Yo en la orilla

agosto 7, 2012 § 2 comentarios

Asomado al balcón agustiniano de mi espíritu, la playa representa todo lo que odio. Es un suplicio placentero que no logra exaltar mi ánimo, confunde mis sentidos y me sume en una soporífera siesta permanente.

No tengo memoria de qué sentía de pequeño, pero supongo que disfrutaba en mi infantil inocencia de todo ese regreso cíclico a la matriz representado a la perfección por la fotosíntesis en la arena húmeda y ardiente, el romper de las olas agresivas, la atracción hipnótica por el peligro, los revolcones ante la insensatez y la vuelta temerosa a la orilla. Lo que sí recuerdo a la perfección es que cuando descubrí la verdad de la mar, cuando aprecié los peligros de su inmensidad y la grandeza de su fertilidad (que podría interpretarse secundum Mishima), empecé a detestar la costumbre borbónica de acudir a la insolación ritual de cada verano. Y que cuando me acerqué a él por vez primera después de esa caída del caballo, me arrodillé ante las olas calmas del Mediterráneo, mojé la punta de los dedos anular e índice de mi mano derecha en el agua y me persigné con reverencial respeto, pidiéndole perdón por la profanación que ibamos a cometer. No me parece otra cosa, eso de bañarse y chapotear en la playa. Yo no lo hago nunca, excepto una vez en que pude disfrutar de una cala vacía y una luna llena en compañía de la exotérica pero sugestiva E. Todos hacemos idioteces por una mujer. Pero la única manera de bañarse sin perder la decencia es embarcar y quedar a merced de la pericia de quien esté al timón y la bravura divina de la mar; sólo en esas circunstancias, báñese quien quiera.

San Sebastián, la ciudad más aristocrática de España, conoce bien los secretos playeros: los donostiarras de sangre vieja jamás bajan por las escaleras del paseo marítimo. ¿Para qué están los balnearios? Se parece a la distancia con la que miramos los granadinos de estirpe a la Sierra Helada. Dejamos la excursión ociosa y el esquí para los nazis y los neoburgueses, nosotros la tratamos como un cuadro excelso. O se trabaja, o se contempla.

Tomar el sol, por otra parte, es la costumbre más horrendamente burguesa que se ha propagado en Europa hasta la invención de los spa domésticos. Se puso de moda -y cuando algo está de moda es siempre sospechoso- para que los nuevos señoritos perdis, esos que tan bien retrata Drieu La Rochelle en Burguesía soñadora, aparentaran ser lo que no eran: trabajadores en sus colonias de vagos bebedores de vermú. Fuera de esos abúlicos fingimientos de rebeldía, el trabajo manual ha sido siempre -para esa casta- señal inequívoca de zafiedad y rudeza. La tensión entre los cánones de belleza y el binomio moreno / tez blanquecina se invirtió a medida que la agricultura desaparecía de Occidente y se construían los campos de concentración de oficinistas. Ahora el que luce bronceado es el haragán.

Pero hay un aspecto que sobrepasa los límites de la sagrada estética, más allá de las faltas de respeto a los caballos desbocados de Poseidón, la desagradable viscosidad arenácea y la incómoda tostación de la piel: los contínuos atentados contra el erotismo. Dice una cita apócrifa de Coco Chanel que es mejor sugerir que enseñar. Es probable que sea la sangre almogávar -«me gusta lo difícil»- la que me inspira desconfianza hacia una costumbre que se me antoja obscena y, más que otra cosa, hipócrita. Y es que personas que apenas un mes antes te hubiesen abofeteado por espiarlas en ropa interior viven ahí en el despelote y el lucimiento cárnico sin escrúpulos. Sin dejar nada a la imaginación, sin poder jugar con la tensión voluptuosa del desnudo progresivo y sin intención individualizada en la muestra de las virtudes físicas, lo que antes era sexo se convierte en bestialismo y la seducción se torna exhibición. Es decir, desaparece la civilización en las relaciones humanas.

No es extraño que haya quien busque playas bajo los adoquines de las plazas. Sin rondas ni ayuntamientos exquisitos, todo es animalidad lumpemburguesa.

Pierre Drieu La Rochelle divaga frente a su muerte

marzo 6, 2012 § 1 comentario

Al final pienso que tenía razón
-todo el absurdo tinglado del poder,
el cuchillo implacable de la inteligencia,
las sórdidas, políticas palabras,
los arañados proyectos imposibles-,
sí, tenía razón ese día. Me acuerdo bien
cuando pensé, echado junto a ella,
que lo único real era una buena puta,
una piel cálida, unos labios silenciosos, unas manos expertas,
en aquel burdel, cerca de Neuilly, al amanecer.
Por eso, porque creo que tenía razón, soy más culpable
-libros, declaraciones, ideas, lealtades,
el secreto de todo, el revés de la nada-,
cuánto tiempo perdido para llegar a esto,
para recordar, ya sin solución, sus largos muslos,
el sabor espeso de su boca, los rozados pezones.
Llegaba una luz gris sobre la cama,
sobre su culo memorable, inmóvil,
sí, tenía razón, aquella puta
cuyo nombre nunca supe o tal vez he olvidado,
el humo de un cigarrillo, eso es todo, yo tenía razón,
y si no la tenía, ¿qué importa ahora?

