El mal y la corrupción

enero 19, 2013 § 4 comentarios

A propósito de todo esto de la corrupción, el mal endémico del régimen y la canallesca casta política, he recordado un párrafo que tenía anotado de Slajov Žižek en Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales.

«Es como si la auténtica comunidad sólo fuese posible en condiciones de amenaza permanente, en un estado constante de emergencia. Esta amenaza es orquestada, como se nos muestra, de la manera más “totalitaria” por el círculo interior, los “mayores” de la misma comunidad […] El mal en sí mismo debe redoblarse: el mal “real” de la desintegración social tardocapitalista debe transferirse al mal arcaico mágico-mítico de los “monstruos”. El mal es una parte del círculo interior mismo: es imaginado por sus miembros. Parece que volvamos aquí, junto con G. K. Chesterton, a El hombre que fue jueves, donde la máxima autoridad policial es la misma persona que el supercriminal, que libra una batalla contra sí mismo. De un modo protohegeliano, la amenaza externa contra la cual lucha la comunidad es su propia esencia inherente».

Tiene mucho que ver con aquello de que el Régimen no está corrupto, sino que el Régimen consiste en la corrupción. No obstante, gran parte de la sociedad con conciencia política sólo se moviliza cuando es la parte del Régimen que no le gusta (a la que quiere desplazar por considerarla contraria a sus valores esenciales, que no son las leyes fundamentales -la Constitución de 1978-, sino la etérea idea de la democracia misma) a la que pillan con las manos en el dinero ajeno. Es importante destacarlo porque la balanza está absolutamente desequilibrada. ¿Cuántos casos de corrupción ha destapado El País relativos al PSOE? ¿Cuánto caso le hizo a los ERE falsos? Y sin embargo, la mayor y más potencialmente desestabilizadora trama para el PP la ha destapado El Mundo.

Como no podía ser de otra forma, la ultraizquierda se ha lanzado a la calle a protestar y cercar la sede de Génova 13. Aquí se demuestra de nuevo el desequilibrio, la falta de posible entendimiento por la disparidad de medios de lucha. La derecha, por sensatez no exenta de mojigatería, se limita a leer los medios y compartir la información. Eso le basta, porque está convencida de que en una sociedad civiliada no hace falta más. No estamos sometidos a grandes mass media, cada cual lee lo que quiere y si unos tienen éxito y otros no, es -a pesar de las injustas intervenciones públicas vía subvenciones o vista gorda- por la relevancia de sus noticias y la cantidad de personas que comulgan con su modo de exponerlas. Y la izquierda, por complejo de superioridad no exento de chabacanería, en seguida coge la pancarta, la cacerola y el silbato, corta una calle y, en mímesis ilustrada del episodio bíblico de las trompetas de Jericó, espera que su incivismo logre hacer caer lo que se tercie en ese momento. Pero la historia reciente nos ha demostrado que han caído muchos más indeseables a golpe de titular que por los puños en alto de la calle.

El peón de partido, sobre todos los inconscientes que se creen a la izquierda de la izquierda y que en realidad son guardias de la porra en los aledaños del PSOE, todavía piensa que los políticos le hacen caso a la calle. Su ingenuidad, su candidez es tal, que están convencidos de que no pueden soportar los gritos que les llevan desde fuera. No se dan cuenta de que sus despachos están insonorizados y de que, contemplados desde la planta noble del edificio del partido, la muchedumbre que hay abajo vocferando es insignificante. Al menos, mientras no supere en número a los votantes que tuvo en las últimas elecciones.

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