La iluminación terrorista

febrero 10, 2012 § 3 comentarios

Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos.
Hesíodo, Teogonía

[Artículo destinado, en octubre de 2011, al primer número de una prometedora revista que, lamentablemente y por causas que -si soy sincero- desconozco, no se decide a salir a la calle.]

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Lo importante cuando se va a hablar de cualquier cosa es que las partes estén -o se pongan- de acuerdo en el significado de los términos que van a usarse. No puede ser que yo empiece a hablar de terrorismo y unos piensen que hablo de grupos como ETA (Francisco José Alcaraz), otros del feminismo (Henry Makow) y aún otros de la OTAN (Vicenzo Vinciguerra). (Añado esto en enero de 2012: para algunos, como Chomsky, la OTAN era mala hasta que invadió Libia. Entonces, el magno progre decidió que los del Tratado Atlántico eran poco menos que un ejército de salvación.) « Leer el resto de esta entrada »

Qué es el esoterismo

octubre 27, 2008 § 1 comentario

Esotérico viene de la palabra griega ἐσωτερικός, en latín, esotericus. Según nos aclara García Bazán, «Esoterikós es un adjetivo formado sobre un tema en grado comparativo (eiso-ter-ikós) que significa literalmente ‘más adentro’ o ‘interior’ (inter-a [=intus]-ior), del mismo modo que exoterikós quiere decir ‘más afuera’ (exo-ter-ikós) o ‘exterior’ (exter-us-ior)».

En lo esotérico descubrimos simpre una serie de características propias: la existencia de un arcano o secreto que hay que conservar y no divulgar; la trasmisión de ese conocimiento a través de la iniciación (aunque desde Julius Evola se discute seriamente este punto de la regularidad iniciática); la relación entre lo oculto y lo visible; y el respeto y estudio de la Naturaleza, que permite la Magia.

Los estudios histórico-filosóficos demuestran el carácter bicéfalo de todas las enseñanzas tradicionales: Aristóteles escribía obras acroamáticas y exotéricas; los pitagóricos distinguían entre saberes acusmáticos y matemáticos; en la India encontramos las upanisad y parisad; tenemos a Hermes Trismegistos, a Platón, al orfismo,…

La característica común es que son doctrinas privadas, no aptas para todos, que debido a su profundidad requieren una regularidad iniciática para su transmisión.

René Guénon, considerando la existencia de una Tradición Primordial de la que el mundo actual sería una degradación, afirma que todas las ramas esotéricas de todas las religiones aspiran a ella, en un movimiento que tiende a lo sincrético de forma natural. Así, para él, las tres religiones de Libro (Judaísmo, Islamismo y Cristianismo), construidas sobre Abraham, que fue iniciado en los conocimientos de esa Sophia Perennis, se unifican y tienen, al cabo de los siglos, la perfecta representación de la unión de los tres esoterismos (Cábala, Sufismo y Gnosticismo, respectivamente) en la Orden del Temple.

Los elementos constitutivos de esta afirmación son, respondiendo a las tres religiones, tres. Más adelante pasaremos a analizar la relación del Temple con cada uno de ellos, pero primero vamos a discernir qué son exactamente.

1. La Cábala

Del hebreo, קבלה  o qabbālāh, «recibir», se refiere a las escrituras posteriores a las mosaicas y es la principal corriente del misticismo judío. En esencia, es el análisis del Árbol de la Vida, tradición que interpreta y da sentido a las Sagradas Escrituras. Es decir, todos los conocimientos recibidos (se excluye el Pentateuco). Sus obras más importantes son el Libro de la Creación o de la Formación (Séfer Yetzirá) y el Zohar («Esplendor»).

Dice el Libro de la Creación que ésta tiene tres atributos: el número, el verbo y la escritura, pero siendo la Palabra el único órgano de acción del Espíritu. Se forma una relación triangular en la que la Palabra ocupa el vértice superior.

