A propósito del 28-F

febrero 28, 2013 § Deja un comentario

A menudo se ha utilizado como arma contra el andalucismo el tradicional maltrato al que se ha sometido a Granada y Almería desde las auténticas provincias andaluzas, las occidentales. Pero el hecho de que Sevilla, ciudad arrabalera pero moteada de preciosidades dignas de una de las ciudades más bellas del mundo, trate con desprecio y -dicen algunos- envidia a quien le sobrepasa en belleza o a quien está demasiado lejos para sus ojos cansados, no debe ser pilar fundamental del antiandalucismo. Ni siquiera una de las razones accesorias.

Que eso ocurre, la desigualdad de trato, es evidente y lamentable, pero no es más que la consecuencia del centralismo. El tipo de política contra el que, a fuer de sinceros, pretendía luchar el iluminado Blas Infante; pero al mismo tiempo la consecuencia directa de sus delirios.

Sin embargo, ni aunque trasladasen la capitalidad de la Comunidad Autónoma a Granada estaríamos conformes. Que quede bien claro: no queremos tener más relación con Sevilla que con, digamos, La Coruña o Huesca.

Por debajo de la Nación, que es España, la única realidad cultural que existe es la comarca. A ver por qué se parecen más un pastor de la Alpujarra y un minero melojero, que con un ama de cría pasiega.

La principal idea política que hay que tener clara es que España representa la esperanza liberal frente a los agravios autonomistas o proto-separatistas. Dictan los cánones de la teología nacionalista que a mayor autonomía, más libertad. Que cuanto mayor sea el trasvase de poderes a los entes autonómicos, mayor será la libertad de sus ciudadanos. Esto, sin embargo, se ha demostrado rotundamente falso. Donde España ha desaparecido, agoniza la libertad. No sólo por los ejemplos del régimen de terror de las Vascongadas o el régimen de espionaje y control generalizado en Cataluña, sino porque la necesidad de autoafirmación de los poderes recién erigidos (de los poderes, he dicho, no del pueblo) tornan obligatorio y necesario el desarrollo excesivo de la Administración Pública. Y el Leviatán, como saben, devora la libertad. Hoy las provincias sometidas al yugo de la Junta de Andalucía están asfixiadas por el entramado burocrático y la voracidad de una casta que, ante cualquier problema, sólo sabe subir impuestos y abusar de la autoridad. Miren el IRPF: esa es la libertad de un pueblo.

Si las auténticas provincias andaluzas se quieren suicidar, nosotros no se lo impediremos. Pero que a nosotros nos dejen tranquilos.

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