Protesta

diciembre 30, 2014 § Deja un comentario

El hombre sólo tiene un derecho fundamental e inalienable: al pataleo, a la protesta, a la rebeldía. Derecho al «ya está bien» y al puñetazo en la mesa. Lo demás son inventos modernos, desvíos innecesarios en una lucha que no es infantil. No se trata del lloriqueo típico de los mamones que no saben lo que quieren; el pataleo exige una apuesta firme y rebosante de voluntad por un camino concreto. Ahí radica la gran diferencia con la plebe que se deja la voz en las calles porque no sabe hacer otra cosa, la protesta es siempre un acto cotidiano, un gesto más, una actitud. Veo más rebeldía en quien se niega a vestir zapatillas de deporte para pasear por la ciudad que en cualquier huelga general.

Cuento esto porque hace unos días mi admirado profesor Buela (a quien todavía agradezco la colaboración en un número de La Comuna de los Desheredados), explicó que los derechos humanos, en su concepción de 1948, están planteados como una «el derecho está concebido desde el que está “obligado” a cumplirlo y no desde los “acreedores” del derecho [… Por lo cual,] Al ser lo justo, dar a cada uno aquello que le corresponde y no el obtenerlo para uno, la obligación de realizarlo es del deudor», esto es, del Estado.

Hay que darle la vuelta. El Estado, transformado en perverso Leviatán, quiere que se le suplique, porque ¿qué diferencia hay entre quien adora y quien pide? Ninguna, ambos están de rodillas. De ahí a la felatio política hay un paso muy pequeño. Hay algo sucio y deplorable en mezclarse con la Administración, és como una claudicación personal. Es reconocer que se es incapaz de algo antes de empezarlo y pedir ayuda al enemigo todopoderoso. Qué falta tan obscena de dignidad hay en una subvención pública.

Compórtense como buenos hijos de la libertad. Sean soberanos de sí mismos, actúen con propiedad y jamás le pidan nada al Estado.

Feliz Navidad.

Y cada vez más lejos

noviembre 3, 2013 § Deja un comentario

Bala de hierro, llegó tu hora. Ochenta mil kilómetros a tu lado, los mismos que hizo contigo mi abuelo. Es Día de Difuntos y me lanzo a la carretera a horcajadas sobre tu montura, que replica en mi cuerpo cada doloroso bache que encuentran tus ruedas. Sólo así se es consciente de que se está conduciendo, porque sientes cada centímetro de asfalto como si el coche fuera una extensión de tu cuerpo.

Es la última vez que salimos de caza. Estás cansado y lo sé. Últimamente tienes que abrevar cada dos o tres días y tengo que llevar una botella de agua en el maletero, por si por puro sediento te da por no moverte. Te faltan cables, bombillas, manguitos y accesorios que nunca supe para qué servían. ¡Pero has seguido andando, imparable y fiel!

La relación que un hombre entabla con su coche -aunque no entienda, como yo, lo más mínimo de mecánica-, es especial, sagrada e individualísima. Sólo él sabe lo que allí ha ocurrido, allí se refugia cuando huye de todo y ni los bares le sirven de escondite, en él ha esperado horas a un amigo o a una chica, allí han sucumbido promesas y nacido desengaños, allí se ha conjurado y allí ha cultivado su virtud. El coche es su unidad mínima de influencia: cuando ya no le dejan mandar en ningún sitio, cuando su voz no cuenta para nada ni nadie, allí sigue siendo el máximo soberano.

Te hemos despedido como merecías. En el Día de Difuntos, con una desconocida, camino de un concierto de blackmetal en un polígono (son los planes que más te gustaron siempre, en los que mejor te has portado; los absurdos, los arrabaleros, los degradantes, los envilecedores) y sonando lo último de Extremoduro. Bala de hierro, llegó tu hora. Ciento sesenta mil kilómetros y cada vez más lejos.

Buñuelos

noviembre 1, 2013 § Deja un comentario

Le pido disculpas, estimado lector, porque no le estoy haciendo el menor caso desde hace meses. Tendría alguna excusa defendible ante usted si hubiera dejado la escritura asistemática de la que se nutre este tipo de páginas, por otra sistemática que me permitiera ir elaborando un libro, aunque fuese con la ridícula constancia de la hormiga que quiere construir una montaña. Pero no es así; los sabemos bien.

De poco puedo quejarme. ¿Acaso es la escritura un requisito para alcanzar algún tipo de grado superior de virtud? No lo es. Es sólo el privilegio de la aristocracia; fuera de ella, es un vicio burgués y una absurda pretensión del vulgo. Sólo es legítima la escritura en la gente llana, como el humilde servidor, si pretende la construcción de algo que conmueva o rendir servicio a una noble empresa. Yo sé desde hace tiempo mis limitaciones para la creación de una obra patética, porque no poseo la audacia de mis artistas más admirados ni dispongo de su ingenio. Puedo, como todos podemos, intentarlo, pero no serían más que grotescos ripios y extravagantes opúsculos sólo encaminados a aliviar mis natural necesidad de autocompasión. Acaso, de alimentar de manera innecesaria y esperpéntica mi vanidad.