Hay dos cábalas especulativas, la simbólica y la dogmática. La primera analiza las Sagradas Escrituras a través de la Gematría (sistema numérico. De aquí procede la relación entre Cábala y Numerología), Notaricón (sistema de acrósticos) y Temurá (que se sirve de la trasposición de letras y palabras). La dogmática busca sentidos ocultos en las escrituras.

Al fin y al cabo, se trata de una «ciencia» que nos dará un manual explicativo sobre el mecanismo del mundo y sobre cómo intervenir en él. La forma de hacerlo es volviendo a ser el Hombre del Paraíso y, de ahí, ascender el Árbol de la Vida, con sus diez esferas (hay que pasar por nueve Sefirots, hasta la Corona, a la que se llega por la Sabiduría y el Entendimiento) y sus veintidós caminos, que se corresponden con las veintidós letras del alfabeto hebreo.

2. El Sufismo

El sufí (según la RAE, del árabe ṣūfī, derivado de ṣūf, lana, por ser de ella sus hábitos), es el seguidor del esoterismo islámico. Se toma como Camino del Corazón y su objetivo es Dios. Aunque se han dado numerosas definiciones, atendiendo a lo que cada cual entiende por él, podemos concretar, con el místico iranio Algazel (siglos XI y XII), que es la cumbre de todas las ciencias islámicas (la filosofía islámica –falsafa-, la jurisprudencia –fiqh-, la teología –kalām-, la cosmovisión –‘aqida– y la exégesis coránica –tafsir-), un camino de Conocimiento y una vía práctica y experimental. Es decir, un proceso en el que los conocimientos y los estados del alma deben ser saboreados (dawq) y experimentados para conocer a Dios en todas sus manifestaciones: en el universo, en las criaturas, en los seres humanos y sobre todo en la propia alma (nafs), depositaria del secreto (sirr) del Espíritu (ruh).

El sufismo fue definido por el Dr. Javad Nurbakhsh en ¿Qué es el sufismo? como «un camino hacia la Realidad Absoluta, cuya fuerza motivante es el amor, y los medios que se aplican son el continuo recuerdo de Dios (zekr) y la vida en un estado de estabilidad en cualquier circunstancia; el objetivo de este camino es Dios».

En él, el faqir (pobreza espiritual) se convierte en morid, discípulo, de un morãd o maestro espiritual. Al entrar en los círculos sufíes se considera que el aprendiz nace de nuevo, pues la iniciación es un segundo nacimiento. Antes de ello deberá estar en la primera etapa de la Tariqat, la escuela de espiritualidad, un máximo de entre siete y doce años en los que aprenderá a tener fe absoluta en su maestro y a purificar su espíritu.

Hay cuatro estapas de purificación en el sufismo: Tajlieh, o liberación del ego, Taylieh, o pulimento, Tahlieh, u ornamentación, y Faná, o la aniquilación del ego.

A continuación tiene lugar la formación en las virtudes, para lo que el discípulo cuenta sus sueños al maestro, que los interpreta y ayuda al morid. Cuando el maestro considera que puede ser iniciado, se le permite el uso del zekr, que es la repetición metódica de una serie de nombres ocultos de Dios.

La Senda culmina con la integración del místico sufí en la comunidad, consiguiendo mantener sus cualidades ascéticas en medio del mundo.

La tradición musulmana identifica el Monte del Templo o Santuario Noble (lugar en el que Abraham ofreció a su hijo en sacrificio y del Primero y Segundo Templo, construido por Salomón, uno, y por los judíos que volvieron del exilio, una vez derruido, otro) como el lugar desde el cual el profeta Mahoma, acompañado por el arcángel san Gabriel, realizó la travesía nocturna hacia el Trono de Dios. Hoy se levantan allí el «santuario más alejado» (masjid al-aksa), la Mezquita de Al-Aqsa, y la Cúpula de la Roca.

