barra y nos apostamos con el mismo ánimo que un marinero que entra en una tasca portuaria después de varios meses en la mar. Ponme una pinta, morena. Y un chupito de whisky. Ambiente festivo y tabernario, sin perder la entrañable intimidad de la mesa camilla. Tuvimos surte y la casualidad divina nos hizo encontrarnos dentro a varios viejos conocidos. Un sitio heteróclito. Podía haber tres personas bailando sobre la barra -sorteando los vasos de los parroquianos sin mucho éxito- y al lado el tipo solitario que va allí a adormecer sus penas sin que nadie le moleste. Nada de masa. Personas libres y perfectamente individualizadas. Gente con la que, a pesar de no haberte visto en la vida, no cuesta nada ponerse a hablar de cuestiones bizantinas y acabar brindando con la certeza de que se han cruzado dos barcos que no se volverán a ver, pero que saben disfrutar la breve travesía en común.

Cuando se nos acababa el dinero y los párpados empezaban a decaer, nos fuimos rumbo al quinto infierno para esperar a que nos recogiera el chófer. De camino, entre cánticos y risas (a un policía no le hizo mucha gracia que le cantara un himno cenetista mientras hacía un registro a un coche), tropezamos con la salida de una macrofiesta de pintiparados pubertosos estrenando traje y maquinilla de afeitar. No sé cuántos cientos con caras marchitas, fatigosas y -alguno lo reconoce- aburridas. Nos llaman. Coño, si es fulano. Cómo va eso, feliz lo que sea, cómo ha estado esto. Resulta que otros de la fiesta los estaban buscando para darles manteca. Que otro día nos contaba, que se iban corriendo. Tenían el coche arrancado, los tíos.

No voy a aburrir con el final de la noche, la espera, los churros y la vuelta. En algún momento llegó mi hermana, que venía de una fiesta casi igual pero algo más reservada. Menos gente y, por lo tanto, menos asnadas. Como decía el faro Ganivet, un hombre sumergido en una asamblea pierde parte de su inteligencia, y la pérdida está en razón directa del número de los congregados. Yo digo más. Toda masa es una escuela de delincuentes y un foco de problemas. Debe usted, lector, huir de los rebaños humanos. Son dañinos. A veces, incluso hay algún muerto por aplastamiento. Pocos es mejor. Y sitios donde uno no vaya a diluirse en la gregaria pintura abstracta de cualquier espabilado sacaperras, sino donde pueda mantenerse íntegro, con pundonor, sin colas, empujones o anonimato, con serenidad. Donde puedas salir un momento a la puerta sin mayores consecuencias; donde el camarero te atienda como cliente, no como idiota que ha picado el anzuelo; donde sepas que un tropezón no te va a costar más que pedir disculpas; donde sepas que estás bebiendo lo que pides y no lo que a un chino le dio por meter ayer en esa botella.

Y luego está la forma de salir, que tiene mucho que ver. Uno puede buscar aparentar, dejarse ver, lucirse, no perderse la foto. O destrozar el cuerpo, machacarlo hasta eliminar la culpa, la resignación u otros oscuros sentimientos. Entonces, acabará indefectiblemente en antros malignos haciendo el ganso. Hasta el culo de sustancias y todo con tal de olvidar o no ser olvidado. Una forma de hacer el ridículo. O, por otro lado, puede salir porque quiere hablar con los amigos, cambiar un poco de aires y disfrutar de los distintos tipos de alcohol, algo que hoy no hace casi nadie.

Al despuntar el alba de este día, todos estábamos etílicos. Pero con alguna diferencia. Me queda la tranquilidad de que fui pagando de a uno lo que bebí, sin entradas ni barras libres; que hice exactamente lo que quise, sin la encerrona de una fiesta que es única e insustituible; y de que si acabé hasta arriba de alcohol no fue para huir de algo, amortizar la entrada o destacar entre cabestros, sino para regar conversaciones.

Sólo lo siento por la señorita. Pero hay cosas inevitables.

Anuncios

Etiquetado:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Pocos es mejor en Algaida.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: