Ellos trajeron putas a Eleusis (5)

marzo 9, 2013 § 1 comentario

Todo el mundo sabe que los cubanos se van de paseo a USA en balsas de plástico porque les gusta mucho el mar.

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Algunos grupos indie fuerzan tanto la voz aguda que si los oyes mucho acabas con dolor de garganta.

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«Prosiguiendo a Marx y anunciando a Marcuse, Wilhelm Reich denuncia que al trabajar encarnizadamente los hombres pierden su verdadera vida».

«[Para Reich] en un mundo dominado por el trabajo, la vida y la libertad acaban por no tener sentido». Hay que tener la cara muy dura.

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@Pontifex no me ha hecho caso y no ha colgado su libro gratis. Pero tengo que decir algo a pesar de no leerlo, porque ya lo habéis repetido bastante. Los Reyes Magos NO podían venir de Tartessos porque ésta desapareció en el VI aC. A no ser que hicieran un viaje de seis siglos. Ahí el pensamiento mágico de cada uno.

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Tengo a La Habitación Roja entre mis grupos favoritos de pop moderno. Pero la libertad de expresión está por encima. Muy por encima. Lo mismo me dan Killer Sorpresa que Berri Txarrak o Brams. Incluso Fran Perea. Libertad artística. Si coartas el derecho de un grupo de música a tocar donde le contraten, acabas metiéndote en las conversaciones de bar que no gustan.

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75 años de alcohol y caradura. Por lo visto, la entrevista del Borbón ha sido como la psiquiatría: diagnósticos sintomáticos. De las causas, ni puta idea. Pues que mal está todo. Hay paro. La gente no cree en la política. Y blablabla. (Léase con tono gutural de fanfarronería borbónica).

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Había un dicho que decía Necessitas non habet legem. Siempre ha sido la excusa de los totalitarios.

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Cuantas más leyes incumples, más policía provocas que haya. Lo decía Thoreau. Que algo sabía del tema.

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O yo soy un desalmado o los medios se pasan un pelín con la crónica negra. Que lo siento mucho y qué desgracia, pero lo conmovedor no implica importancia en la noticia.

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Que sepáis que Sánchez Dragó está enganchado a Mad Men. « Leer el resto de esta entrada »

La primera imagen de Hitler

agosto 22, 2012 § 1 comentario

Los nazis son feos, ese parece ser el planteamiento ideológico de la mayoría de los oportunistas que se lanzan a narrar -con más o menos ficción- las andanzas del NSDAP y de su Führer, Adolf Hitler. No es raro que la capacidad crítica de los comisarios políticos metidos a historiadores no dé para mucho más, es una cuestión de números: la industria cultural de Occidente depende tanto en lo argumental de los nazis, que es imposible que todos los que afrontan el tema sean honestos. Por otra parte, Hitler podía ser feo o no, pero si estuvo cuanto estuvo e hizo lo que hizo no fue por ausencia de partidarios y virtudes. Para explicar el poder que alcanzó Hitler se han utilizado infinidad de razones, desde las más esotéricas a las más ficcionales (que hay algo satánico en los genes germanos o que estuvo subvencionado por capitalistas judíos; Fest y Kershaw son benévolos comparados con otros vendealfombras).

En general, me aburre el tema de los nazis. No me interesan las películas ni los libros y huyo de las conversaciones, porque suelen redundar en tópicos absurdos. Al menos los que tratan sobre ellos; cosa diferente son las fuentes directas. Para mí, es mejor leer Mi lucha que tragarse los dos tomos del Hitler de Kershaw. Y me parece conocer mejor al Führer con las semblanzas de quienes lo conocieron en persona que con los relatos bastante fantásticos de quienes están sometidos a la hipnosis colectiva de la propaganda justificante de posguerra. Justificante, digo, para respaldar los genocidios de Dresde y Berlín o las violaciones en masa de alemanas (v. Jörg Friedrich, por ejemplo).

Como sea. Recojo tres citas, con orden cronológico. Las tenía todas en la cabeza y no me ha hecho falta buscar a conciencia, pero me ha desaparecido la que conservaba de Leon Degrelle, que además habría estado muy bien porque conoció a Hitler en 1936, y me falta algún testimonio para esa época (se reunieron en septiembre de 1936, con España ya en guerra). Pero bueno, sobra decir que quedó muy impresionado. Para dar una idea, copio un párrafo de Hitler pour mille ans (1969) -publicado con diferentes títulos en España, y este mismo párrafo difundido en una ridícula antología de cinco folios titulada «El enigma de Hitler»-:

Hitler siempre está presente ante mis ojos: como un hombre de paz en 1936, como un hombre de guerra en 1944. No es posible el haber sido testigo directo de la vida de un hombre tan extraordinario y no estar marcado para siempre. […] Hitler tenía unos profundos ojos azules que muchos encontraban embrujadores, aunque yo no pensaba así. Tampoco noté la corriente eléctrica que decían que daban sus manos. Nos dimos la mano bastantes veces y nunca recibí esa corriente. Su cara reflejaba emoción o indiferencia según la pasión o apatía del momento. A veces parecía que estaba aletargado, sin decir nada, mientras su mandíbula parecía estar haciendo añicos un objeto en el vacío. Entonces se avivaría de repente y te dirigía una alocución como si estuviese hablando para cientos de miles en la explanada del Tempelhof en Berlín. Entonces setransfiguraba. Incluso su complexión, normalmente incluso apagada y fría, se encendía al hablar. Y en esos momentos puedo asegurar que Hitler era extrañamente atractivo, como si tuviese poderes mágicos.

