Nota sobre el adorno corporal

mayo 19, 2013 § Deja un comentario

El adorno en el cuerpo tiene varias funciones, está destinado a varios fines. En primer lugar, como no puede ser de otra manera, a enaltecer la belleza o camuflar los defectos de un cuerpo. Desde el principio de la historia hombres y mujeres han utilizado collares, pendientes, pulseras y otros instrumentos para desviar la mirada hacia determinado punto o armonizar las proporciones de la cabeza o las extremidades. No tiene nada de extraordinario: toda persona quiere resultar llamativa a los demás.

Otro de los fines es llamar la atención sobre la dignidad que ostenta esa persona. El más evidente es el de la insignia institucional (medalla de una Orden, collar tipo toisón de oro, anillo de promoción), pero también hay que encuadrar en esta categoría las joyas que permiten adivinar por sí solas la capacidad económica de su portante (diamante engarzado, reloj de lujo) o su estrato social (pearcing en la ceja, bandera nacional, cadenón de oro). También se incluyen los anillos de compromiso o matrimonio.

Y por último, tienen los adornos un poder de sugestión que, normalmente, sólo conoce su portador. Es decir, el resto de funciones son de cara al exterior, ordenadas a la apreciación por el Otro de detalles sobre la propia identidad. Sin embargo, esta tercera función, la del poder oculto, casi siempre tiene unas connotaciones personalísimas que hacen que incluso se tienda a ocultar la información a los observantes. Son fetiches o amuletos que aportan garantías al sujeto en su rutina o que constituyen un recuerdo. Por ejemplo, una medalla religiosa, un reloj familar o una pulsera de la suerte.

Pero ¿qué pasa cuando llevamos amuletos de los que nosotros mismos no sabemos el (supuesto) poder que tienen? Pienso en la bisutería que vende Marina Danko, gran aficionada a la litoterapia y propagandista de las piedras de salud. Aparte de la capacidad científica que pueda tener un elemento para alterar un organismo (por ejemplo, ¿cómo no va a modificar algo un imán?) yo estoy convencido de que la mayoría de los éxitos que se le atribuyen a muchos objetos no son más que producto de la sugestión, de la capacidad de autoconvencerse de un sujeto a la busca de soluciones. Si una mujer se cuelga al cuello un collar con una piedra que, para los creyentes como Danko, tiene el poder de aportar seguridad a quien lo lleva, ¿aumentará su autoestima? Y al contrario. Casi todos tenemos prendas de ropa o abalorios con los que nos sentimos inmortales, a pesar de que sólo tienen la virtud de hacernos sentir así porque nosotros hemos volcado el deseo de que así sea. ¿Es por ello menos poderoso?

¡No! Al contrario, es tanto más poderoso un objeto cuanto más convencimiento tiene el sujeto que lo usa, independientemente del material y la procedencia.

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