Buñuelos

noviembre 1, 2013 § Deja un comentario

Le pido disculpas, estimado lector, porque no le estoy haciendo el menor caso desde hace meses. Tendría alguna excusa defendible ante usted si hubiera dejado la escritura asistemática de la que se nutre este tipo de páginas, por otra sistemática que me permitiera ir elaborando un libro, aunque fuese con la ridícula constancia de la hormiga que quiere construir una montaña. Pero no es así; los sabemos bien.

De poco puedo quejarme. ¿Acaso es la escritura un requisito para alcanzar algún tipo de grado superior de virtud? No lo es. Es sólo el privilegio de la aristocracia; fuera de ella, es un vicio burgués y una absurda pretensión del vulgo. Sólo es legítima la escritura en la gente llana, como el humilde servidor, si pretende la construcción de algo que conmueva o rendir servicio a una noble empresa. Yo sé desde hace tiempo mis limitaciones para la creación de una obra patética, porque no poseo la audacia de mis artistas más admirados ni dispongo de su ingenio. Puedo, como todos podemos, intentarlo, pero no serían más que grotescos ripios y extravagantes opúsculos sólo encaminados a aliviar mis natural necesidad de autocompasión. Acaso, de alimentar de manera innecesaria y esperpéntica mi vanidad.

¡Pero sí podemos usar la pluma como la espada! Pelear por un mundo más bello, plantar cara a quienes pretendan arrodillarnos, luchar, aunque sea contra todo. Quizá sea ese el camino. Porque hoy podría contar algo, como todos los días. Podría decir que anoche estuve de cervezas en un pub de estilo irlandés y que, después de no sé cuántas Murphy’s, me regalaron una máscara para que me disfrazara de Halloween. Y que me enfadé, porque yo quería ver ayer por la noche Don Juan Tenorio y no pude ir al teatro porque la representación empezaba a las nueve y, porque dio la causalidad de que ayer tuve que terminar varias cosas que había ido dejando y atender a varios clientes, no salí de trabajar hasta las diez de la noche. Y cómo coño iba a ponerme una máscara de fiesta exógena si no había podido cumplir con una tradición endógena. Y que esta mañana he cantado en una Misa, por el gusto de recordar el sonido del gregoriano. Y que después me he ido a comprar huesos de santo. Y que esta tarde, justo al terminar de revisar el libro que recibí ayer, la antología de Ganivet hecha por Luis Rosales, me he puesto a hacer buñuelos (de viento, porque están rellenos de aire, que es de lo que están rellenos los buñuelos españoles). Podría contar cientos de cosas por el estilo, pero salvo para agigantar de manera pecaminosa mi vanidad, de poco sirve.

Y hay que servir. Ya veremos qué hago.

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Cuando abro el blog, aparecen directamente las estadísticas. Y como enlace entrante, me ha aparecido un artículo titulado «¿De dónde viene la expresión “echar un polvo”?». Imagine, lector, mi sorpresa. ¿Qué diablos tiene que ver está página con eso? Pues sí, tiene alguna relación.

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Bansky habla de La banalidad de la banalidad del mal. ¿Ven a qué me refiero? Hay que lanzar un mensaje. Los buenos, mediante metáforas; los malos, a pelo.

Bansky - La banalidad de la banalidad del mal

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