Hay otra ausencia notable, Eva Braun. Del primer encuentro sólo se sabe que ocurrió en octubre de 1929, en la tienda de fotografía de Hoffmann. Allí acudía Hitler como Herr Wolf, pseudónimo que gustaba de usar cuando quería pasar inadvertido. Y con Eva lo logró, aunque sólo en un sentido. Entre ellos surgió inmediatamente una atracción, a pesar de la diferencia de edad (40 y 17). Se sabe también que cenaron en el establecimiento con Hoffmann y que Hitler se ofreció a acompañarla a casa en su Mercedes, a lo que ella se negó. Cuando se fue, Hoffmann la increpó por no saber de quién se trataba realmente. Se sabe poco más y no hay escritos de Eva Braun, que es lo que nos interesa, fuera de extractos del diario de Frau Hitler correspondientes a diez  días de 1935 -antes del intento de suicidio- y de un testamento de 1944.

Albert Speer (1931-1932)

Alguna vez he comparado a Speer con San Agustín, porque hizo lo que le dio la gana y después lloriqueó en un par de libros para intentar convencer a los demás de que él no quería, pero es que no sabía… Dice que a finales de 1930, sin fecha exacta, fue a un mítin que dio Hitler en el Hasenheide de Berlín, por supuesto obligado por sus alumnos. El relato es creíble porque, a pesar de todo, Speer intentaba congraciarse con los ganadores de la guerra.

Apareció Hitler, que fue acogido con una gran ovación por los numerosos partidarios que tenía entre los estudiantes. […] Después de poner fin a la larga ovación afectando rechazo, me gustó que comenzara a hablar en voz baja, vacilante y con cierta timidez, sin pronunciar un discurso, sino una especie de conferencia histórica; me atrajo precisamente porque me pareció que estaba en el polo opuesto de lo que la propaganda de sus rivales me había llevado a esperar: un demagogo frenético, un fanático vociferador y gesticulante vestido de uniforme. Ni siquiera los estruendosos aplausos consiguieron hacerle abandonar el tono profesoral.

Parecía exponer de forma franca y abierta sus preocupaciones por el futuro. […] Me atrajo u encanto de alemán del sur: no puedo imaginar que un frío prusiano hubiese podido cautivarme. La timidez inicial de Hitler no tardó en desaparecer. […]

Yo no sabía prácticamente nada de su programa. Hitler me había capturado antes de que pudiera comprenderlo.

[Albert Speer, Memorias (1969), cap. II. En la bibliografía doy siempre la fecha de la primera impresión -vulgo edición– del libro.]

Esto en cuanto a la primera vez que lo vio. Aunque con cierta cercanía lo hizo poco después, el 17 de julio de 1932, cuando tuvo que hacer de chófer para un mensajero que debía reunirse con Hitler en un aeródromo.

Cuando el trimotor terminó de rodar por la pista, Hitler y algunos de sus colaboradores y asistentes descendieron del aparato.

Vi que Hitler, nervioso, hacía reproches a sus acompañantes porque aún no había llegado los automóviles. Caminaba furioso arriba y abajo, golpeándose la vuelta de sus botas altas con una fusta, y daba la impresión de ser una persona malhumorada e incapaz de dominarse que trataba con desprecio a sus colaboradores.

Aquel Hitler era muy distinto al hombre tranquilo y civilizado al que había visto en la reunión estudiantil. Sin que eso me inquietara demasiado por el momento, aquel día topé por primera vez con la singular multiplicidad de Hitler: con gran intuición histriónica, en público sabía adaptar su comportamiento a las más diversas situaciones, mientras que en su entorno inmediato y en presencia de criados o asistentes, se dejaba llevar.

[Albert Speer, Memorias (1969), cap. III]

Otto Skornezy (1943)

Este coronel austríaco (es decir, alemán) fue considerado por los aliados, según la Wikipedia, «el hombre más peligroso de Europa». No sé si es para tanto. El hecho es que recibió por sorpresa el encargo de rescatar a Mussolini de las zarpas enemigas en 1943. La autobiografía es apasionante y tiene fama; un bestseller, que se dice. Por eso me permito una cita más larga. Fue -y esto me interesa- absuelto de todos los cargos. Lo cuenta así:

Y, casi inmediatamente, se abrió la puerta de nuestra izquierda. Nos pusimos firmes y miramos al umbral sin parpadear.

¡Me encontraba ante el hombre que había escrito páginas tan decisivas de la historia de Alemania! ¡No puedo describir la emoción que embarga a un soldado cuando, de pronto, está ante su más elevado superior jerárquico! […]

Adolf Hitler entró en la estancia andando pausadamente. Nos saludó con el brazo en alto; el clásico saludo nazi. Vestía una guerrera sencilla de color gris, que permitía ver su blanca camisa y su negra corbata. Sobre su bolsillo izquierdo estaba prendida la Cruz de Hierro de primera clase; la condecoración más importante de la primera guerra mundial, junto con la placa negra distintivo de los heridos de guerra.

Como Adolf Hitler se hizo presentar por su ayudante al primer hombre de la fila, situado a mi derecha, no pude observarle atentamente. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dar un paso adelante y mirarle con curiosidad. Me limité a escuchar su voz y las preguntas que iba haciendo. […]

Adolf Hitler dio un paso atrás, nos miró a todos y preguntó:

–¿Quién de ustedes conoce Italia?

