Cosas sobre barbas

agosto 28, 2014 § Deja un comentario

Hace poco tuve que cortarme la barba por una apuesta. No sé qué me empujó a cometer la imprudencia de jugarme la estética (¡la ética!) en un juego, pero lo cierto -y lo lamentable- es que lo hice y perdí. A cambio, por una segunda apuesta, a la semana siguiente la culpable de mi descañonamiento tuve que afeitarse el lateral de su cabeza. Todo un cráneo previlegiado. Como he estado sinceramente triste durante estos días por haberme quedado sin protección facial, me he puesto a recopilar algunos de los artículos publicados sobre el tema geniano últimamente.

Y aquí están.

The Racially Fraught History of the American Beard (The Atlantic)

La barba: su lado oscuro (El Confidencial)

Tener barba está “cool” pero es más que eso: Superioridad (SDPnoticias)

Jarabo

noviembre 10, 2013 § Deja un comentario

José María Jarabo (003)
«No sé si soy un psicópata o no. Ni me importa. Lo único que sé es que soy el autor de cuatro muertes: dos quizás un poco más justificadas, aunque, en realidad, ninguna puede serlo».
José María Jarabo, icono de la psicopatía como atracción social. Siempre hubo algo de erotismo en la destrucción inteligente.

Yo (me) acuso…

agosto 9, 2013 § 2 comentarios

ines scheppach

Desplazamos la responsabilidad de nuestras malas decisiones y nuestros actos erróneos -porque así nos lo han enseñado- hacia el Otro, constituído en ente absoluto por medio de una cosificación de lo ajeno, propia de un egoísmo vulgar. Yo renuncio a tal acto de ruindad y asumo mi culpa.

Por eso,

Yo me acuso de desentenderme de los buenos amigos que están lejos y de sustituir las largas cartas mensuales por frases hechas e interjecciones insignificantes en las redes sociales, que mal utilizadas nos erigen en voyeuristas, en sociólogos, en psicópatas. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de querer descansar los fines de semana y no viajar para conocer las bondades y grandezas de mi civilización. Nos han vendido el mito de que es caro: no lo es. Es una obligación que debería adquirir toda persona con afán de conocimiento, todo filósofo. No es extravagante ni excesivo conocer una ciudad europea -¡siquiera española!- cada mes. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de pensar que el teléfono móvil y su demoníaco wasap permiten una comunicación más directa con los seres cercanos, cuando lo cierto es que plastifica las relaciones con una inmediatez que no suple la sana espontaneidad del contacto directo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de arrogarme la posición de ser la única referencia de mi propia formación, encarnándome en mi propio dios sin reconocer la autoridad de mis mayores intelectuales y perdiendo el tiempo en desbrozar el infame campo de la Cultura. De no reconocer la tierna guía de quien anduvo en mi misma dirección antes que yo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de asistir a las ceremonias religiosas como quien va al cine, sin darles la importancia espiritual que tienen los ritos, desvinculando así mi cuerpo del ritmo oculto del mundo. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de beber cualquier porquería que me sirven en cualquier antro, sin respetarme y sin hacer caso a mi paladar exquisito; buscando únicamente el olvido desefrenado de la realidad circundante. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de acercarme a las mujeres con ansia animal, no deteniéndome en su grandeza cultural y sin disfrutar del excelso y sofisticado juego del preliminar conocimiento. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de limitarme a la investigación de las ciencias aceptadas por el paradigma newtoniano, obviando la magnitud de las artes ridiculizadas por la oficialidad. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de transigir y ser aquiesciente con quien no llama a la puerta, con quien no baja la tapadera del váter, con quien no da los buenos días. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de aceptar sin reflexión que el trabajo es un castigo, que es la actividad a la que estamos obligados para poder, en los tiempos libres, disfrutar de la vida y realizarnos como personas. De escindir mi vida y realizar como zombi las tareas que me encomiendan con la única esperanza de que llegue pronto la hora de salida, haciendo, así, el mundo un sitio peor para mí y para los demás. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de recibir sin filtros las verdades absolutas con las que los hombrecillos de la llanura, frustrados y hundidos en el cinismo, difaman de la vida. Me comprometo a rectificar.

Yo me acuso de darme por vencido, de dejarme caer, de contagiar el derrotismo, de no enfrentarme al mal, de no combatir la fealdad, de encerrarme en internet, de parar todas mis creaciones, de olvidar, de ser arisco, de enmudecer, de ensordecer, de ir desapareciendo poco a poco y convirtiéndome, mientras tanto, en un autómata. De dejar, por tanto, de ser persona. Me comprometo a rectificar.

Granada, a 9 de agosto de 2013.

Luys de Algaida

Degradante 2

agosto 3, 2013 § Deja un comentario

En propio de una sociedad relativista, que ha perdido el rumbo, confundir el uso para el que están destinadas las cosas y someterse a ellas, subyugando la humanidad a las cosas materiales. Claro ejemplo de ello con las zapatillas de deporte, que son usadas para todo menos para hacer deporte.

Aunque abomino de las discotecas, agujeros infernales donde se practica el cortejo del mandril, hay que reconocer que sus porteros consiguen una depuración estética nada desdeñable, entre otras cosas porque no te dejan entrar con zapatillas de deporte. Aunque es cierto que esos porteros no lo hacen por una excesiva preocupación en que las cosas se hagan bien, los medios son los mismos. Y es que llaman la atención y son una falta de respeto al otro.

Cuando tienes una reunión, y no digamos cuando quedas para tomar un aperitivo o unas copas, y aparece alguien con uno de esas espantosas zapatillas, te da la sensación de que tiene mucha prisa y va a echar a correr en cualquier momento. Por no hablar de la agresividad que desprende, como todo lo relacionado con el deporte.

Otra prenda relacionada con esas actividades animales de sobreexplotación del cuerpo para suplir traumas, es el pantalón corto. Como la mayoría de las degradaciones europeas, su uso se difundió tras la II Guerra Mundial. Hasta entonces, los niños impúberes eran sus exclusivos usuarios. Hoy es habitual ver a señores de más de cuarenta años con dicha ofensa a la decencia; nadie les ha explicado que no queremos ver sus pantorrillas.

Tal y como me expuso con tremenda audacia un viejo amigo -carlista, por cierto, de pura cepa- mientras contemplábamos desde el sofá a su mujer terminando de preparar la cena, una persona no se viste sólo para verse bien o sentirse cómodo. Esa es la mitad del camino. Uno también se viste para los demás, con la obligación de tener especial cuidado en no mover a escándalo, de no insultar su inteligencia, de no resultar desagradables y de estar adecuado para la ocasión.

La ropa es uno de los instrumentos que, sujetos a nuestro control, nos permiten reivindicar y sublimar los logros de tres milenios de cultura europea. Ponerse unas zapatillas de deporte y unos pantalones cortos sólo porque son más cómodos es escupir sobre lo que representamos.

¿Dónde estoy?

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