Moloch (2)

febrero 16, 2013 § Deja un comentario

Sírvame esto para el colofón de la primera parte:

Últimas trincheras

El concepto de las «últimas trincheras» se me ocurrió mientras terminaba El templo del alba de Yukio Mishima, tercera parte de su tetralogía El mar de la fertilidad, justo cuando dice aquello de que «dentro del movimiento ilimitado de las ondas todo se dirigía a una cumbre aún desconocida. Las dos mujeres parecían pugnar desesperadamente por llegar hasta las últimas fronteras inesperadas con las que ninguna de las dos había soñado». Tiene poco contenido político en ese contexto, pero a mí, que me gusta inundar de poesía lo que en primera instancia podría aburrirme, no me costó relacionar en seguida con una transición ideológica que estaba sufriendo en ese tiempo y que en buena medida es la que ha sufrido toda mi generación en los últimos cinco o diez años: el desencanto. Mirando, como Quevedo, el estado en que nos habían dejado las cosas, «no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte».

En ese punto uno puede optar por tres vías. Dos de ellas, tanto la pesimista como la utópica, son reconocer de antemano la derrota. Tomar la amargura como filosofía vital y el nihilismo como arma de combate, como han hecho con cierta destreza algunos de mis antiguos conmilitones en las filas nacional-socialistas, me resulta atractivo desde el punto de vista estético y no dejará de serme sugestivo bailar de vez en cuando con tal actitud, pero no deja de ser algo que me es ajeno. Mi estómago es delicado para la acidez. Pelear con los molinos, como por otra parte se hace a diario, presentando esas ridículas e inútiles refriegas como heroicidades imprescindibles para la inexorable llegada de la revolución, está bien como juego de adolescentes, y así lo hice yo, pero poco práctico y con nulas posibilidades de tener éxito.

Se puede en ser optimista en lo que concierne a la capacidad de lucha y emancipación del individuo, pero manteniendo un pesimismo absoluto en cuanto al grupo. Pienso irrefutable que España está abocada al fracaso -histórico, cultural, económico, político,…-, pero todavía nos queda resistirnos un poco. Crear una cultura de resistencia, que no es otra cosa que un conjunto de barricadas en las que apostarnos mientras dure el temporal o hasta que logren masacrarnos a todos. No caben comodidades, a nadie le gusta la vida de trinchera como algo permanente; pero podemos instalar un búnker, poner una cafetera, traer un sofá… Y no estaremos tan a disgusto. Así, de hecho, se dispara mejor.

Contaba el marqués de Tamarón en una de las singladuras de Las noches blancas que los reaccionarios, según la etimología, eran aquellos que en la revolución francesa se resistían cuando eran llevados a la guillotina. «¡Y encima reaccionan!», debían pensar los secuaces de Robespierre. ¿Apelo, entonces, a la reacción? Sí. Como forma de resistencia.

Quien se acerca a esta idea de las «últimas trincheras» debe estar primero familiarizado con la del hombre a la intemperie. La espiral decadente de la historia ha llevado a la Humanidad, en los últimos siglos, a una situación de completo desamparo de los individuos uno a uno. Es sabido que la persona tiene tres círculos sociales a los que se acoge con dos objetivos, paliar los males y multiplicar los bienes. Y hablo de bien y de mal como de alegría y de tristea, por supuesto. Las demás acepciones son trampas de la razón. Estos tres círculos, desde el principio de los días, han sido la familia, la religión y la comunidad. Cuerpo, alma y espíritu. Podría decir que desde la muerte de Marco Aurelio, pero seré más optimista, tanto que pecaré de utópico: desde finales del siglo XX no hay ni Familia, ni Religión, ni Comunidad[1]. Se entendió mal toda la liberación que supuso la filosofía rebelde decimonónica acaudillada por alemanes y acabamos -de aquellos polvos estos lodos- en manos de la desesperación cientificista y desviada de los franceses. Decía Ludwig Marcuse que aquella del XIX fue una generación «más entusiasta que crítica, más poética que teológica, más una traducción de Kant, Goethe y Carlyle que origina; romántica pero sin aquel nihilismo que ya había hecho presa en Schlegel».

Familia. Lo entendió bien Ezra Pound, que como mejor se expresaba era en verso: «Id a los adolescentes a quienes les asfixia la familia… / ¡Oh, qué asqueroso resulta / ver tres generaciones reunidas bajo un mismo techo! / Es como un árbol viejo con retoños / y con algunas ramas podridas y cayéndose». No es precisamente que haya que destruir la familia como germen de la represión sexual o por albergar la esencia de esa memez que algunos llaman (según he descubierto en mis investigaciones de epigrafía urbana) «heteropatriarcado», sino que no se puede alcanzar la culminación del sí-mismo si se permanece en el nido más tiempo del necesario. El siglo XX, con todos sus alborotos, fue suicida en el sentido de querer luchar contra el aire viciado en la familia monolítica y piramidal con la única respuesta que podía ser peor que el problema: dinamitando las bases de la que es la principal estructura sobre la que se asienta la sociedad. La familia es la solución óptima al problema natural del hombre, que es su incapacidad de superviviencia. Si no se mantiene la familia como organización primaria, la sociedad tiene que organizarse para sostener a quienes de otra forma acudirían a sus familiares, de manera que se haría necesario el Estado. Eso sólo debería permitirse con carácter subsidiario.