Fui el único en hablar. Dije:

–He viajado en motocicleta por Italia, llegando hasta Nápoles. La he visitado en dos ocasiones en viajes puramente privados, mi Führer.

–¿Qué opinan ustedes de Italia?

La pregunta nos sorprendió a todos. Las respuestas fueron vacilantes:

–Italia… Nuestra aliada… Un miembro del Eje… Etcétera…

Pero, al llegar mi turno, manifesté:

–Soy austriaco, mi Führer. Con ello creo decirlo todo. Considero que la separación del sur del Tirol, el trozo de tierra más bello que hemos poseído, es una «espina» que, siempre, lleva clavada en el corazón todo austriaco.

Me pareció, en aquel momento, que Adolf Hitler me traspasaba con la mirada. Tenía una estatura mediana y estaba ligeramente inclinado. Al cabo de pocos segundos de silencio, dijo:

–Los caballeros aquí reunidos pueden retirarse a excepción de Skorzeny. Quiero intercambiar con usted unas cuantas impresiones.

No me pasó por alto el hecho de que Hitler pronunciase correctamente mi nombre. Me sentí muy orgulloso y me pregunté si su ayudante le habría informado sobre mi «pique» con él. Me encontré «mano a mano» con «mi dueño y señor». El Führer se había plantado ante mí. Me di cuenta de que era mucho más bajo que yo y que se inclinaba hacia delante. Súbitamente, se mostró animado al hablar conmigo. Pero, tanto sus gestos como su actitud siguieron siendo parcos. Me miró insistentemente y, al poco, comenzó a hablar:

–Tengo para usted una misión de suma importancia. Mussolini, mi amigo y nuestro fiel colaborador, fue traicionado ayer por su propio rey y, hoy mismo, ha sido arrestado por sus propios conciudadanos. No quiero, ni puedo, dejar en la estacada al hombre más importante de Italia. El Duce significa, para mi, la encarnación del último cónsul romano. No ignoro que Italia nos dará la espalda en cuanto esté regida por el nuevo gobierno. Quiero ser fiel a mi compañero hasta el último momento. Por ello, me veo obligado a ayudarle en estos momentos tan difíciles. No tenemos más remedio que rescatarle lo antes posible ya que, en caso contrario, será puesto en manos de los aliados. Le he escogido para que cumpla esta misión tan delicada, porque sé que es un hombre responsable y no ignora que, tal vez, pueda llegar a ser de vital importancia. Debe dejarlo todo para dedicarse a esa importantísima tarea en cuerpo y alma. Sólo de esa forma podrá conseguir resultados satisfactorios.

Hizo una pausa y continuó:

–Pero lo que más importa es que tenga en cuenta que la misión que le encomiendo debe guardarse en el más completo secreto. Sólo le permito que hable de ella a cinco personas. Tengo la intención de volverle a destinar a la Luftwaffe, donde tendrá que ponerse a las órdenes del general Student, al que ya conoce. Ya le he informado de la misión que le encomiendo. Por tanto, debe limitarse a hablar con él ya informarse de los detalles pertinentes al caso. Sin embargo, todos los preparativos deben correr de su cuenta. Y le advierto, que tanto los comandos que tenemos destinados en Italia como nuestro embajador en Roma no pueden ser enterados de la misión que le ha sido encomendada. No olvide que, tanto los unos como el otro, se han formado una idea equivocada de la situación existente en Italia, lo que les impediría actuar acertadamente. Vuelvo a repetirle que se hace responsable ante mí del secreto que debe rodear la misión que le encomiendo. Deseo tener muy pronto noticias suyas, y espero que su empresa sea coronada por el éxito.

A medida que escuchaba la voz de Adolf Hitler, iba sintiendo que aumentaba la influencia que ejercía sobre mí. Sus palabras me parecieron tan convincentes, que no me cupo ninguna duda sobre el éxito de mi empresa. Me apresuré a responderle:

–Comprendo sus argumentaciones, mi Führer, y haré todo lo posible para cumplir satisfactoriamente la misión que me habéis encomendado.

Un fuerte apretón de manos dio por terminada nuestra entrevista. Durante nuestra corta conversación, que a mí me pareció muy larga, sentí posados sobre mí los ojos de Adolf Hitler. Hasta me pareció notar que me seguía con la vista cuando le di la espalda para abandonar la estancia. Y cuando me volví desde el umbral de la puerta para saludarle por última vez, comprobé que mis suposiciones eran ciertas: el Führer había seguido todos mis movimientos con su mirada.

[Otto Skorzeny, Vive peligrosamente (ant. 1975), cap. XIII]

Miguel Ezquerra (abril de 1945)

Ezquerra es uno de tantos héroes de la Legión Azul. Dice García Serrano en el prólogo que «era uno de ellos y mandó a un buen puñado de españoles en este combate perdido. No hizo una guerra mercenaria. Hizo una guerra de voluntario».

-Vamos al Bunker del Führer -nos informa el sargento, con una unción casi religiosa.

Comprendo perfectamente el tono emocionado con que el sargento ha pronunciado aquellas palabras, porque su significado me ha impresionado profundamente, también a mí.
¿Será posible que vea a Hitler en persona? […]

Finalmente, llegamos al lugar de trabajo de Hitler. Veo allí al Ministro de Propaganda del Tercer Reich y gauleiter de Berlín, Joseph Goebbels, acompañado de los generales Burdorf, Koebs, Zander y Axmman.