¡Pero sí podemos usar la pluma como la espada! Pelear por un mundo más bello, plantar cara a quienes pretendan arrodillarnos, luchar, aunque sea contra todo. Quizá sea ese el camino. Porque hoy podría contar algo, como todos los días. Podría decir que anoche estuve de cervezas en un pub de estilo irlandés y que, después de no sé cuántas Murphy’s, me regalaron una máscara para que me disfrazara de Halloween. Y que me enfadé, porque yo quería ver ayer por la noche Don Juan Tenorio y no pude ir al teatro porque la representación empezaba a las nueve y, porque dio la causalidad de que ayer tuve que terminar varias cosas que había ido dejando y atender a varios clientes, no salí de trabajar hasta las diez de la noche. Y cómo coño iba a ponerme una máscara de fiesta exógena si no había podido cumplir con una tradición endógena. Y que esta mañana he cantado en una Misa, por el gusto de recordar el sonido del gregoriano. Y que después me he ido a comprar huesos de santo. Y que esta tarde, justo al terminar de revisar el libro que recibí ayer, la antología de Ganivet hecha por Luis Rosales, me he puesto a hacer buñuelos (de viento, porque están rellenos de aire, que es de lo que están rellenos los buñuelos españoles). Podría contar cientos de cosas por el estilo, pero salvo para agigantar de manera pecaminosa mi vanidad, de poco sirve.

Y hay que servir. Ya veremos qué hago.

_____________________________________________________________________________

Cuando abro el blog, aparecen directamente las estadísticas. Y como enlace entrante, me ha aparecido un artículo titulado «¿De dónde viene la expresión “echar un polvo”?». Imagine, lector, mi sorpresa. ¿Qué diablos tiene que ver está página con eso? Pues sí, tiene alguna relación.

_____________________________________________________________________________

Bansky habla de La banalidad de la banalidad del mal. ¿Ven a qué me refiero? Hay que lanzar un mensaje. Los buenos, mediante metáforas; los malos, a pelo.

Bansky - La banalidad de la banalidad del mal

«»

La industria de los expertos

septiembre 1, 2013 § Deja un comentario

Moderno siempre,
como la mierda.

(Roberto Bolaño)

Errare humanum est

septiembre 1, 2013 § Deja un comentario

Algo estamos haciendo mal. O algo está mal dentro de algunos colectivos. La lotería ha gozado siempre del beneficio del consenso: al ser depositaria de la ilusión de innumerables personas, nadie se atrevía con ella. Pero en el último mes hemos conocido dos ataques directos contra su publicidad que no pueden causar indiferencia entre quienes lo único que queremos es que nos dejen en paz.

Primero, el PSOE pidió a Hacienda que retirara algunos anuncios de Loterías porque incitan a la «holgazanería» y porque ofrecen una imagen «radicalmente incompatible con el sufrimiento actual de la sociedad española». Parece que no se han enterado de nada. Cuidado, porque en diciembre pueden pedir la retirada de los anuncios relativos a la Navidad si sus protagonistas no viven en la más absoluta indigencia o los Reyes Magos no asisten a Belén con mendrugos mohosos de pan. El odio de la izquierda colectivista hacia el dinero ha sido siempre enfermizo, pero en este caso parece que ni siquiera han leído a su querido Lafargue, que en El derecho a la pereza (cuya última edición española corrió a cargo del desaparecido diario Público) denunciaba que «en vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo». Una cosa es aceptar el deber de trabajar con hispánico estoicismo y otra muy diferente sacralizar este castigo divino. Porque si a quien le toca la lotería, conforme a estas absurdas exigencias del PSOE, se dedica a romperse la espalda, seguramente no podrá hacer aquello para lo que está destinado: hacer que haya flujo económico. Igual que, como decía Aristóteles, para cultivar la virtud hay que tener asegurado el sustento, para crear riqueza hay que tener las manos libres. Escohotado debería tener en cuenta a estos enemigos del comercio para su próximo libro, porque el último número de la revista Science demuestra que la pobreza reduce hasta en trece puntos el cociente intelectual.

Y segundo, la Fundación Mujeres denuncia unos anuncios de Loterías porque -a su parecer- «atenta contra la dignidad de las mujeres y la igualdad de oportunidades». Ya sabíamos que el feminismo perdió el norte muy poco después del primer éxito de las heróicas sufragistas, pero estos excesos son indecentes. Auténticos depreciadores del cuerpo, han perdido todo el sentido del humor, andan obsesionados todo el día con conspiraciones machistas y, lo realmente grave, provocan el pánico entre quienes les hacen un poco de caso, enfrentando al hombre con la mujer por sistema, por si acaso. Porque, como nos dijo a cuarenta y cinco abogados granadinos una malnacida especializada en Violencia hace unos meses, el hombre es un agresor en potencia. La realidad es que provocan el efecto llamada y muestran cómo actuar a los psicópatas. Dicen algunos que esto del efecto llamada en la violencia sobre la mujer es mentira: que vuelvan a sacar, si tan seguros están, que vuelvan a sacar noticias de suicidios, prohibidas por esa misma razón. Hasta Izquierda Unida, en uno de esos ataques de lucidez que le dan de vez en cuando, tuvo que alzar la voz y pedir contención.

