Llamamiento geniano

[Redactado en octubre de 2010, dentro del opúsculo Gloria eterna a Pan. Ver también Dos notas sobre el Llamamiento geniano.]

Estás ante un Llamamiento que puede adolecer del carácter del grito: peligran la articulación y la inteligibilidad de su contenido. Pero no es lastimero ni alarmante, no consiste en un vozarrón escandalizado ni en una proclama agresiva; es una proclama personalísima, y allá quien lo suscriba.

Presupuestos

1.- En la familia de los erinaceidos, subfamilia de los erinaceínos, nos encontramos con un mamífero insectívoro: el erizo. Cuerpo rechoncho, extremidades cortas, peligrosamente recubierto de púas. Mala vista y excelente oído, mejor olfato. Ellos también prefieren la música al cuadro. En realidad omnívoros, pasan en el invierno por períodos de letargo prolongados, que sólo interrumpen para comer.
El erizo es en general un animal solitario; a los de su especio los atrae embadurnándose el cuerpo con saliva, a los enemigos los repele encerrándose en su carcasa de pinchos. Con unos permanece lo que dura la cópula, con otros lo que tarda en retirarse el agresor.
Mantiene las distancias con todos. Utiliza sus púas como Hércules y los cínicos utilizaban sus báculos, como el campesino su bastón: para mantener alejadas a las fieras, a lo ajeno indeseado, y como apoyo en el quehacer y el devenir.
No hay por tanto una natural sociabilidad en la que encuentre beneficio ni provecho. Sería ridículamente artificial procurársela.

2.- No encontramos en la zoología filosófica (donde habitan el perro desvergonzado, el pollo/bípedo implume, el burrito de carga, la paloma de pies ligeros, el águila solar,…), a pesar de sus posibilidades, ningún ejemplo preclaro del erizo como animal totémico.

3.- El acto fundador de Duchamp reencarnó la belleza, le dio cobijo de nuevo en el cuerpo después de siglos de peregrinaje metafísico hacia el ideal nunca alcanzado.
Pero, hoy, el hedonismo vulgarizado convierte al individuo en espacio publicitario y escaparate de una moda inoculada en él a través de sus co-societarios (en relación sinalógica entre ellos) y de los centros creativos de la necesidad del producto (publicidad).
No hay por tanto una manifestación real en el revestimiento del cuerpo de unos impulsos sanos y directos de su intelecto. Y como todo tiende al Uno -en economía, mercado monopolístico-, e incluso el capitalismo tiene sus arquetipos (introducidos a presión en el inconsciente colectivo a través de la «tele-realidad», verbigracia la parrilla televisiva, reality show), la Persona futura es físicamente un andrógino que, para remarcar su vulgaridad, mentalmente es un machista o una feminista, respectivamente.

4.- Cualquier desvoluptuosización del cuerpo es un crimen. Y su conversión en modelo ejemplarizante y didáctico es el culmen de un proceso mercantilista del que forman parte la castidad castradora, la monogamia cuasicélibe, el deporte profesionalizado, la prostitución acomplejada y los desfiles de modelos. Mercado económico o afectivo. Economía, al fin y al cabo.

Contento principal

Nosotros, los genianos, reclamamos al erizo como emblema legítimo. No nos asusta el esteticismo contemporáneo: todo consiste en aparentar, en fingir (ay, las rameras), transmitir algo que no es. Más allá del utilitarismo estético, sumando, nosotros mantenemos las distancias con una apariencia misántropa.
Superamos el sentimiento de grupo, disolvente definitivo del individuo. Que nos tachen de egoístas, a nosotros que entendemos la amistad en su sentido más excelso. Sabemos que el bien común es una justificación externa; que la razón de Estado es una excusa para incumplir lo que el Estado asegura; que el castigo es la permisión del mal para hacer el bien.
El grupo ha traído las peores desgracias a la humanidad. Ni sentimiento de clase, ni nacional, ni generacional. Hecatombes: he visto a las mejores mentes destrozadas… ¡por el fanatismo gregario!
Ante tamaño atropello de la individualidad, no cabe sino encerrarnos más en nosotros, para alcanzar así la proyección que ilumine a quienes nos rodean en la geografía afectiva de la amistad. No cabe el «todos», sino la sucesión de «túes» reconocidos, elegidos, alejados, acercados o expulsados por el Yo central.

La manifestación corporal del ericismo la encontramos en la barba. La cara hirsuta, desprestigiada hoy por la rasuración metrosexualista, representa una lucha contra el grupo, un mecanismo de defensa contra el mimoseo, el cariño infantiloide y el apasionamiento vulgar.
Todas las agresiones penetran a través de la carne, hasta el alma. El erizo protege ésta encerrando aquélla entre sus púas. Se asegura que sólo se acercará a él quien lo quiera realmente por él, a pesar de los pinchazos. No es carne de presa, porque la aritmética de los placeres impide elegirlo como caza.
Así actúa la barba. En un mundo en el que no encontraremos más agresiones que las sociales, con ella basta. Es un repelente magnífico de sanguijuelas.
El erizo -el barbado- parece en ocasiones frío, inaccesible e insensible. Hasta causa rechazo por pecar de fealdad según el canon, pero a los inmunes al Pensamiento Único no les importará. Sólo ante quien a él interesa (cálculo emocional, tensión equilibrada entre placer y displacer) se muestra accesible, adopta la postura que permite entrar a él (la cara conveniente de una ética poliédrica y estética).