Mi entrevista con Hitler fue muy breve. Al verle me cuadré y permanecí rígido como una estatua. El Führer se adelantó y, mirándome fijamente a los ojos, empezó a hablar. Entonces comprendí la fascinación que aquel gran conductor del pueblo alemán ejercía, lo mismo sobre los hombres que sobre las masas. El teniente coronel Weis, allí presente, le hizo saber que mi conocimiento del alemán no era perfecto. Hitler me habló con lentitud, procurando hacerse entender:

-Enterado del bravo comportamiento de su Unidad, le he concedido a usted la Cruz de Caballero y, además, la nacionalidad alemana.

Aparte la mirada del Führer y, dirigiéndome a mi interprete Jacobo, le dije:

-Transmita al Führer mi agradecimiento por el honor que me hace, pero dígale que continuare siendo español mientras viva.

Jacobo hizo la traducción. Hitler me alargo la mano y me miro, como si quisiera adivinar mi pensamiento. Repitió que se sentía muy orgulloso de nosotros y dio por finalizada la conversación.

Así me despedí de aquel gran jefe, al cual vi muy tranquilo, con aspecto algo cansado, quizás, pero no «completamente destrozado» como se ha comentado en libros y revistas.

[Miguel Ezquerra, Berlín, a vida o muerte (ant. 1982), cap. IV.]

De una forma u otra, bajo la sugestión de encontrarse con el «Señor de Europa» o con la intriga de conocer a un revolucionario, siempre causaba la misma impresión. Efectos de la magia Thule -no falta quien lo alega- o simple carisma natural, hoy casi no importa la causa.

Nacionalsocialismo (1. Palestina, 2. Arte sano)

enero 3, 2010 § Deja un comentario

[Recojo aquí los tres artículos publicados de manera separada a lo largo de enero de 2010.]

I. Religión en el III Reich

1.- Moros y nazis

Para los de la LOGSE: los actuales territorios del estado de Israel son los que en 1917 el Mandato Británico de Palestina se apropió tras derrotar al Imperio Otomano. En 1922, haciendo gala de su clarividencia histórica e imparcialidad política, la Sociedad de Naciones le recordó a los británicos que, en cualquier caso, su obligación era velar por la construcción en esas tierras del «hogar nacional judío». Como Su Majestad vio aquello con muy buenos ojos y los judíos siempre se enteran de todo, empezaron a llegar miles de asquenazíes y víctimas de los pogromos rusos; todos comprando tierras y formando guettos. Y miles quiere decir algunos centenares de miles, por si no quedaba claro que eran muchos y ricos. La consecuencia directa es que los pogromos (linchamientos de judíos, que empezaron en venganza por el asesinato del zar Alejandro II pero que después obedecieron a causas muy diversas, casi todas económicas) se trasladaron a Palestina. De entre todas las palizas, célebre es la matanza de Hebrón en 1929.

Así que nos encontramos con las masas judías, intentando asentarse en algún sitio, y con los palestinos, que ya no saben por dónde les vienen las tortas. Ocupados por unos a nivel político, por otros a nivel cultural y por otros en lo económico, no tuvieron más remedio que liarse a guantazos con todo lo que se meneaba. Normal. Los ingleses aguantaron con cierto empaque, pero los judíos en seguida organizaron la Haganá, un grupo terrorista que con el paso de los años adquirió importancia y llegó a ser algo más serio: Tzahal, el ejército israelí.

El líder de la resistencia popular palestina fue al-Husayni, un antiguo soldado del Imperio Otomano, indultado después por el mandato británico. Su cargo era el de Gran Mufti de Jerusalén, que encarna la autoridad en la interpretación de la Sharia. Había uno en cada territorio y el de Estambul era la cabeza, pero Reino Unido decidió que era mejor que no, que el más importante fuera el de Jerusalén.

Con lo que Hajj Amin al-Husayni promovió las revueltas palestinas contra la ocupación judía. Así estuvieron diez años, hasta que comenzó la II Guerra Mundial y Muhammad decidió colaborar con el III Reich alemán. Su papel consistía en reclutar musulmanes yugoslavos para las Waffen SS, para que reprimieran la insurgencia interna de los comunistas.

Y aquí es a donde yo quería llegar. ¡Moros y nazis, nazis y moros! Dicen los apologistas de la legalidad israelí que iban de la mano no porque compartieran ideales vitales, que sería lo natural en esta clase de colaboraciones, sino porque compartían un mismo odio. El odio a ellos, los judíos, claro. Y ahí se deja la cuestión, por si resulta que no es así.

Y es que, efectivamente, no es así. El Gran Mufti permaneció en Berlín como invitado personal de Hitler hasta la entrada soviética porque realmente había algo en común. Igual que lo había con aquellos monjes tibetanos que se encontraron muertos en Berlín, en 1945, uniformados y armados bajo las órdenes de las Waffen SS. Fue una de las cosas que se trajeron tras su visita al Dalai Lama.

Aparte del simple antisionismo (¡que hay que diferenciar del antisemitismo! Para muestra, la calurosa acogida que el parlamentario israelí, Israel Shamir, ha tenido siempre entre el neofascismo), que a todas luces constituye la piedra angular de la coordinación estratégica, hay ciertas consideraciones…

Porque reducir todo a la persecución de los judíos es un tanto ridículo. No se monta tanto circo para tan poca fiera. La cosmovisión de los fascismos era exclusivamente europea. No podía extenderse más allá de las fronteras culturales (o raciales, o geográficas, o políticas; ya depende de la escuela fascista, pero son más o menos las mismas tierras) sin perder la autenticidad. Pero eso no implicaba que se le diese la espalda al mundo. Ramiro Ledesma, con preclara visión política, le gritó vivas al fascismo italiano, al NS alemán y al bolchevismo ruso. Cada política en su casa y el socialismo en la de todos, más o menos.