Algo está mal. Es mejor no ver la televisión: no pueden censurarte el acceso a algo que no tienes.

Yo (me) acuso…

agosto 9, 2013 § 2 comentarios

ines scheppach

Desplazamos la responsabilidad de nuestras malas decisiones y nuestros actos erróneos -porque así nos lo han enseñado- hacia el Otro, constituído en ente absoluto por medio de una cosificación de lo ajeno, propia de un egoísmo vulgar. Yo renuncio a tal acto de ruindad y asumo mi culpa.

Por eso,

Yo me acuso de desentenderme de los buenos amigos que están lejos y de sustituir las largas cartas mensuales por frases hechas e interjecciones insignificantes en las redes sociales, que mal utilizadas nos erigen en voyeuristas, en sociólogos, en psicópatas. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de querer descansar los fines de semana y no viajar para conocer las bondades y grandezas de mi civilización. Nos han vendido el mito de que es caro: no lo es. Es una obligación que debería adquirir toda persona con afán de conocimiento, todo filósofo. No es extravagante ni excesivo conocer una ciudad europea -¡siquiera española!- cada mes. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de pensar que el teléfono móvil y su demoníaco wasap permiten una comunicación más directa con los seres cercanos, cuando lo cierto es que plastifica las relaciones con una inmediatez que no suple la sana espontaneidad del contacto directo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de arrogarme la posición de ser la única referencia de mi propia formación, encarnándome en mi propio dios sin reconocer la autoridad de mis mayores intelectuales y perdiendo el tiempo en desbrozar el infame campo de la Cultura. De no reconocer la tierna guía de quien anduvo en mi misma dirección antes que yo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de asistir a las ceremonias religiosas como quien va al cine, sin darles la importancia espiritual que tienen los ritos, desvinculando así mi cuerpo del ritmo oculto del mundo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de beber cualquier porquería que me sirven en cualquier antro, sin respetarme y sin hacer caso a mi paladar exquisito; buscando únicamente el olvido desefrenado de la realidad circundante. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de acercarme a las mujeres con ansia animal, no deteniéndome en su grandeza cultural y sin disfrutar del excelso y sofisticado juego del preliminar conocimiento. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de limitarme a la investigación de las ciencias aceptadas por el paradigma newtoniano, obviando la magnitud de las artes ridiculizadas por la oficialidad. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de transigir y ser aquiesciente con quien no llama a la puerta, con quien no baja la tapadera del váter, con quien no da los buenos días. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de aceptar sin reflexión que el trabajo es un castigo, que es la actividad a la que estamos obligados para poder, en los tiempos libres, disfrutar de la vida y realizarnos como personas. De escindir mi vida y realizar como zombi las tareas que me encomiendan con la única esperanza de que llegue pronto la hora de salida, haciendo, así, el mundo un sitio peor para mí y para los demás. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de recibir sin filtros las verdades absolutas con las que los hombrecillos de la llanura, frustrados y hundidos en el cinismo, difaman de la vida. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de darme por vencido, de dejarme caer, de contagiar el derrotismo, de no enfrentarme al mal, de no combatir la fealdad, de encerrarme en internet, de parar todas mis creaciones, de olvidar, de ser arisco, de enmudecer, de ensordecer, de ir desapareciendo poco a poco y convirtiéndome, mientras tanto, en un autómata. De dejar, por tanto, de ser persona. Me comprometo a rectificar.

Granada, a 9 de agosto de 2013.

Luys de Algaida

Alchimia del dolore

junio 23, 2013 § 1 comentario

«El estar en contra de la humanidad parece como que es instintivo en todos los descendientes de Ismael, y, particularmente, en esta rama quijotesca, cuyos caballeros andantes o reformadores a caballo han sido no pocas veces ladrones disfrazados» (Richard Ford, Las cosas de España, p. 211).

Roberto Ferri – Alchimia del dolore

Roberto Ferri – Alchimia del dolore

La autorepresión en busca de la eficiencia social provoca neurosis. Para los inadaptados queda reservada la tortura.

Y, al cabo de tiempo, la esquizofrenia. El trabajador, en el sentido caleidoscópico que le dio Jünger, queda arrollado por una civilización que tiene prisa. Si, además, ese trabajador lo es por cuenta propia, quiere decir que sirve de engranaje para las masas tectónicas que forman la sociedad; y ya su trabajo no sólo tiene que ser constante, también tiene que ser intenso. Entonces, pocas fuerzas le quedan a la persona para ser otra cosa que un ciudadano.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría Ensayo en Algaida.

A %d blogueros les gusta esto: