Ellos trajeron putas a Eleusis (5)

marzo 9, 2013 § 1 comentario

Todo el mundo sabe que los cubanos se van de paseo a USA en balsas de plástico porque les gusta mucho el mar.

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Algunos grupos indie fuerzan tanto la voz aguda que si los oyes mucho acabas con dolor de garganta.

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«Prosiguiendo a Marx y anunciando a Marcuse, Wilhelm Reich denuncia que al trabajar encarnizadamente los hombres pierden su verdadera vida».

«[Para Reich] en un mundo dominado por el trabajo, la vida y la libertad acaban por no tener sentido». Hay que tener la cara muy dura.

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@Pontifex no me ha hecho caso y no ha colgado su libro gratis. Pero tengo que decir algo a pesar de no leerlo, porque ya lo habéis repetido bastante. Los Reyes Magos NO podían venir de Tartessos porque ésta desapareció en el VI aC. A no ser que hicieran un viaje de seis siglos. Ahí el pensamiento mágico de cada uno.

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Tengo a La Habitación Roja entre mis grupos favoritos de pop moderno. Pero la libertad de expresión está por encima. Muy por encima. Lo mismo me dan Killer Sorpresa que Berri Txarrak o Brams. Incluso Fran Perea. Libertad artística. Si coartas el derecho de un grupo de música a tocar donde le contraten, acabas metiéndote en las conversaciones de bar que no gustan.

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75 años de alcohol y caradura. Por lo visto, la entrevista del Borbón ha sido como la psiquiatría: diagnósticos sintomáticos. De las causas, ni puta idea. Pues que mal está todo. Hay paro. La gente no cree en la política. Y blablabla. (Léase con tono gutural de fanfarronería borbónica).

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Había un dicho que decía Necessitas non habet legem. Siempre ha sido la excusa de los totalitarios.

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Cuantas más leyes incumples, más policía provocas que haya. Lo decía Thoreau. Que algo sabía del tema.

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O yo soy un desalmado o los medios se pasan un pelín con la crónica negra. Que lo siento mucho y qué desgracia, pero lo conmovedor no implica importancia en la noticia.

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Que sepáis que Sánchez Dragó está enganchado a Mad Men. « Leer el resto de esta entrada »

Huelga de basura

enero 11, 2013 § Deja un comentario

En Granada hay huelga de basura. Los señoritos basureros, porque lo son y muy privilegiados, han decidido que ahora no van a trabajar. La causa me da igual: los señoritos basureros están dejando la ciudad hecha unos zorros, con montones de mierda por todas las esquinas y en cada rincón susceptible de ser receptáculo de bolsas sobrantes de los contenedores. Que hagan huelga también me daría igual si estuviésemos en unas condiciones de contratación normales, pero resulta que estos señoritos bien están cobrando una pasta en virtud de una concesión pública a la mafia de Inagra. Concesión que no ha variado desde 1985, año de su fundación.

Digo que no me importaría la huelga. No, porque sería tan sencillo como cambiar de empresa con resolución de contrato por incumplimiento. Es sencillo: estamos pagando un precio y no se está recogiendo la basura. Las huelgas que las vean los trabajadores con su empresario, no conmigo ni con las náuseas que siento al pasear por determinadas calles. Pero ay, ciudadano ingenuo, resulta que hablamos de tasas obligatorias, de contratación obligatoria y de sometimiento obligatorio. No hay más remedio que aceptarlo: el Ayuntamiento gestiona por nosotros lo que quiere. Y como toda Administración, como todo el Estado, después es incapaz de asegurar la prestación de los servicios. Tan inepto es, que tiene un Ejército dispuesto a todo y sólo lo lleva de paseo para humillar a negros de África llevándoles comida.

Todo nos iría mejor si cada asociación vecinal puediera gestionar el tratamiento de sus residuos. Valgan las tablas de aplicación de tasas que usa el Consistorio, pero limítese su alcance al barrio o al distrito. Pocas empresas -desde 1985, sólo una- puede competir por la concesión de limpiar toda una ciudad, pero ya verán lo que pasa cuando los contratos sean para quince o veinte calles. Se pegarán tortas, mejorarán el servicio y las huelgas las harán en sus malditas casas.

Anarquistas (1) Los dujobores y los Hijos de la Libertad

noviembre 3, 2012 § Deja un comentario

Peter ‘Lordly’ Verigin

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Lo cierto es que, más que un movimiento político, los primeros dujobores fueron un grupo religioso. Pero no es cosa extraña, pues la línea que separa la religión de la política es tan estrecha que cuando intentan desligarse una de otra caen en contradicciones sin remedio.

Los dujobores (en ruso, Духоборы) son los «luchadores del espíritu». Aunque los primeros datos de actividad dujobori nos vienen de mediados del siglo XVIII, parece que esta corriente religiosa empezó mucho antes, probablemente a raíz de la reforma de Nikon. El «Patriarca de Moscú y de todas las Rusias» llevó a cabo una transformación en 1654, reescribiendo los libros sagrados, cambiando cánones e incrementando la intervención del Estado en asuntos eclesiásticos, con tal de acercar la Iglesia ortodoxa rusa a la griega. En aquel momento provocó un pequeño cisma, declarándose en rebeldía los «Viejos Creyentes» o raskolniki (acabarían emigrando a Argentina, los pobres), que además de quemar en la hoguera a sus enemigos observaban una estricta prohibición del alcohol, el tabaco y la rasuración de la barba. Ya entonces existían entre ellos esos que se decían, simplemente, «Gente de Dios» o  «cristianos espirituales».

Hasta finales del siglo XVIII no podemos hablar de un grupo organizado y definido en términos políticos y religiosos. El primer dujobor del que se tiene constancia es Silvan Kolesnikov, que predicó por pueblos de la actual Ucrania en los años 70. Se caracterizaban, fundamentalmene, por rechazar toda autoridad estatal y eclesiástica. Eran antimilitaristas, no creían en los sacramentos, desautorizaban a los sacerdotes, no consideraban a la Biblia como revelación divina, negaban cualquier legitimidad al Gobierno y pensaban que Dios estaba dentro de cada uno, que era donde había que buscar las respuestas. Su simbología religiosa se reducía a la trinidad formada por un platillo con sal, una barra de pan y una jarra de agua: lo imprescindible para sobrevivir. Como puede comprenderse, su oposición al Estado y a la Iglesia ortodoxa conllevó una persecución completa contra ellos, que tuvieron que huir sucesivamente a Finlandia, las islas Solovetsky, Estonia, Siberia,…

No obstante, hay que hacer un paréntesis en 1802. No todo fue persecución. El zar Alejandro I intentó alejar a los dujobores de los ortodoxos rusos y los envió al limán del Molochna, una región en la costa noroeste del mar de Azov en la que les prometió cuarenta acres a cada familia (cómo no recordar lo de cuarenta acres y una mula…), un préstamo de cien rublos sin intereses y cinco años sin impuestos. Como no podía ser de otra manera, empezaron a salir dujobores de los lugares más insospechados. De pronto, todos eran dujobores que habían sido perseguidos y querían reencontrarse con su gente. Allí aparecieron oficiales, criminales exiliados, prisioneros, desertores, gitanos, tártaros,… E hicieron algo difícil la vida dujobori. El Gobierno, por su parte, se arrepintió pronto de aquella amnistía y en los cuarenta del XIX los mandó a Georgia.