La alianza primera no vino del antisionismo, sino de la más elemental lucha contra el imperialismo. Al menos, esa es nuestra interpretación a la luz de la rebelión panarabista contra el colonialismo occidental. Algo, por cierto, que no concuerda con la actuación de Italia en Etiopía… Pero el socialismo árabe y laico, o al menos la construcción política homologable a él en el mundo árabe, que si no es socialismo es algo muy parecido, ha constituido siempre la real alianza con el nacionalsocialismo europeo.

Ninguno de los fascismos es racista en la práctica, si entendemos el racismo en sentido «supremacista». Sí lo es, en cambio, el KKK. También lo han sido, he ahí la praxis, todas las derechas. Pero el fascismo no. Por eso en las malditas SS lucharon musulmanes arios y no arios, bosnios y palestinos. Yo creo que la ventaja del nacionalsocialismo es que afirma la importancia de la raza (no seré yo quien lo niegue. Hitler dixit: «el pecado contra la sangre y la raza constituye el pecado original de este mundo») sin por ello desacreditar a ninguna otra. Están las infiltraciones derechistas, pero el partido nazi apostó por la independencia de las colonias, por la creación de un estado judío en África (y no en zona árabe, por Alá), por su integración natural entre los combatientes cristianos, paganos y budistas, por la independencia palestina,…

Uno comprende que el antifascismo, esa «enfermedad del alma» que dicen ya algunos teóricos y que el mismo fundador del PCI acusó de ser «lo peor del fascismo», se niegue a darle a Hitler el papel de padrino de la resistencia palestina. No pedimos tanto. Pero que llegue a acusar al estado sionista de nazi, es vergonzoso y una afrenta a todos los judíos que sufrieron el exilio durante la II Guerra Mundial, a todos los que murieron en tan trágica etapa. Y también una afrenta a la justicia histórica, porque los nazis defendieron Jerusalén frente a la ocupación israelí. ¿Habría pasado lo mismo si Su Graciosa Majestad hubiese permanecido allí?

Por otra parte, el anticapitalismo de base que se descubre en todas las culturas, excepto en el judaísmo y ahora en el catolicismo, es sin duda, junto al antiimperialismo, la otra fe común. Y esto se da porque la usura está condenada en el Islam, en el budismo, lo estuvo en el catolicismo hasta hace cincuenta años, es antinatural en el paganismo, las tribus negras jamás se lo plantearon,… Entonces, aunque sea sin profesiones religiosas (los panárabes laicos, los paneuropeos laicos), hay siempre afinidades irrenunciables que colocan en el mismo bando a unos y otros. Por eso no debe extrañar una alianza que, no siendo antisemita, es antisionista por la menos recurrida de las opciones: porque el sionismo conlleva la usura.

La alianza del fascismo (no el mediterráneo, sino todo él) con el mundo árabe siguió después de los bombardeos de Alemania y la caída de Berlín. Por ejemplo, el Partido Árabe Socialista Baaz, el de Saddam Hussein, nació al calor de los combatientes alemanes que derrotaron a Francia, su metrópoli. Un partido laico y no islamista, como argüían los invasores yankis hace unos años. También están los ex de la República Social Italiana instruyendo a los de Al-Asifah; Blas Piñar pactando con el Sha de Persia; Gadafi metiéndose en todos los fascismos europeos a través de su embajada (todavía conservo un ejemplar del Libro Verde); etc.

La cuestión del Libro Verde es sumamente interesante, pero para ello habría que adentrarse en CEDADE. Quizás lo hagamos otro día, porque tenemos un amigo que vivió aquel idilio hasta el punto de convertirse al Islam. En él se plantea un socialismo revolucionario que bien se adecua al de Mussolini. Todos los movimientos árabes (y algunos islámicos) han buscado en Europa alianzas que les llevaran a fortalecer su posición, pero siempre las buscaron entre los fascismos. Pocas veces fueron la URSS del marxismo antimarxista o los USA del petrodólar los pedestales para su ascenso al poder, hasta que los neofascismos no tuvieron ninguna influencia real en política ni ofrecían la promesa de conquistarla.

No sólo están los casos anteriores. Francia, España e Italia son paradigma de neofascismos con alianzas a ambos lados del Mediterráneo. En algunos momentos, que por desgracia nunca han cristalizado en propuestas serias y realizables, hasta se ha abogado por Eurabia.

Y al final…

Pues llegó el fin de siécle; todo se fue al carajo. Saddam ha muerto, USA patrocina a Hamás, Gadafi aplaude al tío Sam. ¿Fin de siécle? No. Finis historiae.

II.- Arte degenerado y arte sano

1.- Introducción

Hace unos meses, mientras ojeaba revistas en una librería (lamentable costumbre de los pobres -¡malditos proletarios!-, a juzgar por las miradas de los dependientes), descubrí la pintura de Emil Nolde. El primer cuadro que vi fue Profeta, un dibujo en blanco y negro en el que se adivina la frustración, la crudeza, el desamparo de quien viene a anunciar la verdad.