Religión. Ya no se aprecia lo sugestivo de los cuentos infantiles, han tenido cuidado de idiotizarlos. Quienes más disfrutan son, al cabo, los padres contándoselos a los hijos. Quien quiera creer, que crea, y quien tenga ojos para ver… Pero no se trata de un mecanismo de poder o de opresión de nadie. Lo verdaderamente importante es que la religión aporta una visión general del mundo y un folclore que, por estar su origen a cierta distancia del individuo por su carácter sagrado, une a la sociedad. Si hablamos del catolicismo, su riqueza cultural sirve de argamasa para media Europa con medio mundo. Por ello no es de extrañar que noticias como la reciente noticia de la renuncia de Ratzinger al Pontificado retumben por todo el orbe. Afectan porque lo que él representa es una columna fundamental del mundo moderno.

Comunidad. Hay que arrebatar la política de manos de los psicópatas del Estado. Nos hemos dejado llevar tanto por el entusiasmo demócrata que hemos cedido nuestra participación directa en cientos de espacios a una representación que, indefectiblemente, no hará lo que quisiéramos. Dice la sabiduría popular –y es repetido a menudo por el cine- que si quieres que algo salga bien debes hacerlo tú mismo. De eso se trata. La realidad es que al delegar esa responsabilidad perdemos la preciosa oportunidad de tener contacto con nuestros prójimos y de construir con ellos algo que será nuestro marco jurídico o físico de vida. Luego no puede extrañar que surjan núcleos o grupos de reacción ante esta perversión: la culpa es nuestra. Si hubiésemos decidido, en su momento, que nosotros aseguraríamos la limpieza de nuestras cales… La comodidad nos ha perdido.

Y así, buscando el refugiarse ante el Apocalipsis, construyendo barricadas que permitan actuar con serenidad, afirmando no querer coger impulso y conformes con disparar desde esta posición porque sabemos que no podemos más, nos atrincheramos en:

La Corona. Léase bien, no personalizo y lejos está de ni ánimo considerar a Juan Carlos I baluarte de nada, su hora ha pasado –pasó tras el 23F y sus extrañas circunstancias-. Pero no puedo abstraerme de la Historia (disculpen la mayúscula). Cuando en España se ha prescindido de un señor con corona el resultado inmediato ha sido catastrófico. Desde Don Estanislao Figueras, primer Presidente de la I República Española, que entre su «estoy hasta los cojones de todos nosotros» y su posterior huída a Francia, esto no ha tenido nunca solución de continuidad republicana. No ocurre así en otros países, pero aquí han salido prontos, sin que con ello quiera yo denunciar alguna maldad ingénita en la estirpe como harían Américo Castro y otros indeseables, los listillos de turno a montar fronteras, aranceles, divisiones, horcas y causas generales. Con las últimas ausencias de monarca hemos tenido una invasión extranjera, un desmoronamiento nacional y una guerra civil. Por no sumar las tres cainitadas del XIX por las tonterías de Fernando VII, que por incomparecencia a veces y otras por dejarse mangonear nos trajo de cabeza durante casi un siglo. Los últimos Borbones han sido unos sinvergüenzas en su peor variante. Alfonso XII, como quiera, representó el último ejemplar de Rey medianamente aceptable. Su hijo estuvo más preocupado por asuntos venéreos, y el nieto de éste… Qué no podría decir y denunciar que no diera arcadas patrias. Duelen, pensando en él, como decía Miguel Hernández, «los cojones del alma». (Me he saltado a Juan de Borbón. No reinó ni mereció hacerlo). Lo que debe entenderse es que, ello no obstante, en la figura del Rey, se llame Juan Carlos, Fernando o Alfonso, sea un señorito de cabaret o un putero de sierra, por más sarpullidos y ronchas que nos salgan, cabemos todos. No precisamente por su carácter personal, sino por la dignidad altísima del cargo: ser el Primer Español. Una de las pocas cosas serias que se pueden ser en esta vida, decía José Antonio. Por eso podemos permitirnos, quienes estamos tras él, cubiertos por su Majestad, aporrearlo hasta que no le quede un hálito de vida; pero quien desde fuera, enemigos de lo español, pretendiendo la destrucción de que lo que somos, le escupe en la cara, nos lo hace a todos y merece nuestro oprobio. Las cargas y el precio de un instrumento que, aunque pese, es útil.

¿Queremos la abdicación? ¡La queremos! Que siga el ejemplo de su colega holandesa. Desconocemos, de momento, cómo saldrá Felipe VI. Es el segundo de la dinastía de los Borbones, de la que Felipe V fue el primero. Puede que éste sea el último. Pero si conseguimos limpiar y desinfectar la Casa Real, será mejor que el padre. No tiene, desde luego, las ataduras y los compromisos que Juan Carlos I se echó a las espaldas en la Transición ni el alcohol ha hecho tanta mella en él. Y si no, el derecho natural del pueblo a usar la guillotina con sus líderes.

[1] No hablo de Estado moderno, claro está. Este nació con unas buenas intenciones -en España, realmente, en 1812-, pero con el mal tan metido en sí mismo que su corrupción fue rápida.

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