En aquel periplo transcaucásico los dujobores se dividieron en dos grupos, uno de los cuales entró en contacto con Tolstoi. Los dos tenían en común su rechazo de la propiedad privada, de los impuestos y de lo militar, así como la extrema reverencia hacia la tierra, que precisamente hacía de Tolstoi un potencial apoyo. De hecho, ayudó a muchos de ellos (algunos dicen que a miles) a cruzar el océano e instalarse en Canadá. El otro grupo, menos numeroso pero más conservador, quiso quedarse en Rusia y resistió las esfuerzos misioneros de la Iglesia ortodoxa, primero, y de los soviet, después. De hecho, en 1939, cuando la colectivización de las tierras estaba prácticamente completa en la URSS, los dujobores todavía mantenían la propiedad (colectiva, al mismo tiempo) de sus aldeas. La mayoría murió en las persecuciones posteriores, aunque más tarde los gobiernos rusos han intentado el regreso de los descendientes de los emigrantes a Canadá.

Esa migración a Canadá se produjo en 1897 como parte de un pacto con el Estado ruso, que les permitió abandonar el país con la condición de que no regresaran nunca, que se pagaran ellos el viaje y que los dujobores en prisión o deportados tendrían que cumplir la pena antes de poder salir de Rusia. Después de algún intento en Chipre, la caridad de los cuáqueros y el Movimiento Tolstoyano (el mismo Tolstoi destinó los derechos de varios escritos, entre ellos la novela Resurección, a un fondo para la migración) les permitió pagar el pasaje para llegar a América y asentarse -previo pacto con el Gobierno canadiense a través del Dominion Lands Act de 1872, que le garantizaba a cada homesteader (¿survivalista?) 160 hectáreas de terreno por 10 dólares- en las actuales provincias de Manitoba y Saskatchewan. Se estima que llegaron unos ocho mil dujobores.

Mujeres dujobori tirando de un arado. Manitoba, 1899

A instancias de Peter Verigin, el líder principal llegado en 1902 de Siberia, las tierras que adquirían se iban registrando a nombre de la comunidad dujobori. Pero en 1906 el Gobierno empezó a requerir la inscripción de los terrenos bajo el nombre del propietario, no del grupo, la nacionalización de los emigrantes (cosa que se había pactado no exigir) y un Juramento a la Bandera. La mayoría de los dujobores se opuso y en 1907 nada menos que un tercio de las tierras volvió a manos del Estado.

En aquel momento la comunidad entró en crisis y surgieron tres ramas. Los independientes, apenas una décima parte, renunciaron a la vida en comuna y fueron fácilmente asimilados por la sociedad canadiense. Peter Verigin constituyó la Comunidad Cristiana de la Fraternidad Universal y decidió una nueva migración, esta vez a la Columbia Británica y comprando las tierras por su propia cuenta, proyecto que se llevó a cabo entre 1908 y 1924. Y los más radicales continuaron con la actividad de la organización Hijos de la Libertad (Sons of Freedom), también conocidos como freedominates o «indómitos», e incluso por la raíz rusa Svobodniki, nacida en 1903.

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Los Hijos de la Libertad son la parte más interesante del movimiento. Querían recuperar las formas más puras del dujobori rechazando todo atisbo de modernidad y cualquier pacto con el Gobierno y sus leyes. No toleraban la venta de la tierra, la educación pública, las cartas de ciudadanía o los registros civiles. Pronto se ganaron la antipatía de la sociedad con sus marchas nudistas, su desobediencia civil y sus incendios provocados. Como acto fundador, no dudaron en pasearse desnudos en 1903 en un acto que el Alienist and Neurologist journal (vol. XXXV) tituló como «Dujobores buscando a Cristo en Canadá en invierno».

Marcha de los Hijos de la Libertad, 1903

Con los Hijos de la Libertad el movimiento dujobori adquiere un carácter netamente político. Como denuncia del materialismo, quemaban sus propiedades y el dinero. Hasta que en 1916 quemaron la casa de Peter Verigin como advertencia a él mismo y a todos su seguidores de que no pretendieran convertirlo en un icono y adorarlo. Quemaban y colocaban explosivos allí donde podían, también en sus propiedades. La denuncia del materialismo era radical. En una de sus célebres excursiones, fueron de pueblo en pueblo proclamando «¡Olvidaremos los impuestos y los intereses! ¡Expulsaremos las escuelas de nuestras mentes!». Destrozaban los colegios públicos para impedir la escolarización de los niños Svobodniki, inutilizaban el transporte, volaban puentes y vías de tren e impedían las telecomunicaciones: su oposición al Estado era absoluta. Lo llamativo es que la mayoría de estos atentados los cometían en la más impecable desnudez. Querían reconciliarse con la Madre Tierra, esa idea tan cara a Tolstoi, de que también habían recogido la dieta vegetariana.

