Cosas de leer

enero 22, 2013 § Deja un comentario

Afirmo con frecuencia -creo que con tanta que resulto algo pesado- que Dios me ama. No como expresión de una cosmovisión fundada en la caridad y en el concepto de la existencia como una realidad bondadosa, ni siquiera de una reflexión teológica. Es sólo una forma de decir que creo en el sagrado caos de la vida; que la experiencia me permite creer con devoción en que cuando una puerta se cierra, otra se abre; y que estoy convencido de la libre asociación de fenómenos reestructura continuamente nuestras vidas, de modo que con un poco de atención, fe y perspicacia las cosas salen bien. Cuando deseas algo, si lo haces con sinceridad, es muy probable que lo consigas. Audaces Fortuna iuvat, decía Virgilio.

Si recuperamos la inocencia de la mirada, ese brillo especial que hay en los ojos de los niños que admiran tantas cosas que para los demás son nimiedadades, tendremos la doble ventaja de disfrutar lo que de otra forma nos pasaría inadvertido y estaremos entendiendo la lengua en la que habla la vida. La vida, sí, esa gran desconocida.

Estas cosas ocurren a diario. Anoche, por ejemplo, se me cruzó en el pensamiento una amiga con la que no hablo desde hace meses. No ocurría nada, sencillamente me acordé de ella y de los buenos ratos que pasamos juntos, así que decidí que la llamaría un día de esta semana. Pues bien, este mismo mediodía me he encontrado con un correo suyo haciendo exactamente eso, retomar el contacto y brindar por los tiempos pasados.

Quizá todo esto es una majadería. Puede. Y que cada uno se conforma con lo que tiene. Pero es que es eso: saber disfrutar de todo. Por ejemplo, de este grupo sueco que he tenido la suerte de descubrir por casualidad, justo cuando estaba a punto de desligarme del punk por hastío y por búsqueda de voces femeninas, que son más comunes en el indie, otro de mis gustos:

Y otra cosa -ya corto- que me acaba de pasar. Dan las once y media de la noche y hace apenas una hora que he llegado a casa de todo el día fuera. Me gusta leer, en el cigarro de la postcena, a tres personas: Salvador Sostres, García Domínguez y Sánchez Dragó. El primero publicó anoche a última hora, el segundo estaba desaparecido y el tercero ayer por la mañana. ¡Iba a quedarme sin ninguna de mis tres lecturas diarias! Es raro que no haya al menos una novedad. Me sirve, entre otras cosas, para despejarme de diez horas de leyes y dos de lectura incómoda -de la que sólo sirve para aprender, no para el deleite-, que suele ser mi horario. Me iba con algo de decepción a la cama y, en un vistazo a Twitter para ver cómo ha ido el día, nada más abrirlo, aparece García Domínguez anunciando que justo en ese instante -no ha podido ser antes porque acababa de comprobarlo- publicaba su último artículo. ¿Se dan cuenta de la pequeñez de la cosa y, al mismo tiempo, la sutileza de la alegría?

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Desprendimiento de lentes en un siglo flamígero

agosto 30, 2012 § Deja un comentario

«Declaro estar completamente opuesto al error
de los modernistas que sostienen que no hay nada divino
en la sagrada tradición».

[Del Juramento antimodernista de Pío X (1910).]

Qué es el esoterismo

octubre 27, 2008 § 1 comentario

Esotérico viene de la palabra griega ἐσωτερικός, en latín, esotericus. Según nos aclara García Bazán, «Esoterikós es un adjetivo formado sobre un tema en grado comparativo (eiso-ter-ikós) que significa literalmente ‘más adentro’ o ‘interior’ (inter-a [=intus]-ior), del mismo modo que exoterikós quiere decir ‘más afuera’ (exo-ter-ikós) o ‘exterior’ (exter-us-ior)».

En lo esotérico descubrimos simpre una serie de características propias: la existencia de un arcano o secreto que hay que conservar y no divulgar; la trasmisión de ese conocimiento a través de la iniciación (aunque desde Julius Evola se discute seriamente este punto de la regularidad iniciática); la relación entre lo oculto y lo visible; y el respeto y estudio de la Naturaleza, que permite la Magia.