3. El Gnosticismo

Gnosticismo es la consecuencia de añadir el sufijo –ismo a gnóstico (del latín gnostĭcus, y este del griego γνωστικός). Según la RAE, se trata de una «Doctrina filosófica y religiosa de los primeros siglos de la Iglesia, mezcla de la cristiana con creencias judaicas y orientales, que se dividió en varias sectas y pretendía tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas». Estas creencias orientales son las provenientes de Grecia, Persia, Egipto, Siria, Asia Menor, etcétera, que el gnosticismo (recordemos que al final son los seguidores de la gnosis, el conocimiento absoluto e intuitivo de los misterios) recogió para complementar al Cristianismo, principalmente, durante los primeros siglos después de Cristo.

No estaban estructurados, sino que se trataba de diversas sectas dispersas por Oriente. A ellos se deben infinidad de evangelios apócrifos en los que plasmaban su doctrina. El Libro Secreto de Juan, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de Tomás,… El conocimiento de esas verdades trascendentes, trasmitidas a los iniciados, era suficiente para producir la salvación, por lo que no era necesaria la práctica de una moral, tal y como propugnaba la ortodoxia católica.

El gnosticismo, por cierto, se refiere al conocimiento por observación o experiencia, y no al que se adquiere por la reflexión o la ciencia, el racional. Las verdades que trasmiten a sus iniciados serían, entonces, las que Jesús, una vez resucitado pero no ascendido a los cielos, habría revelado a sus discípulos para su conservación y trasmisión. Mientras los ortodoxos imitaban a Cristo y llegaban a Dios por él, los gnósticos buscaban la luz en su interior.

Esta gnosis tenía como eje la dualidad del mundo (sentaron, con el pitagorismo platónico, las bases del maniqueísmo agustiniano), separando materia y espíritu, y calificando a uno como fuente del mal y a otro como perfección.

El mundo sería creado, entonces, por un Demiurgo (Yahvé) malvado nacido del Ser Supremo (Dios), bueno, del que todos participan en cuanto que el alma de cada uno tiene carácter divino. El mundo se estructura en tres partes: Dios, espíritu perfecto, Espíritu Santo; los iniciados, en los que predomina el espíritu; y los demás humanos, en los que predomina la materia.
El cuerpo es malo en tanto que por él penetran los demonios en nosotros. Se llega a acusarlo de «prisión», «cadáver», «demonio devorador» o «compañero indeseable».

Defendían, además, la teoría del Cuerpo aparente de Cristo, porque Dios no pudo hacerse materia. Jesús era espíritu que aparentaba ser materia, tal y como afirmaban los herejes docetistas.

Al fin y a la postre, los gnósticos desaparecieron de forma oficial después del siglo II de nuestra era, aunque algunos grupos, «iglesias», mantuvieron viva esa espiritualidad. El Temple pudo recuperar parte de su modus vivendi, así como diversas órdenes posteriores, pero siempre desde un punto de vista utilitario y desde la Iglesia Católica.

Dado su profundo individualismo y su incapacidad para organizarse en algo más que capillas aldeanas, terminaron siendo absorbidos por una estructura que contaba con el apoyo militar de un Imperio y con la  práctica depuración de los innumerables textos, con lo que el dogma contaba ya con textos oficiales y únicos para todo el pueblo religioso. Los gnósticos, mientras tanto, seguían con distintas teorías y textos sagrados según las iglesias a las que se llegaba. Fue la desorganización y la sana espontaneidad la que destruyó cualquier posibilidad de futuro para los primeros creyentes en Cristo, llamado «el Ungido».

Nietzsche. Aproximación al amor

marzo 21, 2008 § 3 comentarios

El amor…se ha escrito sobre él más que de cualquier otro sentimiento, y casi siempre desde el punto de vista de lo románticamente ridículo y decadente. Hay poemas, novelas, películas, canciones, obras de teatro, danzas, refranes, ritos,… Toda una colección de adornos para algo que ha sido muy pocas veces pensado como tal, en sí mismo, calibrando su capacidad y potenciales.

