Comer pipas

abril 1, 2013 § 3 comentarios

Comer pipas es una guarrería. En estos días de Semana Santa ha vuelto con la tradicional pujanza la asquerosa costumbre según la cual una persona es una máquina destinada a introducir pipas en la boca, manipularlas con extrañas destrezas dentro de ella y, tras esos esotéricos artificios, expulsar cada veinte segundos un mejunje de cáscaras, saliva y restos de la última comida que va formando un charco alrededor de una persona tanto más grande cuanto más tiempo pase en el mismo punto.

A mí me educaron bien y no sé pelar pipas si no es con los dedos. Así, además de no quemarme la lengua con la sal que suele envolverlas, me aseguro poder tirar las cáscaras a un recipiente ad hoc sin tener que escupirme en las manos ni tener que jugar al baloncesto con los esputos.

No sé quién permitió por primera vez que alguien esperara el paso de una procesión comiendo pipas, pero hizo un flaco favor a la civilización no pegándole un garrotazo. Es una práctica que no tiene ningún sentido y sólo inconvenientes. Ensucia las calles, abrasa la lengua, no alimenta, impide hablar con normalidad y obliga a los demás a estar pendientes de tus tiroteos. Es decir, molesta. Y todo lo que molesta a los demás sin su consentimiento es una forma de socialismo.

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