Los estudios histórico-filosóficos demuestran el carácter bicéfalo de todas las enseñanzas tradicionales: Aristóteles escribía obras acroamáticas y exotéricas; los pitagóricos distinguían entre saberes acusmáticos y matemáticos; en la India encontramos las upanisad y parisad; tenemos a Hermes Trismegistos, a Platón, al orfismo,…

La característica común es que son doctrinas privadas, no aptas para todos, que debido a su profundidad requieren una regularidad iniciática para su transmisión.

René Guénon, considerando la existencia de una Tradición Primordial de la que el mundo actual sería una degradación, afirma que todas las ramas esotéricas de todas las religiones aspiran a ella, en un movimiento que tiende a lo sincrético de forma natural. Así, para él, las tres religiones de Libro (Judaísmo, Islamismo y Cristianismo), construidas sobre Abraham, que fue iniciado en los conocimientos de esa Sophia Perennis, se unifican y tienen, al cabo de los siglos, la perfecta representación de la unión de los tres esoterismos (Cábala, Sufismo y Gnosticismo, respectivamente) en la Orden del Temple.

Los elementos constitutivos de esta afirmación son, respondiendo a las tres religiones, tres. Más adelante pasaremos a analizar la relación del Temple con cada uno de ellos, pero primero vamos a discernir qué son exactamente.

1. La Cábala

Del hebreo, קבלה  o qabbālāh, «recibir», se refiere a las escrituras posteriores a las mosaicas y es la principal corriente del misticismo judío. En esencia, es el análisis del Árbol de la Vida, tradición que interpreta y da sentido a las Sagradas Escrituras. Es decir, todos los conocimientos recibidos (se excluye el Pentateuco). Sus obras más importantes son el Libro de la Creación o de la Formación (Séfer Yetzirá) y el Zohar («Esplendor»).

Dice el Libro de la Creación que ésta tiene tres atributos: el número, el verbo y la escritura, pero siendo la Palabra el único órgano de acción del Espíritu. Se forma una relación triangular en la que la Palabra ocupa el vértice superior.

Hay dos cábalas especulativas, la simbólica y la dogmática. La primera analiza las Sagradas Escrituras a través de la Gematría (sistema numérico. De aquí procede la relación entre Cábala y Numerología), Notaricón (sistema de acrósticos) y Temurá (que se sirve de la trasposición de letras y palabras). La dogmática busca sentidos ocultos en las escrituras.

Al fin y al cabo, se trata de una «ciencia» que nos dará un manual explicativo sobre el mecanismo del mundo y sobre cómo intervenir en él. La forma de hacerlo es volviendo a ser el Hombre del Paraíso y, de ahí, ascender el Árbol de la Vida, con sus diez esferas (hay que pasar por nueve Sefirots, hasta la Corona, a la que se llega por la Sabiduría y el Entendimiento) y sus veintidós caminos, que se corresponden con las veintidós letras del alfabeto hebreo.

2. El Sufismo

El sufí (según la RAE, del árabe ṣūfī, derivado de ṣūf, lana, por ser de ella sus hábitos), es el seguidor del esoterismo islámico. Se toma como Camino del Corazón y su objetivo es Dios. Aunque se han dado numerosas definiciones, atendiendo a lo que cada cual entiende por él, podemos concretar, con el místico iranio Algazel (siglos XI y XII), que es la cumbre de todas las ciencias islámicas (la filosofía islámica –falsafa-, la jurisprudencia –fiqh-, la teología –kalām-, la cosmovisión –‘aqida– y la exégesis coránica –tafsir-), un camino de Conocimiento y una vía práctica y experimental. Es decir, un proceso en el que los conocimientos y los estados del alma deben ser saboreados (dawq) y experimentados para conocer a Dios en todas sus manifestaciones: en el universo, en las criaturas, en los seres humanos y sobre todo en la propia alma (nafs), depositaria del secreto (sirr) del Espíritu (ruh).

El sufismo fue definido por el Dr. Javad Nurbakhsh en ¿Qué es el sufismo? como «un camino hacia la Realidad Absoluta, cuya fuerza motivante es el amor, y los medios que se aplican son el continuo recuerdo de Dios (zekr) y la vida en un estado de estabilidad en cualquier circunstancia; el objetivo de este camino es Dios».