Nietzsche…un filósofo heterodoxo que se enfrentó a todo lo anterior, que renegaba de la herencia platónica, que deconstruyó el Cristianismo desde su misma base, que recogió el pensamiento más inverosímil y antiguo que había sobre la tierra; un filósofo, en fin, que quiso dudar de todo -y lo hizo de verdad- para rehacer con una dialéctica aplastante el sentido del Ser. Trata el amor como fuerza del hombre y no como mero estado físico o psicológico. A pesar de llevar más de un siglo a la sombra de un ciprés mantiene plena vigencia en esta era decadente y apadrina a los jóvenes filósofos que, como él, no comulgan con la idiotez.

«Lo que se hace por amor siempre acontece más allá del bien y del mal», sentencia en 1886. Pero, ¿qué deja ver con esta afirmación?

En primer lugar, hay aclarar qué debemos entender por amor cuando leemos a Nietzsche. «”Amor” es el sentimiento de la propiedad o de aquello que nosotros queremos convenir en propiedad nuestra». Es una voluntad de poder, frente al sentimiento de carencia que puedan darle algunos. No es un movimiento hacia lo que falta, hacia lo que no somos o hacia lo que se nos ha cercenado, sino un deseo de poseer completamente y, además, en exclusividad. Está basado en un hecho positivo -voluntad, tenencia-, no negativo -nostalgia, lamento, deseo de lo imposible-.

Vemos, por tanto, la clara distinción entre el amor como voluntad y el amor como pasión, siendo este último una patología psicológica. Lejos del estoicismo, él mantiene que el hombre es antes voluntad de ser que instinto de supervivencia, que es antes un ser pensante que pasional.

Amar es dominar, o el deseo de dominar si aun no se ha hecho. Deja atrás también el concepto platónico de la falta de algo y consiguiente aspiración a ello -o la mera contemplación- para hablar de amor como fuerza creadora y potencia humana independiente, porque dominar conlleva transformar algo en otra cosa. En este caso, adaptándolo a uno mismo, a lo que uno desea. La voluntad de poder solo puede venir acompañada de manejabilidad y amoldamiento a quien posee, y así el amor es poseer a la otra persona de forma que su aportación a la relación sea exactamente lo que el otro necesita.

Como toda acción de poseer, amar causa hastío. Cansa, en la medida en que ya se posee lo que antes se deseaba poseer. La voluntad de poder ha sido sustituida por un poseer…

«Poco a poco nos sentimos hartos de lo viejo, de lo que poseemos con seguridad, y tendemos las manos nuevamente. Aún el más bello paisaje no puede mantener ya con garantía nuestro amor por él, después de haber vivido allí tres meses, y nuestro deseo se ve atraído por alguna costa lejana» (La gaya ciencia).

Esto, para nuestro autor, es positivo, porque engendra, además del hastío, una nueva voluntad de poder, un querer poseer nuevo que nos fortalece.

En cuanto a la idea de la intemporalidad del amor, incluso de su eternidad, hay que hacer algunas puntualizaciones.

Para Nietzsche, el amor es resultado de azar. Comienza y termina porque sí, sin determinismos ni destinos. Lo que lo mantiene vivo, amén de ese querer dominar y amoldar, son el desconocimiento mutuo y el infantil juego de mantenerlo alejado de la vida cotidiana. Es decir, la innovación es el alimento del amor. Es un recomenzar diario por el que nunca se puede caer en el cansancio. La rutina mata al amor.