Fueron tan molestos que en 1930 decidieron asignarle a los Hijos de la Libertad la tierra de Krestova. A ellos se unieron antiguos ortodoxos y todo aquel que no quería pagar impuestos, convirtiendo Krestova -a ojos de los canadienses- en una colonia de leprosos. Aún quedaban unos doscientos Svobodniki en las tierras dela Comunidad Cristiana de la Fraternidad Universal. Cuando se les quiso expulsar, estos Hijos de la Libertad, en vez de encaminarse a Krestova, se dirigieron a Brilliant, donde tenía la central la Comunidad. Por el camino se les fue apuntando gente, unos freedominates y otros dujobores que sólo querían apoyarles porque no veían bien que se les echara de unas casas que habían construído con sus propias manos. Cuando estaban llegando, la policía les cortó el paso y les impidió continuar. Tanto los Hijos de la Libertad como todos sus simpatizantes supieron enseguida qué hacer: se desnudaron como acto de protesta, de manera que al día siguiente habían detenido a 900 de ellos, que acabaron con condenas de tres años de prisión por nudismo y escándalo.

Unos Hijos de la Libertad queman su casa en los años 50

En aquellas excursiones que tanto les gustaban fueron surgiendo canciones propias, con las que pronto se pudo hacer algunos recopilatorios. La más común era una que empezaba

We are marching, we are marching,
and no force can stop us now:
all united, all united
in the name of Doukhobors.

A partir de entonces todo fue a peor. Lo más duro llegó en 1953, cuando el Estado secuestró a los hijos de los freedominates y los internó en colegios públicos o en hogares de acogida. La Comunidad, por su parte, decidió que definitivamente no eran dujobores porque habían violado el principio de no violencia. Cuando los encarcelados volvieron a sus casas se encontraron con Krestova llena de gente ajena a sus creencias, con deudas fiscales sobre los terrenos que no podían pagar y con hijos educados en otra cultura. Cuando llegó la II Guerra Mundial, aunque los dujobores estaban exentos del servicio militar, se puso el marcha el registro civil de la población. Como los freedominates (aunque no sólo ellos) se opusieron, muchos de ellos volvieron a prisión.

Aunque quedaban pocos, siguieron con su activismo. El último del que se tiene constancia fue la voladura de un puente con ferrocarril incluido en diciembre de 1961. Después de aquello, muchos volvieron a la URSS. Canadá descansó de intentar asimilar a quienes no querían dejarse manipular y los Hijos de la Libertad volvieron a su tierra prometida. Hoy no queda ninguno y los dujobores también están desapareciendo.

Campamento de los Hijos de la Libertad en la Columbia Británica, 1963

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Frente a la compasión

junio 4, 2012 § 1 comentario

Hace unos días una amiga me dio el aviso de que Antonio Escohotado iba a dar la conferencia magistral del día 19 de junio en el V Congreso de Economía Austriaca (Instituto Juan de Mariana), correspondiente al bloque Liberalismo, sociología y política. Curiosamente, estos días estoy releyendo Los enemigos del comercio, primer tomo de una excepcional historia económica. En él hace una denuncia del pobrismo del cristianismo -de todos los cristianismos- como principal causante del ocaso de Roma y de la quiebra permanente de sus sucesores. Algo que vemos resumido, con más gracia y sin poner apellidos en las clases de Huerta de Soto. Pero no se queda ahí. Si la Pax Dei medioeval es maligna (que en términos de flujo mercantil significa que se limita la enajenación, «la trasmisión de tierras sólo es firme indiscutiblemente para donaciones a la Iglesia, un rey o un señor», se prohíbe el cambio de oficio y domicilio,…), lo cierto es que Mahoma y los suyos «son comunistas de corazón que aceptan la propiedad privada como mal menor» y que «Calvino monta en Ginebra una teocracia a lo israelita que es nefasa para el comercio». Tampoco se salvan los judíos, influencia de que después los judeocristianos -no los grecocristianos- se descuelguen con el «alzamiento general de pobres contra ricos» [1]. Ay, César Vidal.