En él, el faqir (pobreza espiritual) se convierte en morid, discípulo, de un morãd o maestro espiritual. Al entrar en los círculos sufíes se considera que el aprendiz nace de nuevo, pues la iniciación es un segundo nacimiento. Antes de ello deberá estar en la primera etapa de la Tariqat, la escuela de espiritualidad, un máximo de entre siete y doce años en los que aprenderá a tener fe absoluta en su maestro y a purificar su espíritu.

Hay cuatro estapas de purificación en el sufismo: Tajlieh, o liberación del ego, Taylieh, o pulimento, Tahlieh, u ornamentación, y Faná, o la aniquilación del ego.

A continuación tiene lugar la formación en las virtudes, para lo que el discípulo cuenta sus sueños al maestro, que los interpreta y ayuda al morid. Cuando el maestro considera que puede ser iniciado, se le permite el uso del zekr, que es la repetición metódica de una serie de nombres ocultos de Dios.

La Senda culmina con la integración del místico sufí en la comunidad, consiguiendo mantener sus cualidades ascéticas en medio del mundo.

La tradición musulmana identifica el Monte del Templo o Santuario Noble (lugar en el que Abraham ofreció a su hijo en sacrificio y del Primero y Segundo Templo, construido por Salomón, uno, y por los judíos que volvieron del exilio, una vez derruido, otro) como el lugar desde el cual el profeta Mahoma, acompañado por el arcángel san Gabriel, realizó la travesía nocturna hacia el Trono de Dios. Hoy se levantan allí el «santuario más alejado» (masjid al-aksa), la Mezquita de Al-Aqsa, y la Cúpula de la Roca.

3. El Gnosticismo

Gnosticismo es la consecuencia de añadir el sufijo –ismo a gnóstico (del latín gnostĭcus, y este del griego γνωστικός). Según la RAE, se trata de una «Doctrina filosófica y religiosa de los primeros siglos de la Iglesia, mezcla de la cristiana con creencias judaicas y orientales, que se dividió en varias sectas y pretendía tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas». Estas creencias orientales son las provenientes de Grecia, Persia, Egipto, Siria, Asia Menor, etcétera, que el gnosticismo (recordemos que al final son los seguidores de la gnosis, el conocimiento absoluto e intuitivo de los misterios) recogió para complementar al Cristianismo, principalmente, durante los primeros siglos después de Cristo.

No estaban estructurados, sino que se trataba de diversas sectas dispersas por Oriente. A ellos se deben infinidad de evangelios apócrifos en los que plasmaban su doctrina. El Libro Secreto de Juan, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de Tomás,… El conocimiento de esas verdades trascendentes, trasmitidas a los iniciados, era suficiente para producir la salvación, por lo que no era necesaria la práctica de una moral, tal y como propugnaba la ortodoxia católica.

El gnosticismo, por cierto, se refiere al conocimiento por observación o experiencia, y no al que se adquiere por la reflexión o la ciencia, el racional. Las verdades que trasmiten a sus iniciados serían, entonces, las que Jesús, una vez resucitado pero no ascendido a los cielos, habría revelado a sus discípulos para su conservación y trasmisión. Mientras los ortodoxos imitaban a Cristo y llegaban a Dios por él, los gnósticos buscaban la luz en su interior.

Esta gnosis tenía como eje la dualidad del mundo (sentaron, con el pitagorismo platónico, las bases del maniqueísmo agustiniano), separando materia y espíritu, y calificando a uno como fuente del mal y a otro como perfección.

El mundo sería creado, entonces, por un Demiurgo (Yahvé) malvado nacido del Ser Supremo (Dios), bueno, del que todos participan en cuanto que el alma de cada uno tiene carácter divino. El mundo se estructura en tres partes: Dios, espíritu perfecto, Espíritu Santo; los iniciados, en los que predomina el espíritu; y los demás humanos, en los que predomina la materia.
El cuerpo es malo en tanto que por él penetran los demonios en nosotros. Se llega a acusarlo de «prisión», «cadáver», «demonio devorador» o «compañero indeseable».

Defendían, además, la teoría del Cuerpo aparente de Cristo, porque Dios no pudo hacerse materia. Jesús era espíritu que aparentaba ser materia, tal y como afirmaban los herejes docetistas.