Aún así, hay dos excepciones. La primera es la del «suprahombre», al que hay que amar y anhelar por cuestiones que no vienen aquí al caso. Y la segunda es la de la amistad. «Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su sufrimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campaña: así es como más útil le serás», dice en Así habló Zaratustra, libro en el que también nos aconseja: «el hombre del conocimiento no solo tiene que saber amar a sus enemigos, tiene también que saber odiar a sus amigos». Algo ciertamente inquietante, pero que no deja dudas: amar a los amigos está bien, pero esto no debe perdernos, porque toda persona es susceptible de decepcionar («lo que me entristece no es que me hayas mentido, sino que ya nunca más podré confiar en ti»). Amar al amigo no quita ser crítico con él, así como odiar al enemigo no quita saber reconocer sus virtudes. Ni bien ni mal absolutos, cada persona es en sí misma (o debería ser) un nuevo orden de valores y siempre se puede (o siempre se debería poder) aprender de ella.

Como se ve, se ama lo cercano, lo que efectivamente va a permitir ser dominado. Sin embargo, el «amor al prójimo», al desconocido, la filantropía, es una demostración de decadencia: «vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos». He aquí un párrafo de Ecce Homo:

«Mis experiencias me dan derecho a desconfiar en general de los llamados impulsos “desinteresados”, de todo el “amor al prójimo”, siempre dispuesto a dar consejos y a intervenir. Los considero en sí como debilidad, como caso particular de incapacidad para resistir a los estímulos, -sólo entre los decadentes se califica de virtud a la compasión».

Para él, por tanto, el más dañoso de los vicios, como aventuró ya en El Anticristo, es la compasión para con los débiles, es decir, el Cristianismo. Ante todo, porque imposibilita la evolución natural, la selección. Los compasivos se confunden con la plebe; sus hábitos provocan malos modales, hacen perder el pudor,…

Todo esto imposibilita la voluntad de poder, y no es amor. Este, en cambio, existe en tanto que existe el amor a uno mismo. «Ámate a ti mismo y así te amarán los demás», porque el amor como voluntad de poder provoca sed de suprahombre y eso es elevar el espíritu («vosotros miráis hacia arriba cuando buscáis elevación, yo miro hacia abajo, porque estoy elevado»).

Para terminar, vemos el matiz que el amor experimenta según quién lo sienta. La mujer lo transforma en su creencia, por lo que la fidelidad queda incluida en ella. Quiere ser poseída y, por tanto, «alguien que tome, que no se entregue a sí mismo ni se abandone». El hombre, en cambio, está hecho para tener y es lo opuesto a la mujer. «El hombre que ama como mujer se convierte en esclavo», porque no está hecho para la exclusiva dedicación. Bien puede darse la situación contraria, que cada uno asuma al rol contrario, pero «si ambos renunciaran a sí mismos por amor, entonces surgiría de allí – pues bien, yo no sé qué cosa, ¿tal vez un espacio vacío?».

P. S.: me encuentro en una antigua revista (Voluntad, nº1, de 1930) un fragmento que bien encaja con lo aquí dicho:

«De tal suerte coincidieron aquí las más altas especulaciones filosóficas y el práctico sentido de la raza, que, en términos castizos y vulgares, son sinónimos la voluntad y el afecto, el querer y el amar. Para el pueblo español, teólogo hasta la médula de sus huesos, voluntad quiere decir juntamente inclinación y movimiento, potencia y acto, deseo y obra, apetito y gozo, albedrío y complacencia, operación y virtud, asimilando por instinto, cuando no por reflexión, el querer y el hacer, la actividad y el sentimiento, conforme al refrán castellano: obras son amores, y no buenas razones, y de acuerdo también con la más sana filosofía, que pone el amor en los dominios de la voluntad.»

Con qué razón escribía Ángel Ganivet «sobre la sabiduría y la madurez del pueblo que, aun ignorante, es más sabio que el docto». Y es que en las mismas palabras, a través de su origen etimológico y del significado que han adquirido a lo largo de los siglos, queda recogido todo el saber filosófico de quien las forma. Es decir, del pueblo llano.

Va por ellos.