Después vi lo que querían decir en todo aquel artículo: que Nolde era nazi y que su arte degenerado era nazi, aunque lo rechazaran los mismos nazis. O no. ¿Quién es capaz de dilucidar qué arte es nazi y cuál no? Goebbels tenía en su despacho algún cuadro de Nolde, pero Hitler se lo recriminó calificando su obra de «imposible» y tuvo que retirarlos. En 1934 empezó a militar en el NSDAP (en el que no era obligatorio militar ni se obtenía beneficio alguno por hacerlo, luego hubo libre voluntad), pero cuando en julio de 1937 se inauguró en Munich la primera exposición de Entartete Kunst -«arte degenerado»-, sus obras estaban allí.

Durante el régimen nacionalsocialista alemán la pugna entre arte degenerado y sano fue constante. Y el desprecio del degenerado es algo que no debe sorprender. Adolf Hitler arremete en Mi lucha contra futuristas, dadaístas y cubistas, que no se conformaban «con traer impurezas, sino que por añadidura se vilipendiaba también todo lo realmente grande del pasado». Esas tres corrientes son precisamente un nido de fascistas italianos, con lo que, aunque sea artísticamente, podemos distinguir ya el fascismo mediterráneo del «fascismo» nórdico. Y uso el vocablo «fascismo» en su acepción más genérica y, por qué no, ambigua.

En España también podría distinguirse perfectamente entre dos fascismos según las preferencias culturales: el de José Antonio -mediterráneo-, y el de Ledesma -germánico en todos los aspectos-. Después ellos mismos lo corroborarían con hechos y palabras. Con Ledesma es fácil, porque conservamos sus obras literarias, filosóficas y políticas. Pero con Primo de Rivera, en cambio, hay que atenerse casi en exclusiva a sus escuetas colaboraciones políticas en los órganos falangistas y en algún periódico generalista. Lo que pudo producir de literatura (hasta donde nosotros sabemos, una obra de teatro y poco más) mandó quemarlo en su testamento ológrafo, cosa cumplida al pie de la letra por quien correspondiera.

Aquel nacionalsocialismo, con todas las rotundas afirmaciones previas de Hitler, despreció a Nolde, Monet, Manet, Renoir, Van Gogh, Cezanne, Picasso, Mondigliani, de Chirico, Braque, Matisse, Klee, Kandinsky, Gauguin, Pissarro, Chagall, Grosz,… Y al lado, otra galería, esta vez de «arte alemán», en la que se exponía a Werner Peiner, Adolf Ziegler, Fritz Erler, Adolf Wissel, Julius Paul Junghanns, Franz Eichhorst, Hanns Bastanier,…

Efectivamente, unos completos desconocidos para los expertos en arte de hoy. Son pintores que medraron a costa de sus ideas a pesar de carecer de talento, que han quedado olvidados por sus ideas a pesar de su talento, y que ni medraron ni tuvieron talento. Hay de todo. Curiosamente todavía hay idiotas que veneran a algunos «artistas» porque entre sus obras se encuentra la efigie del Führer. Señores, señoritos perdis: al Führer le retrató todo pintatelas con ínfulas de nazi. Habría que distinguir entre retratistas de Hitler y pintores, por si queda aún alguna duda.

Buenos artistas hubo en ambos bandos. Algunos ostentaron la etiqueta de «degenerados» con orgullo, otros con pesar, pero todos los que fueron «oficiales» se congratulaban de serlo. Mi intención es hacer un breve repaso por todos ellos. Aunque el tipo de trabajo que haré será algo superficial, esto responde a las características del medio (el blog), que no permite algo más profundo ni la corrección de partes ya escritas.

2.- El arte sano como producto hitleriano

Cuando uno se enfrenta a un régimen totalitario (y precisamente el nacionalsocialista -en adelante, NS- se vanagloriaba de serlo) hay que tener cuidado con el material que uno maneja. En la mayoría de los casos, la propaganda ejerce uno de los poderes más sólidos en la misma vida interna del país, por lo que cierta información puede aparecer distorsionada por los apologistas y por los detractores, casi siempre más tergiversadores que los mismos embellecedores de la historia real. Tampoco puede procederse por  la técnica del punto medio, tan apreciada hoy, que consiste en considerar las cosas equilibrando las teorías positiva y negativa. Hay que tener espíritu crítico y cierta audacia, no dejarse llevar por pasiones, pero no creer en la historia como una ciencia. Es un arte distinto.

No cabe duda de que el NS concibe al hombre como un animal cultural. Y lo manifestó desde el principio. Su creador, Hitler, se ganó la vida unos años vendiendo acuarelas, desde poco después de su regreso a Viena en 1907 hasta que se presentó voluntario para la Gran Guerra en 1914, donde colaboraba con sus dibujos en los periódicos del frente. A pesar de la frustración de que le acusan algunos por no lograr el ingreso en la Academia de Bellas Artes de Viena, no creemos que un mero trámite burocrático (¡tener el título oficial de pintor!) fuese una cuestión traumática para el lector voraz y el artista de cierto mérito en que se había convertido.

Esos devaneos del Führer con la pintura nos parecen el antecedente claro de lo que después se conocería como «arte sano». Hitler sabía de lo que hablaba, y si antes he referido la anécdota de Emil Nolde y Goebbels ha sido para ilustrar que no siempre sus camaradas más cercanos tenían la misma visión cultural, que fue él quien llevaba el peso de la política artística.