Al fin y a la postre, los gnósticos desaparecieron de forma oficial después del siglo II de nuestra era, aunque algunos grupos, «iglesias», mantuvieron viva esa espiritualidad. El Temple pudo recuperar parte de su modus vivendi, así como diversas órdenes posteriores, pero siempre desde un punto de vista utilitario y desde la Iglesia Católica.

Dado su profundo individualismo y su incapacidad para organizarse en algo más que capillas aldeanas, terminaron siendo absorbidos por una estructura que contaba con el apoyo militar de un Imperio y con la  práctica depuración de los innumerables textos, con lo que el dogma contaba ya con textos oficiales y únicos para todo el pueblo religioso. Los gnósticos, mientras tanto, seguían con distintas teorías y textos sagrados según las iglesias a las que se llegaba. Fue la desorganización y la sana espontaneidad la que destruyó cualquier posibilidad de futuro para los primeros creyentes en Cristo, llamado «el Ungido».

El tiempo y lo sagrado

abril 5, 2008 § Deja un comentario

Uno de los misterios que más ha intrigado a nuestra especie es el del tiempo. ¿Qué es el tiempo? El hombre siempre ha pretendido acotarlo cuantitativamente mediante distintos sistemas de medición. Por ejemplo, el Sistema Internacional de Unidades establece que el segundo es la unidad de tiempo básica, que en su origen es la 86.400 ava parte del día solar medio. En general, nuestra percepción del tiempo viene determinada por el Sol y por lo sagrado. Si tenemos en cuenta que el Sol ha sido considerado e identificado siempre como ente divino o sagrado, todo cobra más sentido. Así, tenemos a Ra en Egipto, a Helios en Grecia, a Inti en los incas, al arcángel San Miguel usando al Sol como morada, a Surya entre los vedas o la religión del Sol Invictus en Roma.

El nivel de medición más relevante para la Historia es el de los años: el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol. Los primeros en descubrir el año fueron los egipcios, que tenían un año compuesto por doce meses de treinta días, 360 días, más cinco días extra, los epagómenos, en los que nacían los dioses Horus, Osiris, Isis, Seth y Neftis. Como se ve, a la referencia solar se le añade la religiosa, o se utiliza la religión para que lo civil se amolde a lo científico. No es la primera ni la última vez en la Historia.

Para los niveles inferiores también se le tiene de referencia, aunque en principio con sentido más práctico que sagrado. Algo lógico, dado que se trabajaba con él y se descansaba en su ausencia, pero aun así esto se llevaba al plano de lo mágico, agradeciéndole al Sol su luz con fiestas como la inca del Inty Raymi o el culto solar de la religión de Mitra que tenía lugar el 25 de diciembre.

En el caso de no usar el Sol como referencia concreta, sino solo general –determina cuánto dura el día, pero no las horas-, la medición del tiempo sigue teniendo lo sagrado como parámetro. En la Edad Media, la Europa cristiana se rigió durante algún tiempo por las horas canónicas, que contaban los ocho rezos que debían hacerse a lo largo del día: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.

Acotar el tiempo solo es útil cuando además se puede establecer el momento exacto de algo, cuando se ha ordenado el tiempo de forma que podamos decir que tal cosa pasó en determinado momento, pudiendo decir exactamente cuál. El cómputo de horas comienza con el día, el de los días con los meses y este con los años. Pero para los años no hay un punto de partida. Si bien el resto de la organización del tiempo es cíclica, puesto que comienza y termina constantemente (las horas se repiten todos los días, por ejemplo), el nivel temporal de los años es lineal. Tiene un punto de partida, el inicio de los días, y no tiene previsto un fin.

Hay que aclarar que el cómputo de años también ha sido relativamente cíclico en algunas épocas. El calendario helénico comenzaba el cómputo cada cuatro años, momento en que se celebraban unas Olimpiadas, si bien en el nombre se decía qué número de Olimpiada era. El 2008 coincidiría con el año tercero de la sexcentésima nonagésima séptima olimpiada. Y el calendario maya comienza una y otra vez, por lo que una fecha se da hoy, pero se dio en el pasado y se dará en el futuro, aunque es harto improbable que siga siendo usado. El presente ciclo comenzó el 11 de agosto del 3114 a. C., y terminará el 21 de diciembre del 2012 d. C., fecha tomada por algunos como la del fin del mundo.