Poema de Juan Luis Panero en Los trucos de la muerte. Drieu La Rochelle (1893-1945) es uno de los olvidados de la literatura europea. Fue uno de los grandes novelistas franceses, hasta el punto de que algunos lo hemos comparado con Proust. Traigo este poema porque me han dado el aviso de que el enlace que había puesto a una web sobre su obra está roto y la página ha desaparecido; la verdad es que era un magnífico archivo en francés y probablemente el único que había más o menos completo sobre su persona. Desconozco las causas de la pérdida, pero he recordado los momentos tan agradables que he pasado con sus relatos y con sus novelas, especialmente con Burguesía soñadora y Gilles, y me he visto en la necesidad de rendirle un pequeño homenaje.

Hasta cierto punto con él ocurre lo mismo que con Céline, con la diferencia de que, aunque también se suicidó, fue colaboracionista y un pesimista de tomo y lomo, no ha labrado fama de maldito. Y sin malditismo no hay posteridad. No la labró porque no lo era: fue un simple artista, un escritor de factura excelente que optó por la república de Vichy como otra media Francia. Hace un par de años escribí un breve prólogo para Estado civil, dentro de la colección El Jardín Errante, en el que entre otras cosas decía que:

En la última carta que le escribió a su hermano Jean reconocía que «de no haber tenido estas tres o cuatro pequeñas enfermedades y el miedo a ser relegado a ciertos trabajos subalternos, me habría alistado en las Waffen SS». […] Sin embargo, era un fascista extraño. No dudó en proteger a judíos con la ocupación alemana y se defendía sin ambigüedad alguna. «No creo contradicción alguna en ello. Acaso la contradicción de los sentimientos individuales y de las ideas generales es el principio mismo de toda humanidad. Se es humano en la medida en que le hacemos trampas a nuestros dogmas». Se alejó mucho del «fascismo» ultraderechista, de Hitler y del primer Mussolini. […] En Exordio, documento preparado para la hipotética defensa ante un juzgado, declaraba ser un internacionalista, sendero ideologico por el que hacer ver su europeísmo aglutinante. Jamás cedió en un pensamiento que tuviera como propio. Sí, en cambio, avanzó. Al principio utilizaba el fascismo como forma occidental del socialismo (idea repetida en Ledesma, por ejemplo), y en sus últimos días, consciente de que el destino ya estaba trazado, se desentendió de la política (tras reconocer que el fracaso del fascismo por no haber podido devenir en verdadero socialismo) y se concentró en el ascetismo. Abrazó la mística para, ya en la nube, entrar a formar parte de «la cofradía de los suicidas», que, para él, «finalmente, es una noble cofradía». […] Su procedencia burguesa condicionó su producción, puesto que la lucha constante de su vida sería la de huir y liberarse, precisamente, de esos orígenes. Por ello parte de un desarraigo y busca de algún modo reestablecer los lazos con la comunidad. Estado civil es un audaz estudio del sentido de pertenencia al grupo. La maestría con que utiliza la psicología da crédito a un escrito híbrido; lo que tiene de relato, lo aporta también de ensayo.

No tiene la fuerza de Céline o Ezra Pound, pero sí la magistral destreza de Hamsun. Todos nazis, dirán. Bah, a un siglo vista, son palabrejas. La Acracia de las Letras no entiende de política. ¿Qué pasa con ellos? Pecan de sectarismo quienes quieren mandar sus libros a la hoguera por cómo pensaron o qué hicieron. Si de repudiar a pérfidos se tratara, si todo esto fuese de expulsar a los pecadores del paraíso, las estanterías de las librerías se quedarían con Chesterton y CS Lewis. Todos los demás han sido un hatajo de cabrones; si no lo hubiesen sido, no habría historia de la literatura. Drieu se limitó a escribir sus historias y, de vez en cuando, algunas cosas como La juventud europea o Socialismo fascista, papeles en los que rompe con la dinámica burguesa a la que él mismo pertenece pero también con el aburguesamiento de los demás fascistas franceses e italianos. Heterodoxo con ellos como antes con los surrealistas o con las revistas culturales de vanguardia.

Con su obra y sobre todo con él, con el Drieu persona, aprendemos la grandeza del yo. Vivió con intensidad y con conciencia de sí, abriendo un camino propio en el camino de las masas. Fue consciente de que estaba predeterminado e hizo suya la máxima nietzscheana del amor fati. Hasta el extremo de que, en términos shakespeareanos, fue «uno de esos hombres ante quienes la Naturaleza puede alzarse y decir: «¡He aquí un Hombre!»».

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