Para entrar en el arte oficial del III Reich hay que comprender un poco más la figura de Hitler. Hay que saber que era vegetariano, que amaba los animales. No es tema que nos incumba ahora en profundidad, pero tiene su importancia. Aunque durante algunos decenios se ocultaron sus fotografías personales, las del álbum de Eva Braun o las que le hizo Hoffman, hoy podemos confirmar que esas fotografías (privadas, insistimos, nunca usadas por el régimen con intención propagandística) revelan una identidad que difiere del monstruo que pintaron USA y la URSS. Y no es que justifiquemos crimen alguno. Éste, si se cometió, es una atrocidad que bien justifica el oprobio universal y su expulsión al basurero de la historia leninista. Es algo así como lo que merecen Stalin, Churchill, Roosvelt o Mao Tse Tung, cuyos campos de exterminio y concentración han quedado oportunamente en el desván.

El NS formó lo que después podría llamarse el precedente del «corpus jurídico ecologista». Quedan para los anales la Ley de protección de los animales (Reichs-Tierschutzgesetz, de 1933), la Ley de caza (Reichs-Jagdgesetz, de 1934) y la Ley de protección de la naturaleza (Reichs-Naturschutzgesetz, de 1935). Pido, a quien lo sepa, que dé un solo ejemplo en el que el Estado procure alimento a los animales de compañía. Tan sólo uno en el que haya cartillas de racionamiento, en carestía, para los perros que vivan con humanos.

Quizá el ecologismo hitleriano se basara en sus lecturas de Shopenhauer, Nietzsche y Wagner. Es muy probable que su afirmación de que «cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro» la extrajera de sus propuestas en defensa de la naturaleza. Y su dramática afirmación, algo ingenua, de que «llegará un día en que no tenga más que dos amigos: la señorita Braun y mi perro», muestra a las claras su amor por los animales.

Haciendo un repaso rápido, nos topamos con sus tres famosos mastines Muck, Wolf y Blondi, el scotch terrier Burly, Foxl (una perra que le acompañó durante la Gran Guerra  y que al final de ésta se perdió), Prinz, Bella, Blondie (que después se la regaló a Bormann, para que superase la derrota de Stalingrado) y con un gato, Peter, que aunque le irritaba por su afición a cazar pájaros logró ganarse el cariño del «Caudillo de Europa».

Famoso es también el invernadero que el mismo Bormann, su secretario personal, hizo construir para él. Curiosamente, es una de las ruinas del imperio nazi que aún se conservan.

La defensa que hago del vegetarianismo de Hitler responde a una sola razón: me enerva la simpleza mental y la estupidez de quienes quieren desacreditarle hasta en eso sugiriendo, con rintintín infantil, que su dietista le o su cocinera o la prima de su vecino le ponía, sin su consentimiento, grasas animales en sus sopas. Y que, por tanto, no era un vegetariano real. Porque sin saberlo se alimentaba de animales…

Como veremos a continuación, el arte «sano» consistía en un naturalismo que, estamos convencidos, emanó directamente de Hitler. Que la calidad de la pincelada fuese nula parece, en determinadas ocasiones, algo baladí. Da la impresión de que lo realmente importante no era tanto el arte como el tema. Es cosa de cada quien el considerar si en ello hubo error.

El tiempo y lo sagrado

abril 5, 2008 § Deja un comentario

Uno de los misterios que más ha intrigado a nuestra especie es el del tiempo. ¿Qué es el tiempo? El hombre siempre ha pretendido acotarlo cuantitativamente mediante distintos sistemas de medición. Por ejemplo, el Sistema Internacional de Unidades establece que el segundo es la unidad de tiempo básica, que en su origen es la 86.400 ava parte del día solar medio. En general, nuestra percepción del tiempo viene determinada por el Sol y por lo sagrado. Si tenemos en cuenta que el Sol ha sido considerado e identificado siempre como ente divino o sagrado, todo cobra más sentido. Así, tenemos a Ra en Egipto, a Helios en Grecia, a Inti en los incas, al arcángel San Miguel usando al Sol como morada, a Surya entre los vedas o la religión del Sol Invictus en Roma.

El nivel de medición más relevante para la Historia es el de los años: el tiempo que tarda la Tierra en orbitar alrededor del Sol. Los primeros en descubrir el año fueron los egipcios, que tenían un año compuesto por doce meses de treinta días, 360 días, más cinco días extra, los epagómenos, en los que nacían los dioses Horus, Osiris, Isis, Seth y Neftis. Como se ve, a la referencia solar se le añade la religiosa, o se utiliza la religión para que lo civil se amolde a lo científico. No es la primera ni la última vez en la Historia.

Para los niveles inferiores también se le tiene de referencia, aunque en principio con sentido más práctico que sagrado. Algo lógico, dado que se trabajaba con él y se descansaba en su ausencia, pero aun así esto se llevaba al plano de lo mágico, agradeciéndole al Sol su luz con fiestas como la inca del Inty Raymi o el culto solar de la religión de Mitra que tenía lugar el 25 de diciembre.

En el caso de no usar el Sol como referencia concreta, sino solo general –determina cuánto dura el día, pero no las horas-, la medición del tiempo sigue teniendo lo sagrado como parámetro. En la Edad Media, la Europa cristiana se rigió durante algún tiempo por las horas canónicas, que contaban los ocho rezos que debían hacerse a lo largo del día: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.