Reflexionando sobre las tendencias absolutistas de los monoteísmos (bastante similar al de los ateísmos -en plural, sí-), palpable con la revisión del libro, con la lectura de Gibbon y con un análisis siquiera superficial de sus textos fundacionales, es inevitable localizar el cáncer en la perversa virtud de la compasión. Es cierto que Escohotado revisa la historia para confirmar que el cristianismo -en parte al menos- dejó de ser pobrista allá por el Renacimiento, pero es que precisamente entonces se dejan de lado determinadas costumbres y en la Iglesia se lleva a cabo una Contrarreforma que va más allá, sin eliminar el rito, de las pretensiones iconoclastas de Lutero, Calvino y las noventa y cinco tesis.

Pero no me interesan las religiones, hoy instituciones sin influencia práctica, sino las ideologías modernas. En concreto, el socialismo en todas sus variantes, sea primitivista, de economía mixta, de bloques o mundialista. El de la China, la Unión Europea, el ALBA o el Congo RD. ¿Qué impulsa a un tipo a poner una bomba en un centro comercial, a matar a un político o a secuestrar a un policía? La compasión por los pobres, los oprimidos, los desgraciados, los perseguidos. Los militantes de la compasión casi nunca son los necesitados de ella, sino iluminados [v. La iluminación terrorista] que se creen en la obligación de redimir a un grupo. ¿Cuántos vagabundos se manifiestan por los derechos obreros?

(En este punto tengo que enmendarme parcialmente. En La iluminación terrorista no precisé una diferencia entre dos tipos de compasión, cosa que ahora gracias a la lectura mortificante del Quinto Evangelista, César Vidal, puedo hacer. Existe una compasión real, que mueve a hacer el bien de manera individual, caótica si se quiere, de manera voluntaria y por proximidad. Hay comedores sociales, colaboraciones vecinales y obras benéficas que son encomiables. Algo parecido a la empatía de Adam Smith o a la amistad nietzscheana. Por otro lado, existe una compasión iluminada que quiere redimir a la humanidad con revoluciones orquestadas al milímetro y que utilizan la moral como arma a menudo asesina. Tienen como modelo al terrorista Robin Hood.)

Acudiendo al ámbito estatal, nos encontramos con algo similar. Como he mentado a Huerta de Soto, me referiré a lo único que los austríacos temen más que una deuda: los impuestos. ¿A qué se deben? ¿Todavía hay quien cree que el Leviatán es un autómata en su sentido más estricto? El Estado está formado y dirigido por personas a quienes mueve, para bien y para mal, la compasión por los ciudadanos. Probablemente hacen como aquel analfabeto que le daba puñetazos en la cara a su amigo para evitar que le picara una mosca, pero al fin y al cabo les mueve la compasión. El bien común, el bienestar social, la bondad infinita. Da lo mismo. Son los mismos -unos en las barricadas callejeras, otros en las barricadas de Poder- que por compasión con los trabajadores restringen la libertad económica y acaban perjudicando a todos para ayudar a unos pocos, que también sufren los daños.

Frente a la compasión, un sentimiento decadente, desmovilizador, lunar y pesimista, propongo la idea solar de la empatía.

Y corto aquí porque acabo de descubrir un artículo que acaba por mí. Y para qué decirlo dos veces (aunque él habla de simpatía).

Contra la compasión: http://bradanovic.blogspot.com.es/2009/01/contra-la-compasin.html

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