Hay otras razones para ser geniano. Sin desarropar por ello a las nacientes teorías de la sexualidad -cómo no pensar en lo queer-, creemos que hay que revirilizar al hombre. No es sólo un tema cultural: la mujer no tiene barba, no podría tenerla más que en errores naturales o manipulaciones científicas.
En la mitología europea no ha sobrevivido un Lingam hindú (advocación de Siva en forma de miembro viril; Príapo -griego-, Frey -nórdico- y Mutunus -romano- están enterrados bajo dos milenios de…) que apueste por la fuerza reproductora y creadora -generadora- masculina. El feminismo lleva en tierras occidentales más de lo que algunas piensan. Por suerte, empero, algo cercano queda en los actuales Dionisos y Pan, que además tenían (tienen) barbas proverbiales.
Puesto que la explotación fálica devendría en desórdenes poco adecuados para la paz personal (serenidad. Prudencia, prudencia, prudencia, caute!), el cultivo de la pelambrera en las fauces parece lo más oportuno y adecuado a nuestro objetivo.

Los asirios la consideraban atributo sagrado, para los árabes tocarla irreverentemente es una afrenta grave, los paganos la rasuraban durante el luto,… Incluso los egipcios, que gustaban del afeitado aceitoso, se las ponían postizas para los rituales. Pero hay ciertos pueblos que difieren en sus tradiciones. Los hebreos, lo dice el Levítico, sólo descuidan la cara en duelo: quieren alejarse de lo animal que hay en ellos; curiosamente, los romanos comenzaron a afeitarse en el siglo II, coincidiendo con cierto ascenso en sus estructuras socio-políticas.
Hay otros grandes ataques a la barba en los últimos quinientos años. El primero, en 1576, cuando san Carlos Borromeo, cardenal recién desbarbado y vergonzante que cristianizó hasta límites histéricos el catolicismo, dicta De barba radenda, un cúmulo de disparates que eliminó la barba de los eremitas y otros enclaustrados católicos. Tan enemigo de la voluptuosidad fue el santo, que hasta su cuerpo se niega a descomponerse y permanece incorrupto en una cripta de la catedral de Milán. Y el segundo viene del primer Borbón que dejó ver sus cuernos diabólicos en Iberia: Felipe V. Suya es la culpa, que ya es deuda familiar, de que en nuestra tierra desaparecieran en favor de las afrancesadas pelucas con perfume -¡qué diría Recaredo!- y otras mariconerías, siempre cercanas a la más vulgar y malentendida androginia.
No calificaremos de ataque, si alguien está al tanto, los jocosos comentarios de Schopenhauer al respecto; compartimos sus motivos. Debía estar confuso, porque sus patillas no eran cortas.
Es sabido que lo barbudo vuelve con las épocas clasicistas. Mientras, la depilación total deja de ser marca femenina para convertirse en símbolo absoluto de una decadencia estética, de la asepsia sexual y de la inevitable tendencia del placer corporal a desaparecer en un mundo con los receptores eróticos atrofiados por hiperestimulados (por un modelo de producción «farmacopornográfico»; zas).

Sea por Borromeo o por los reyes afrancesados, se nos presenta un futuro incierto. Los carilampiños gobernarán la tierra en pocas décadas y expulsarán a los barbiespesos al submundo de la indecencia estética, primer paso para la condena ética. Ya lo están haciendo.
Volverán con ello los tiempos oscuros, las décadas en que el Imperio Romano, que por la sangría constante de tropas tenía que nutrirse de imberbes muchachos que aún no podían afeitarse, cayó con furia nunca vista sobre los bárbaros germanos, de largas y espesas barbas (de ahí -¿nadie lo ha dicho aún?- su nombre). La envidia de los jovenzuelos romanos, provenientes de la alta burguesía en plena decadencia espiritual, hacía que se aplicaran con saña en devanar cabezas de paganos, que aún se mantenían fieles a sus tradiciones y cultivaban interesantes artes.
Todo era cuestión de economía del tiempo. Lo que los sofisticados metropolitanos dedicaban a sus afeites, aceites y rasuraciones corporales, los lúdicos aldeanos lo empleaban en conversar, leer, beber, conocer y bailar. Fiestas dionisíacas, juergas pánicas.
Así, en la misma Roma y al cabo de poco, se despreciaba a las gentes con barbas, acusándolas de ir contra la moda, de no dedicar tiempo al culto al cuerpo y de recordar con su ostentación la inferioridad intelectual que sus burguesitos acomodados demostraron en la guerra contra los peludos del norte.

¡Embarbecéos, hijos de Dioniso, camaradas errantes de Pan! Que sea con barba corrida, cerrada o de chivo, desembocad barbiluengos o barbicortos, pero nunca os dejéis descañonar la cara. Pensad en que en ello se os va la potencia multiactiva. Mesad vuestras barbas y ¡arriba la pilosidad!

¡Barbados del mundo, uníos!

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§ 3 respuestas a Llamamiento geniano

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