Acotar el tiempo solo es útil cuando además se puede establecer el momento exacto de algo, cuando se ha ordenado el tiempo de forma que podamos decir que tal cosa pasó en determinado momento, pudiendo decir exactamente cuál. El cómputo de horas comienza con el día, el de los días con los meses y este con los años. Pero para los años no hay un punto de partida. Si bien el resto de la organización del tiempo es cíclica, puesto que comienza y termina constantemente (las horas se repiten todos los días, por ejemplo), el nivel temporal de los años es lineal. Tiene un punto de partida, el inicio de los días, y no tiene previsto un fin.

Hay que aclarar que el cómputo de años también ha sido relativamente cíclico en algunas épocas. El calendario helénico comenzaba el cómputo cada cuatro años, momento en que se celebraban unas Olimpiadas, si bien en el nombre se decía qué número de Olimpiada era. El 2008 coincidiría con el año tercero de la sexcentésima nonagésima séptima olimpiada. Y el calendario maya comienza una y otra vez, por lo que una fecha se da hoy, pero se dio en el pasado y se dará en el futuro, aunque es harto improbable que siga siendo usado. El presente ciclo comenzó el 11 de agosto del 3114 a. C., y terminará el 21 de diciembre del 2012 d. C., fecha tomada por algunos como la del fin del mundo.

El problema surge llegado el momento de establecer qué se escoge como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional  y  trascendental  para  la  civilización,  de  forma  que  esté como principio de todo. Debe ser un momento en el que ocurra algo excepcional y trascendental para la civilización, de forma que esté completamente justificado marcarlo como génesis de la era en curso.

El calendario romano cuenta ab urbe conditia, desde la fundación de la ciudad. El calendario gregoriano se basa en el nacimiento de Jesucristo, según los cálculos de Dionisio el Exiguo, dando origen a la Era Cristiana. El ya mencionado calendario helénico –o uno de ellos, pues se usaron varios- tiene como punto de partida las Olimpíadas, siendo estas unas fiestas religiosas, con numerosos sacrificios y ofrendas a Zeus y a Pélope. El calendario egipcio venía determinado por las distintas dinastías, marcando el comienzo de cada ciclo con la instauración de un nuevo linaje; en Egipto los reyes eran considerados descendientes de los dioses. El calendario hebreo empieza con la Génesis del mundo, que según ellos tuvo lugar el 7 de octubre de 3761 ANE, por lo que ahora están en el año 5769. En cambio, los mayas se rigen completamente por el Sol, dado que sus ciclos corresponden a ciclos solares.

Hayamos también ejemplos curiosos, como el de los masones, que suman 4000 años al de la Era Cristiana (estamos en el Año de la Luz 6008); el de los esotéricos hitlerianos, que utilizan el nacimiento de Hitler, el 20 de abril de 1889, como principio (estamos en el 119 después de Hitler); el calendario republicano francés, en uso oficial de 1792 al 10 de nivoso del año XIV (1 de enero de 1806); o el utilizado de forma paralela al de la Era Cristiana por la España de Franco, que dató los años desde 1936 como Año Triunfal y desde 1939 como Año de la Victoria (1939 fue el III Año Triunfal y Año de la Victoria), si bien cayó en desuso tan pronto como se cambió el fervor revolucionario por el entusiasmo reaccionario.

Todos tienen como punto de partida un acontecimiento sagrado. El primer día de cada Era está determinado por la religiosidad popular o por lo que el poder estima como el culto recto para el pueblo. Es una forma de introducir en la mentalidad popular verdades interesadas, y es una forma por la que la misma comunidad manifiesta sus sentimientos, aquello que más importancia tiene: lo que para ella es sagrado.

El hombre post cristiano, marcado en ocasiones por un laicismo pseudomasónico, está cambiando poco a poco la Era Cristiana por Nuestra Era. Deja de usar el antes y después de Cristo por el antes y de Nuestra Era. ¿Indica esto que el Cristianismo está dejando de ser la fuerza más influyente del mundo? ¿O es simplemente un intento de borrar nuestra propia Historia? Decía Abel Posse que «la Historia demuestra que Occidente periódicamente se rebela contra su raíz judeocristiana». Pero, ¿hasta qué punto es una rebelión, lógica por otra parte, el hecho de dejar de usar la Era Cristiana?

No es más que un modernismo, y eso para mí siempre es negativo. Hemos llegado a un punto en el que la Historia se ha parado, ha terminado. No hay proyectos en común más allá de los económicos. ¿Qué sentido tiene la cronología? ¿Realmente importa? En el proceso de desacralización general a que estamos sometidos se pretende eliminar también todo rastro de las religiones, sean cuales sean. Solo se deja espacio para la religión del consumismo y para aquello que se limite a ser una filosofía de vida, pero haciéndoles prescindir de lo que de trascendental al hombre tengan.

Por ello, el mundo no puede tener de referencia un hecho «sagrado». Podrá tener, en todo caso, la conciencia de que se está viviendo en una Era, pero sin saber cuál ni por qué nació.

Hace unos días yo reclamé el uso de la Era Hispánica en paralelo a la Era Cristiana, y lo vuelvo a hacer, porque aquel fue un momento sagrado, en el que nació un nuevo tiempo para nuestra tierra. Mas no debe dejar de usarse la Era Cristiana. Aun siendo una sola batalla, es parte de la guerra. Incluso quien no siendo cristiano asuma el concepto de lo sagrado y su importancia para que la comunidad, en este caso básicamente la de Europa, no termine de perderse por los caminos de la homogeneización internacional, debe defender su empleo.

Pero esto solo lo entenderán quienes, incluso sin creer en dios alguno, entre un creyente en Dios y un creyente en la materia, siempre escogen, sin dudar, al primero.

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