El problema surge llegado el momento de establecer qué se escoge como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional  y  trascendental  para  la  civilización,  de  forma  que  esté como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional y trascendental para la civilización, de forma que esté completamente justificado marcarlo como génesis de la era en curso.

El calendario romano cuenta ab urbe conditia, desde la fundación de la ciudad. El calendario gregoriano se basa en el nacimiento de Jesucristo, según los cálculos de Dionisio el Exiguo, dando origen a la Era Cristiana. El ya mencionado calendario helénico –o uno de ellos, pues se usaron varios- tiene como punto de partida las Olimpíadas, siendo estas unas fiestas religiosas, con numerosos sacrificios y ofrendas a Zeus y a Pélope. El calendario egipcio venía determinado por las distintas dinastías, marcando el comienzo de cada ciclo con la instauración de un nuevo linaje; en Egipto los reyes eran considerados descendientes de los dioses. El calendario hebreo empieza con la Génesis del mundo, que según ellos tuvo lugar el 7 de octubre de 3761 ANE, por lo que ahora están en el año 5769. En cambio, los mayas se rigen completamente por el Sol, dado que sus ciclos corresponden a ciclos solares.

Hayamos también ejemplos curiosos, como el de los masones, que suman 4000 años al de la Era Cristiana (estamos en el Año de la Luz 6008); el de los esotéricos hitlerianos, que utilizan el nacimiento de Hitler, el 20 de abril de 1889, como principio (estamos en el 119 después de Hitler); el calendario republicano francés, en uso oficial de 1792 al 10 de nivoso del año XIV (1 de enero de 1806); o el utilizado de forma paralela al de la Era Cristiana por la España de Franco, que dató los años desde 1936 como Año Triunfal y desde 1939 como Año de la Victoria (1939 fue el III Año Triunfal y Año de la Victoria), si bien cayó en desuso tan pronto como se cambió el fervor revolucionario por el entusiasmo reaccionario.

Todos tienen como punto de partida un acontecimiento sagrado. El primer día de cada Era está determinado por la religiosidad popular o por lo que el poder estima como el culto recto para el pueblo. Es una forma de introducir en la mentalidad popular verdades interesadas, y es una forma por la que la misma comunidad manifiesta sus sentimientos, aquello que más importancia tiene: lo que para ella es sagrado.

El hombre post cristiano, marcado en ocasiones por un laicismo pseudomasónico, está cambiando poco a poco la Era Cristiana por Nuestra Era. Deja de usar el antes y después de Cristo por el antes y de Nuestra Era. ¿Indica esto que el Cristianismo está dejando de ser la fuerza más influyente del mundo? ¿O es simplemente un intento de borrar nuestra propia Historia? Decía Abel Posse que «la Historia demuestra que Occidente periódicamente se rebela contra su raíz judeocristiana». Pero, ¿hasta qué punto es una rebelión, lógica por otra parte, el hecho de dejar de usar la Era Cristiana?

No es más que un modernismo, y eso para mí siempre es negativo. Hemos llegado a un punto en el que la Historia se ha parado, ha terminado. No hay proyectos en común más allá de los económicos. ¿Qué sentido tiene la cronología? ¿Realmente importa? En el proceso de desacralización general a que estamos sometidos se pretende eliminar también todo rastro de las religiones, sean cuales sean. Solo se deja espacio para la religión del consumismo y para aquello que se limite a ser una filosofía de vida, pero haciéndoles prescindir de lo que de trascendental al hombre tengan.

Por ello, el mundo no puede tener de referencia un hecho «sagrado». Podrá tener, en todo caso, la conciencia de que se está viviendo en una Era, pero sin saber cuál ni por qué nació.

Hace unos días yo reclamé el uso de la Era Hispánica en paralelo a la Era Cristiana, y lo vuelvo a hacer, porque aquel fue un momento sagrado, en el que nació un nuevo tiempo para nuestra tierra. Mas no debe dejar de usarse la Era Cristiana. Aun siendo una sola batalla, es parte de la guerra. Incluso quien no siendo cristiano asuma el concepto de lo sagrado y su importancia para que la comunidad, en este caso básicamente la de Europa, no termine de perderse por los caminos de la homogeneización internacional, debe defender su empleo.