Era hispánica

marzo 4, 2008 § 1 comentario

Como muchos podrán sospechar, la actual forma de contar los años no ha existido siempre. Para nosotros, el año 1 coincide con el que el monje Dionisio «el Exiguo» estimó como el de la fecha del nacimiento del tótem de toda una civilización, Jesús «el Ungido», vulgo Jesucristo. Pero esto solo podía tenerse en cuenta después de su nacimiento y en las zonas de influencia directa del Cristianismo.

La cronología se establece en función del origen de una sociedad, de ciclos solares, de lo que se considera como el principio del mundo, o de cualquier otra circunstancia lo suficientemente relevante como para situar en ella el punto de referencia para el cómputo del tiempo.

En lo que todavía no era España, sino la Hispania romana, el año uno se estableció en el año 38 antes de Cristo. Se hizo así por decreto del emperador Octavio Augusto, que consiguió la definitiva pacificación oficial de la Península Ibérica en aquel momento. Corría para ellos el 716 ab urbe conditio; es decir, desde la fundación de Roma.

Aquella cronología, que nacía de la incorporación de los íberos al mundo más avanzado de entonces, se llamó Aera Hispanica, la Era Hispánica, y mantuvo su vigencia a lo largo de los siglos, si bien su uso no se generalizó hasta el siglo III después de Cristo (como indican ciertas inscripciones en Asturias), y su alcance llegó hasta la zona meridional de la Galia y el norte de África.

En la Hispania invadida por los musulmanes su influencia se limitó a las zonas de resistencia, sobre todo gracias al pueblo visigodo, que la usó como forma de entroncarse con la tradición hispanorromana. Daba así identidad común a cuantos luchaban contra el visitante árabe, y fue astutamente utilizado por un pueblo recién llegado -solo que esta vez eran blancos y del norte- para integrarse con los naturales tras ser expulsados de sus antiguas posesiones. Los demás pueblos pasaron a usar la Hégira, o calendario musulmán, habiendo casos de inscripciones que hacen las delicias de quienes propugnan un supuesto «crisol de razas», pues tenían doble datación: según la Era Hispánica y según la Hégira.

La España visigoda continuó usando la Era Hispánica incluso cuando el emperador Carlomagno impuso el uso de la Era Cristiana a toda Europa en el 801 d. C. Solo dejó de usarse algunos siglos después, como fruto de la definitiva cristianización de las Españas (la Iglesia prohibió el uso de la Era Hispánica en Cataluña en el año 1180 d. C.) y para facilitar la integración en Europa.

Parece ser que el último reino en abandonarla fue Portugal, en 1422 y por orden del rey Juan I, haciéndolo el resto en el siglo XIV. Por supuesto, el abandono decisivo fue el de siempre omnipotente Castilla, donde las Cortes de Segovia decidieron en el 1421 de la Era Hispánica que oficialmente estaban en 1383 después de Cristo.

En solidaridad con quienes quieren huir de la pesadez del mundo actual; comprendiendo a cuantos están cansados del vertiginoso devenir de la Modernidad; contagiados de la desconfianza a cuanto viene en nombre del progreso y la felicidad mundial; y siendo fieles al espíritu de una Comuna de los Desheredados bohemia, ácrata, quintacolumnista, kafkiana y balumbesca, reivindicamos su uso. No ya como forma de superación del Cristianismo, como pueden argüir maliciosamente algunos; para eso quedan todavía muchos años. Lo hacemos, en primer lugar, como forma de reconocer la importancia de la fecha que inicia la cronología, pues marca el auténtico inicio de la última civilización ibérica, que es la nuestra y la de nuestros padres.

Y, chovinismos aparte, que siempre son odiosos y detestables, pretendemos para nuestra comunidad una forma diferente de enfrentar la vida de la que hasta hoy, y desde hace ya unos siglos, impera.

¡Expósitos, a mí! ¡Y viva la vesania ibérica!

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