Pero esto solo lo entenderán quienes, incluso sin creer en dios alguno, entre un creyente en Dios y un creyente en la materia, siempre escogen, sin dudar, al primero.

Era hispánica

marzo 4, 2008 § 1 comentario

Como muchos podrán sospechar, la actual forma de contar los años no ha existido siempre. Para nosotros, el año 1 coincide con el que el monje Dionisio «el Exiguo» estimó como el de la fecha del nacimiento del tótem de toda una civilización, Jesús «el Ungido», vulgo Jesucristo. Pero esto solo podía tenerse en cuenta después de su nacimiento y en las zonas de influencia directa del Cristianismo.

La cronología se establece en función del origen de una sociedad, de ciclos solares, de lo que se considera como el principio del mundo, o de cualquier otra circunstancia lo suficientemente relevante como para situar en ella el punto de referencia para el cómputo del tiempo.

En lo que todavía no era España, sino la Hispania romana, el año uno se estableció en el año 38 antes de Cristo. Se hizo así por decreto del emperador Octavio Augusto, que consiguió la definitiva pacificación oficial de la Península Ibérica en aquel momento. Corría para ellos el 716 ab urbe conditio; es decir, desde la fundación de Roma.

Aquella cronología, que nacía de la incorporación de los íberos al mundo más avanzado de entonces, se llamó Aera Hispanica, la Era Hispánica, y mantuvo su vigencia a lo largo de los siglos, si bien su uso no se generalizó hasta el siglo III después de Cristo (como indican ciertas inscripciones en Asturias), y su alcance llegó hasta la zona meridional de la Galia y el norte de África.

En la Hispania invadida por los musulmanes su influencia se limitó a las zonas de resistencia, sobre todo gracias al pueblo visigodo, que la usó como forma de entroncarse con la tradición hispanorromana. Daba así identidad común a cuantos luchaban contra el visitante árabe, y fue astutamente utilizado por un pueblo recién llegado -solo que esta vez eran blancos y del norte- para integrarse con los naturales tras ser expulsados de sus antiguas posesiones. Los demás pueblos pasaron a usar la Hégira, o calendario musulmán, habiendo casos de inscripciones que hacen las delicias de quienes propugnan un supuesto «crisol de razas», pues tenían doble datación: según la Era Hispánica y según la Hégira.

La España visigoda continuó usando la Era Hispánica incluso cuando el emperador Carlomagno impuso el uso de la Era Cristiana a toda Europa en el 801 d. C. Solo dejó de usarse algunos siglos después, como fruto de la definitiva cristianización de las Españas (la Iglesia prohibió el uso de la Era Hispánica en Cataluña en el año 1180 d. C.) y para facilitar la integración en Europa.

Parece ser que el último reino en abandonarla fue Portugal, en 1422 y por orden del rey Juan I, haciéndolo el resto en el siglo XIV. Por supuesto, el abandono decisivo fue el de siempre omnipotente Castilla, donde las Cortes de Segovia decidieron en el 1421 de la Era Hispánica que oficialmente estaban en 1383 después de Cristo.

En solidaridad con quienes quieren huir de la pesadez del mundo actual; comprendiendo a cuantos están cansados del vertiginoso devenir de la Modernidad; contagiados de la desconfianza a cuanto viene en nombre del progreso y la felicidad mundial; y siendo fieles al espíritu de una Comuna de los Desheredados bohemia, ácrata, quintacolumnista, kafkiana y balumbesca, reivindicamos su uso. No ya como forma de superación del Cristianismo, como pueden argüir maliciosamente algunos; para eso quedan todavía muchos años. Lo hacemos, en primer lugar, como forma de reconocer la importancia de la fecha que inicia la cronología, pues marca el auténtico inicio de la última civilización ibérica, que es la nuestra y la de nuestros padres.

Y, chovinismos aparte, que siempre son odiosos y detestables, pretendemos para nuestra comunidad una forma diferente de enfrentar la vida de la que hasta hoy, y desde hace ya unos siglos, impera.

¡Expósitos, a mí! ¡Y viva la vesania ibérica!

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